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lunes, 3 de mayo de 2010

La Deformación Litúrgica

LA VOZ DE UNO QUE CLAMA EN EL DESIERTO




Por Dom Gueranger
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A fin de dar una clara ilustración de los estragos que el movimiento antilitúrgico ha provocado, nos parece ventajoso revisar los diferentes pasos que estos pretendidos reformadores de la cristiandad han dado a lo largo de los tres últimos siglos, y presentar un sumario de sus métodos y enseñanzas sobre la «purificación» del culto divino. Nada puede demostrar mejor las razones, ni elucidar mejor las causas de la rápida extensión de las doctrinas protestantes en nuestro tiempo. Sus métodos revelan una sabiduría verdaderamente de carácter diabólico, que ha devenido en sus manos un arma sumamente efectiva capaz de producir enormes consecuencias.

1º.- La primera característica del movimiento antilitúrgico es «el odio de todo cuanto es tradicional en las fórmulas del culto divino». Es innegable que este rasgo característico está presente en las obras de todos los heréticos desde Vigilance a Calvino, y la razón de esto es simple. Deseando cada tendencia sectaria introducir doctrinas nuevas e innovadoras, invariablemente se encuentra a sí misma en directa oposición a esa LITURGIA que es la manifestación más poderosa de la Tradición, y no puede descansar satisfecha hasta que haya suprimido esta voz y destruido este repositorio de una fe anterior.

En realidad, ¿de qué manera se las han ingeniado el luteranismo, el calvinismo y el anglicanismo para establecerse y mantenerse entre sus seguidores? Han hecho esto sustituyendo los libros antiguos por otros nuevos, reemplazando las formas venerables por otras nuevas; y todo lo que deseaban se cumplió. No se permitió ninguna resistencia. La fe de las gentes comunes fue vencida sin batalla. Lutero comprendió esto con una sabiduría digna de nuestros propios jansenistas, cuando en los primeros años de sus reformas se vio obligado a mantener algunas formas exteriores del culto latino. Promulgó la siguiente regla para la misa «reformada»:

«Aprobamos y deseamos mantener el Introito en los domingos y en las fiestas de Jesucristo, Pascua, Pentecostés y Navidad. “Preferimos contundentemente que se usen enteros los salmos de los cuales están tomados los introitos”, como se hacía antiguamente, pero es más satisfactorio conformarse a la práctica presente. No criticamos a aquellos que desearían mantener también los introitos de los apóstoles, de la Virgen y de los demás santos PORQUE ESTOS TRES INTROITOS ESTÁN TOMADOS DE LOS SALMOS Y DE OTROS TEXTOS ESCRITURARIOS.»

Sin embargo, Lutero tenía un horror excesivo de los sagrados cánticos escritos por la Iglesia para expresar públicamente su fe. Sentía en ellos mucha de esa fuerza de la Tradición que él deseaba desraizar. Sabía que la Iglesia tenía derecho a mezclar su voz con las declaraciones escriturarias en sus asambleas religiosas. Sin embargo, aceptar esto le habría expuesto a él y a sus doctrinas innovadoras a los anatemas de los millones de voces que repiten la liturgia tradicional. Es por esta razón por la que el herético odia todo lo que en la liturgia no está sacado estrictamente de la Sagrada Escritura.

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2º.- Así pues, esto nos lleva la segundo principio prevaleciente entre aquellos que querrían oponerse a la liturgia tradicional, a saber: «reemplazar las formulaciones santificadas por el uso eclesiástico con lecturas sacadas de la Biblia». Encuentran en esto dos ventajas: Primera, la destrucción de la voz de la Tradición a la cual odian siempre, y segunda, un medio de sostener y de propagar sus nuevas enseñanzas a la vez de una manera negativa y positiva. De una manera negativa, silenciando aquellos pasajes escriturarios que expresan alguna oposición a los errores que ellos desean enseñar; y de una manera positiva, seleccionando cuidadosamente y tomando fuera de contexto algunos pasajes de la Escritura que, aunque hablan de un aspecto de la Verdad, no dan de ella una descripción total y completa.


 Todos saben que los heréticos a lo largo de los siglos han preferido citar la Escritura antes que aceptar las definiciones eclesiásticas por la simple razón de que esto les permite poner en boca de Dios todo lo que desean, por una apropiada selección de las frases. Además, vemos que esto les permite, a la manera de los jansenistas (para quienes esto era muy importante), mantener la apariencia de que están dentro del cuerpo de la Iglesia: cuando llegamos a los protestantes, vemos que han reducido la liturgia casi por completo a las lecturas de la Escritura, acompañadas con sermones que exponen la Biblia siguiendo unas líneas solo puramente racionalistas. En cuanto a la elección de cuáles de los libros bíblicos son canónicos, esto depende en última instancia del capricho del reformador en cuestión, quien al final decide no solamente el sentido o el significado de la palabra de Dios, sino que determina también si alguna palabra determinada ha de ser aceptada como auténtica. 
Así, Martín Lutero, a fin de apoyar su sistema de panteísmo, su doctrina de la inutilidad de las obras y de la suficiencia de la fe, acabó declarando que la Epístola de Santiago era falsa y no canónica porque solo ella hacía hincapié en la necesidad de las obras para la salvación. En todos los tiempos y bajo muchos disfraces, se trata siempre de lo mismo -el rechazo de las formulaciones eclesiásticas; solo la Escritura es válida, pero la Escritura cuidadosamente seleccionada, e interpretada más cuidadosamente todavía por la persona que desea introducir la innovación. La trampa es ciertamente peligrosa para el imprudente. Es solamente mucho después cuando uno percibe que ha caído, y que la palabra de Dios, como la espada de doble filo que mienta el Apóstol, le ha infringido graves heridas, a causa de que ha sido malversada por los hijos de la perdición.
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3º.- El tercer principio, o quizás el tercer problema, que encuentran aquellos que están implicados en reformar la liturgia, después de haber suprimido las fórmulas eclesiásticas, y después de haber declarado y proclamado la necesidad absoluta de recurrir a las palabras de la Escritura en el servicio divino, es encontrar que la Escritura no siempre se pliega a sus fines como ellos quisieran. Su tercer principio, decimos, es «corromper e introducir fórmulas múltiples y diversas suyas propias», llenas de perfidia, por las cuales las gentes son trabadas en el error aún más firmemente, y así se consolida el edificio entero de la impía reforma por todos los tiempos.




4º.- Nadie debería sorprenderse ante las contradicciones intrínsecas que la herejía presenta en su obra cuando uno conoce el cuarto principio o, más bien, la cuarta necesidad impuesta sobre el sectarismo por la naturaleza misma de su rebelión, a saber: «una contradicción habitual con sus propios principios». Y así debía ser, pues sus contradicciones internas serán reveladas a pleno día más pronto o más tarde, cuando Dios exponga su vacuidad a los ojos de las gentes que ha seducido, y también porque no se le da al hombre ser consistente, sino solo a la Verdad. Así, todos los heréticos sin excepción comienzan deseando retornar a las costumbres de los primeros cristianos. Desean suprimir de la fe todo lo que los errores y pasiones del hombre han mezclado con las puras enseñanzas originales -todo lo que ellos consideran falso e insultante para Dios. Con esto en mente podan, borran, suprimen -todo lo que cae bajo su hacha- y mientras nosotros esperamos una visión de nuestra religión en su pristina pureza, nos encontramos rodeados de nuevas formulaciones, recién salidas de la prensa, e incontestablemente humanas -porque aquellos que las han inventado están todavía vivos. Todas las sectas heréticas están sujetas a esta necesidad. La hemos visto con los monofisitas, los nestorianos y la encontramos en todas las ramas del protestantismo. En su deseo de retornar a las sendas de la «cristiandad primitiva» todo lo que ha sido transmitido desde aquellos primeros días es destruido. Entonces los reformadores se ponen ellos mismos ante aquellos a quienes han seducido y les aseguran que todo está bien, que los arrogantes papistas han desaparecido y que la religión ha retornado ahora a su carácter primitivo y esencial. Un rasgo más de estos reformadores es que tienen por la innovación un prurito absoluto. No se satisfacen con amputar las formulaciones de la Iglesia, a las cuales infaman como siendo de origen puramente humano, sino que incluso extienden sus reproches a aquellas lecturas y plegarias que la Iglesia ha sacado de la Escritura. Cambian las palabras y las sustituyen por frases nuevas. No tienen ningún deseo de orar en unidad con la Iglesia y se separan por sí mismos de ella. Es casi como si todos esos que pican y escogen las lecturas temieran que quedara algún mínimo residuo de ortodoxia.

5º.- La reforma litúrgica es abrazada por sus abogados a un mismo tiempo como una reforma dogmática -en verdad es de esta última de donde deriva la primera. Se sigue que los protestantes, separados de la Iglesia en la cual tendrían a menos creer, se encuentran a sí mismos sumamente dispuestos para «suprimir en el culto divino todas las ceremonias y todas las formulaciones que son expresivas de los misterios». Confundidos por sus dudas y cegados por su negación de todo lo que abriría la puerta a lo sobrenatural, expurgan todo cuanto a ellos les parece que no es puramente racional. Así, aparte del bautismo, los sacramentos son descritos de acuerdo con el socinianismo abrazado por sus adeptos. No más sacramentales, no más bendiciones, ni iconos, ni reliquias de santos. No más procesiones ni peregrinaciones. No más altar, sino una simple «mesa». No más sacrificio, tal como requiere toda religión, sino una «comida». No más iglesia, sino una «casa de culto», como con los griegos y los romanos. No más arquitectura religiosa, porque ya no hay nada misterioso que expresar. No más pintura ni escultura cristianos, pues ya no hay una religión viva y palpable. Y finalmente, no más poética en un culto que no está fertilizado ya por el amor y por la fe.

6º.- La supresión del elemento místico en la liturgia protestante resulta inevitablemente en «la extinción total de ese espíritu de oración que es la piedra angular esencial del catolicismo». Un corazón que está en rebelión es un corazón carente de amor, y un corazón carente de amor lo corrompe todo -incluso las expresiones más tolerables de la creencia- con una frigidez orgullosa y farisaica, y tal es, en verdad, lo que encontramos en la liturgia reformada. Uno siente casi que aquellos que recitan la liturgia protestante se congratulan a sí mismos como el publicano por no estar entre esos papistas que envilecen a Dios con la familiaridad de sus simples plegarias.

7º.- Tratando a Dios con el debido respeto, la liturgia protestante no siente ninguna necesidad de intermediarios inventados. Estas gentes consideran la invocación de la Bendita Virgen y de los santos como un insulto a Dios. «Excluyen toda esta idolatría papista que suplica a través de un intermediario lo que uno debería suplicar solo a Dios». Desembarazan el calendario de todos aquellos nombres de los hombres que la Iglesia Romana ha inscrito tan temerariamente como próximos a Dios. No tienen empleo alguno para aquellos que vinieron después de los apóstoles. Solamente los apóstoles, escogidos por Cristo y fundadores de la Iglesia primitiva, tenían a sus ojos la pura fe, libre de toda superstición y de error moral.


8º.- La reforma litúrgica, teniendo como uno de sus principios básicos la abolición de todos los actos y formulaciones místicos, «insiste sobre el uso de las lenguas modernas para el servicio divino». Este es uno de los aspectos más importantes del continente herético de estas gentes. No hay, dicen, nada secreto en el culto, y las gentes deben de comprender lo que cantan. El odio de la lengua latina es innato en los corazones de todos los que odian a Roma. Ven en ella un lazo que une a los católicos a lo largo del mundo, un arma de la ortodoxia contra todas las argucias del espíritu sectario, y un arma poderosísima del papado. El espíritu de rebelión que han abrazado les fuerza a confinarse al idioma de las gentes locales de una provincia particular o de un país específico. Sin embargo, a pesar de esto, los frutos de la reforma son siempre los mismos pues los ortodoxos, a pesar de sus oraciones en latín (que tal vez no comprendan), son más fervientes, y cumplen las obligaciones del culto con mayor celo que los protestantes. A todas las horas del día se cumple el servicio divino en las iglesias católicas. Los fieles asisten a estas plegarias, dejando sus lenguas nativas en el umbral de la iglesia, y si aparte de los sermones solo oyen esas frases misteriosas que se han mantenido desde tiempo inmemorial en los momentos más solemnes -en el Canon de la Misa- con todo no tienen ninguna envidia de la suerte del protestante cuyos oídos nunca son asaltados por palabras cuyo significado no es claro. Y mientras que las iglesias reformadas reúnen a sus rebaños de puristas cristianos solamente con gran dificultad en domingo, las iglesias romanas encuentran a sus fervientes hijos asediando constantemente sus innumerables altares. Cada día dejan su labor para venir y oír las misteriosas palabras que alimentan su fe y derraman bálsamo en sus almas. Ciertamente es uno de los golpes más certeros de los reformadores declarar la guerra a la sagrada lengua latina, pues si logran destruir su uso, todos sus objetivos se cumplirán. La liturgia, desde el momento en que pierde su carácter sagrado y es ofrecida a las gentes de una manera profanizada deviene como una virgen deshonrada. Los fieles difícilmente la encontrarán digna como para dejar por un tiempo su labor, o de abandonar sus placeres, para venir a una Iglesia donde se hable el lenguaje del mercado. Considérese la así llamada Iglesia Reformada de Francia con sus declamaciones radicales y sus diatribas contra la supuesta venalidad del clero. ¿Durante cuánto tiempo pensáis que irán los fieles a escuchar gritar a estos liturgistas de propio estilo, «el Señor esté con vosotros», y durante cuánto tiempo continuarán respondiendo «y con tu espíritu»? Trataremos más plenamente en otra parte sobre el asunto del lenguaje litúrgico.

9º.- Al suprimir de la liturgia el elemento misterioso que mantiene a la razón dentro de sus propios límites, estos reformadores no han olvidado una consecuencia importantísima, a saber: «el alivio de la fatiga y de la obligación que la práctica de la liturgia papista impone al cuerpo». No más ayuno ni abstinencia, ni más genuflexiones durante la oración. Para sus ministros, ninguna obligación de decir el oficio, o aun de decir las plegarias canónicas de la Iglesia. Ciertamente, una de las principales características de la gran emancipación protestante es «reducir el fardo del culto público y privado». Los resultados se siguen rápidamente, pues la fe y la caridad, que se alimentan de la oración, son asfixiadas. Mientras que los ortodoxos son alimentados continuamente por actos de autosacrificio respecto del hombre y para Dios, y son sustentados por las mismas fuentes inefables de donde se extrae la plegaria -plegaria, además, cumplida por el clero, tanto regular como secular, en unión con la comunidad de los fieles.


"Misa novus Ordo donde concelebra el pueblo y los sacerdotes" 

10º.- Los reformadores tienen una pavorosa facultad para discernir cuál de las diferentes instituciones eclesiásticas es más hostil a sus principios, por así decir la piedra angular del edificio católico entero. Con un instinto casi animal, han descubierto ese punto del dogma que es el más irreconciliable con sus innovaciones, «El poder del Papado». El estandarte de Lutero llevaba inscrita atrevidamente la afirmación «Odio de Roma y de sus leyes» y en esta única frase se resume la esencia de la posición reformista. Bajo esta divisa se abolan de un solo golpe todas las ceremonias y el culto de la «idolatría romana», la lengua latina, el oficio divino, el santoral, el breviario, en verdad «todas las abominaciones de esa gran ramera de Babilonia». No es en vano por lo que el Romano Pontífice hace hincapié en algunos dogmas y en algunas prácticas rituales. Así, es igualmente necesario para el reformador proclamar que estos son blasfemias y errores, y ver en ellos una tiranía y una imposición. Es así como la Iglesia luterana continúa pidiendo hasta el momento «librarnos del homicidio, de la calumnia, de la rapiña y de la ferocidad del turco y del Papa». Merecen recordarse aquí los comentarios admirables de Joseph de Maistre en su libro «Sobre el Papa», donde muestra con gran sagacidad que a pesar de las numerosas disonancias que separan a las diversas denominaciones protestantes, hay una cualidad sobre la cual están todos de acuerdo, la de ser «no romanos». Imaginad una innovación, una innovación cualquiera que sea, en materia de dogma y de disciplina y ved si es posible presentarla de una manera -no importa cuánto pueda uno probar- que no sea en esencia «no romana» o todo lo más «cuasi romana». ¿Y en conciencia, qué clase de católico podría considerarse a sí mismo como cuasi romano?.

11º.- Las herejías antilitúrgicas deben, por principio, si han de establecerse a sí mismas a perpetuidad, destruir el sacerdocio. Saben que mientras que haya un Papa, habrá un altar, y donde haya un altar habrá un sacrificio, y por consecuencia una ceremonia misteriosa. Después de haber abolido al Sumo Pontífice, tendrán que eliminar a los obispos de donde procede esa mística imposición de las manos que perpetúa la jerarquía sagrada. Solamente entonces se seguirá «ese vasto desierto presbiteral que es el resultado inevitable de la supresión del Papado». Ya no habrá más sacerdotes hablando propiamente, sino más bien conductores que son elegidos y sin consagración. ¿Y cómo puede el acto de elegirle hacer de un hombre un sacerdote santificado? Las reformas de Lutero y de Calvino solo pueden hablar de ministros de Dios; meramente hombres. Tampoco están satisfechos con pararse aquí. Sus ministros, escogidos e instalados por el laicado, llevan en sus casas de culto una vestidura de magisterio bastardo, pues son solamente laicos que asumen funciones sagradas. Todo esto resulta, por así decir, de la ausencia de la liturgia -¿y cómo puede un laico en aislado producir una liturgia?




12º.- Y, finalmente, vemos el último grado de la degradación. El sacerdocio ya no existe. La jerarquía ha muerto. El príncipe o el gobernador es la única autoridad posible dejada entre el laicado que puede ser proclamado como cabeza de la religión. Cuán natural es entonces, para estos reformadores, una vez roto el yugo espiritual de Roma, proclamar al soberano temporal como su sumo pontífice, y considerar el poder para decidir sobre materias litúrgicas como una de las «prerrogativas del rey». Ya no puede haber ningún dogma, ninguna moralidad, ningún sacramento, ningún culto, en verdad ninguna cristiandad, a menos que esté de acuerdo con las preferencias del rey. 
Ahora bien, este es un axioma fundamental de los reformadores tanto en sus escritos como en su práctica. Esta ultima característica completa la descripción y permite que el lector juzgue por sí mismo la naturaleza de esa alardeada liberación del Papado que es llevada a cabo con tanta violencia. A la larga esto sólo puede resultar en la destructiva dominación de los poderes temporales y mundanales sobre la esencia misma de la cristiandad. Ahora bien, es verdad que en el comienzo las sectas antilitúrgicas no se levantaron para adular a quienes estaban en el poder. Los albigenses, los valdenses, los wyclifianos y los husitas todos ellos enseñaban que uno debía resistir al requerimiento de los príncipes y de los magistrados con gran coraje cuando se encontraba que eran pecadores. Sostienen que un príncipe en estado de pecado ha perdido su derecho a mandar. La razón para esto es que estos heréticos temían la espada de los príncipes católicos.


 Siendo obispos sin una iglesia, tenían todo que perder frente a una autoridad en desacuerdo con ellos. Pero tan pronto como los príncipes mismos se asociaron con ellos en la rebelión contra Roma y desearon hacer de la religión un asunto nacional, y un medio de gobernar a sus súbditos, la liturgia y el dogma mismo pasaron a estar sujetos a los intereses nacionales. Y, cuando aconteció esto, estos reformadores no podían moverse con suficiente rapidez para reconocer y apoyar a esas fuerzas seculares que deseaban establecer y mantener sus teorías personales. No puede haber ninguna duda de que dar la preferencia al poder temporal sobre el poder espiritual en materia de religión es un acto de apostasía. Pero desdichadamente este no es el único aspecto del problema, pues por encima de todo, el herético debe asegurarse su propia supervivencia. Por esto es por lo que Lutero, separado como estaba del Pontífice de Roma («seducido» como estaba el Papa, según él, por todas las «abominaciones de Babilonia») no vaciló en declarar teológicamente legítimo el segundo matrimonio del Landgrave de Hesse. Es por esto también por lo que el Abad Gregorio no tuvo escrúpulos en dar su apoyo a la condena a muerte de Luís XVI, mientras que había abogado por Luís XIV y José II en sus luchas contra el Papa.

Tales son, entonces, los principales credos de los reformadores antilitúrgicos. Sus escritos son fáciles de consultar pues están ampliamente extendidos a lo largo del mundo. Hemos revelado solamente lo que ellos mismos han promulgado repetidamente. Sentimos, sin embargo, que es importante exponer con claridad estas tendencias, pues siempre es bueno comprender el error. Desdichadamente, a menudo es mucho más fácil contradecir el error que enseñar la Verdad.


Era consciente de que, en materia de fe, yo estaba dispuesta a morir mil veces para no ir contra la menor ceremonia de la Iglesia (Santa Teresa de Avila )


"Debéis trabajar con mucho cuidado y diligencia para resguardar la Fe en medio de esta gran conspiración de hombres perversos que tratan de mutilarla y destruirla.” (Encíclica Mirari Vos de Su Santidad Gregorio XVI)

lunes, 19 de octubre de 2009

Frutos de la Reforma Liturgica



LOS FRUTOS DE LA REFORMA LITURGICA

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Por Daniel Almeida de Oliveira

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El Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Liturgia: "Sacrossantum Concilium", deseó "hacer una perfeccionada reforma general de la liturgia, para permitir al pueblo cristiano el acceso más seguro a la abundancia de gracias que la liturgia contiene" (n.o 21). Para esto, el Ritual de la misa sería revisado, de modo que apareciese "más claramente la naturaleza específica de cada una de sus partes bien como la mutua conexión, para facilitar una participación piadosa y activa de los fieles" (no. 50).
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La reforma en la liturgia causó, en el período post-conciliar, una cierta esperanza, un cierto optimismo de que habría, además de las conversiones en masa de los protestantes por el carácter ecuménico de la nueva liturgia, una mayor participación y comprensión de los fieles y una renovación de la fe de estos. ¿Será que eso es lo realmente ocurrió? Si tal pregunta fuere hecha en los medios progresistas de hoy, será oída una respuesta padronizada: "Ahora el pueblo entiende la misa, pues ella se hizo más alegre y más participativa. Eso trajo para la Iglesia personas alejadas, principalmente los jóvenes".
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Sin embargo, se pregunta si tal visión optimista de la reforma en la liturgia podría ser sustentada a través de las evidencias. Nuestro Señor Jesús Cristo dice que por el fruto conoceríamos a los falsos profetas, pues todo árbol bueno da buenos frutos, y árbol malo da malos frutos (cf. Mat, VII, 15-20). ¿Cuáles serían entonces los frutos de la reforma litúrgica y de la misa nueva?
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Esta respuesta está lejos de ser esperanzadora u optimista. En todas partes del mundo, muchas de las iglesias y conventos fueron cerrados; seminarios se quedaron vacíos ( y se siguen quedando sin vocaciones), y muchisimas personas pedieron la fe. Para ejemplificar tales hechos presentamos los datos del artículo : the record after thirty years" sobre el Novus Ordo Missae, del Dr. James Lothian, economista da Universidad de Fordham en los Estados Unidos, publicado en el periódico Homiletic & pastoral review, en octubre de 2000.
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El antiguo referido presenta interesantes datos sobre el porcentaje de asistencia a la misa por los fieles de los Estados Unidos para el período de 1939 a 1995 y por los fieles de Inglaterra y el País de Gales para el período de 1959 a 1996. Tales datos están expuestos en la figura 1.
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Después de un temporal aumento para casi 75% después de a II Guerra Mundial, probablemente generado por el miedo y la inseguridad causados por la guerra, la asistencia a la misa en los Estados Unidos en el período en torno del Vaticano II permaneció cerca del 65%. A partir de ese período, el porcentaje decreció continuamente, en una velocidad rápida al principio, después más lentamente, haciéndose rápida nuevamente al final. La tendencia estimada para el período es de un declinó de 0,4 puntos porcentuales por año en la asistencia a la misa en los Estados Unidos. El autor aplicó métodos estadísticos a tales datos y concluyó que esa tendencia a la caída es significante estadísticamente (esto es, la caída no es causada por mera variación casual del porcentaje).
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Los datos de asistencia a la misa en la Inglaterra y el País de Gales presentan tendencia bien similar a la de los Estados Unidos (ver figura 1). Hay un gran declinó inicial de 15% en la década del Vaticano II, seguido de una menor, sin embargo constante, tendencia a la caída. Esa caída fue al rededor del 29% al considerarse todo el período (la misma cída aconteció para los datos en los Estados Unidos) y fue estimada en 0,8 puntos porcentuales por año para el período, también significante estadísticamente.
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La asistencia a la misa en los Estados Unidos, Inglaterra y el País de Gales ha, pues, sufrido una fuerte caída, iniciada en el período inmediatamente después al Concilio Vaticano II, o sea, en el período en que la misa fue modificada.
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El autor argumenta que alguien podría decir que la reforma litúrgica no seria la causa de la baja asistencia a la misa. El declino podría ser consecuencia de la amplia erosión de valores que se inició en la década de 1960 y que continúa hasta los días actuales. Si esa afirmación fuese verdadera, el porcentaje de los integrantes de otras religiones que frecuentan sus reuniones habría sufrido tendencia similar a la de la asistencia a la misa. Para probar lo contrario, el autor muestra datos de asistencia a las reuniones protestantes en los Estados Unidos (ver figura 2). La serie temporal protestante a pesar de ser de grandeza inferior a la católica, no presentó tendencia a la caída en el conjunto. Por el contrario, hay un nítido aumento en el período en que la asistencia a la misa diminuyó. En 1995 la serie protestante alcanzó a la católica al llegar a 46%. Si fuera el temperamento de los tiempos actuales que causó la caída en la asistencia a la misa, no hay razón para que tal fuerza no haya influenciado también a los protestantes. Luego, el declino debe haber tenido otro factor causal. Ahora, ¿qué factor hubo en el período que pudiese explicar tal caída si no la reforma litúrgica?
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Se concluye, por lo tanto, que la reforma litúrgica frustró las esperanzas postconciliares y fue la causa de una gran diminución de la asistencia a la misa. Estos son los frutos del Vaticano II.
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¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?, Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo puede producir frutos buenos. Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos los conoceréis. ( Mt 7, 17-20)

sábado, 25 de abril de 2009

Monseñor Fellay la tercera cruzada

Mientras en la FSSPX crece la división interna, Monseñor Bernard Fellay convoca una tercera Cruzada
"La Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón"





Carta del Superior General Nº 74 a los amigos y benefactores
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Queridos amigos y benefactores:
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Cuando lanzamos una nueva cruzada del Rosario con ocasión de nuestra peregrinación a Lourdes en octubre pasado, no contábamos, por cierto, con una respuesta tan rápida del Cielo a nuestra petición. En efecto, así como sucedió con nuestra primera petición, a la cual Nuestra Señora había respondido tan eficazmente por intermedio del Vicario de Cristo y su Motu Proprio sobre la Misa tradicional, plugo a la Virgen María concedernos una segunda gracia aún más rápidamente: en el transcurso de una visita a Roma en enero, cuando entregué el ramillete de 1.703.000 rosarios rezados por las intenciones del Sumo Pontífice, recibía de manos del Cardenal Castrillón Hoyos el decreto de remisión de las “excomuniones”.
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Lo habíamos pedido desde el año 2001 como signo de buena voluntad de parte del Vaticano hacia el movimiento tradicional; porque desde el Concilio todo lo que es y quiere ser tradicional en la Santa Iglesia sufre persecución tras persecución, hasta el punto de negársele derecho de ciudadanía. Eso, obviamente, destruyó en parte o aún completamente la confianza para con las autoridades romanas. Mientras esa confianza no sea restablecida parcialmente —decía entonces— nuestras relaciones seguirían siendo mínimas.
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La confianza no es solamente un buen sentimiento; es un fruto que nace naturalmente cuando en estas autoridades vemos a pastores que tienen en cuenta el bien de todo lo que llamamos “la Tradición”. Y nuestros prerrequisitos se formularon en ese sentido.
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Es imposible, de hecho, comprender nuestra posición y nuestra actitud frente a la Santa Sede si no se quiere incluir la percepción del estado de crisis en que se encuentra la Iglesia. No se trata de algo superficial, ni de una visión personal. Estamos ante una realidad independiente de nuestra percepción, admitida de tiempo en tiempo por estas mismas autoridades, y comprobada muchas veces en los hechos. Esta crisis tiene aspectos múltiples, variados, en ocasiones profundos, otras veces circunstanciales, y todos la sufrimos.
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Los fieles se sienten mal impresionados por las ceremonias de la nueva liturgia —que con frecuencia son escandalosas—, y por la predicación habitual, en la que, en el campo moral, se enseñan cosas en completa contradicción con la doctrina multisecular de la Iglesia y el ejemplo de los Santos. Muy a menudo los padres de familia tuvieron que comprobar, con inmenso dolor, la pérdida de la fe de sus hijos confiados a institutos católicos de formación, o lamentar su casi total ignorancia de la doctrina católica por falta de un catecismo serio. Un número incalculable de religiosos, tras las revisiones de sus constituciones y el reciclado posconciliar, manifiesta una pérdida del espíritu evangélico, en particular el de la renuncia, la pobreza y el sacrificio; pérdida que tuvo por consecuencia casi inmediata una disminución tal de vocaciones, que muchas órdenes y congregaciones cierran sus conventos uno tras otro, o bien pura y simplemente desaparecen. En muchas diócesis la situación es igualmente dramática.
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Lo dicho conforma un todo coherente y no sucedió por casualidad sino después de un concilio que quiso ser reformador, adaptando la Iglesia al gusto de la época. Se nos acusa de ver una crisis allí donde no la habría o de atribuir falsamente a este concilio consecuencias que, con todo, son desastrosas, extremadamente graves y que cualquiera puede comprobarlas, o aún de aprovechar esta situación para justificar una actitud incorrecta de rebelión o de independencia.
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Sin embargo, tómense los textos de los Padres de la Iglesia, del Magisterio, de la liturgia, de la teología, a lo largo de todos los tiempos: hallamos una unidad a la cual adherimos de todo corazón. Y las líneas de conducta actuales contestan fuertemente, lesionan y amenguan en la práctica esta unidad doctrinal. Nosotros no inventamos una ruptura; infelizmente existe con claridad. Basta ver la manera cómo nos tratan algunos episcopados, incluso después de que se retiraron las excomuniones, para comprobar cuán profundo es el rechazo de los modernistas ante todo lo que sabe a Tradición, al punto que es imposible no dar a este rechazo el nombre de ruptura con el pasado.
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Sí, tal como nos sorprendimos por la publicación del decreto del 21 de enero, lo hemos sido por la violencia de la reacción de los progresistas y de la izquierda en general en contra de nosotros. Es verdad que encontraron la acariciada oportunidad en las desgraciadas declaraciones de Monseñor Williamson, y a través de una injusta amalgama, pudieron vilipendiar nuestra Fraternidad como chivo expiatorio. En realidad, hemos sido instrumentalizados en una lucha mucho más importante: la de la Iglesia, que con razón lleva el título de “militante”, contra los espíritus malvados que pululan en los aires, como dice San Pablo.
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Por cierto, no dudamos en asentar nuestra historia en la gran historia de la Iglesia, en la de esa lucha titánica por la salvación de las almas anunciada desde el Génesis y descripta de manera cautivante en el Apocalipsis de San Juan. Con frecuencia esta lucha se mantiene a nivel espiritual; de tanto en tanto, pasa de la esfera de los espíritus y de las almas a la de los cuerpos y se transforma en visible, como en las persecuciones abiertas.
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A través de lo que ha pasado en estos últimos meses es preciso saber reconocer un momento más intenso de esta lucha. Y es muy claro que aquel que está en la mira es el Vicario de Cristo, en su empeño de iniciar cierta restauración de la Iglesia. Se teme por el acercamiento entre la cabeza de la Iglesia y nuestro movimiento, se teme una pérdida de los logros del Vaticano II, y se pone todo en movimiento para neutralizarlo. ¿Qué piensa verdaderamente el Papa al respecto? ¿Dónde se sitúa? Los judíos y los progresistas le exigen que elija entre el Vaticano II y nosotros… al punto que la Secretaría de Estado no tuvo mejor idea que poner como condición necesaria para nuestro reconocimiento canónico la aceptación completa de lo que consideramos como la fuente principal de los problemas actuales, y a los cuales nos oponemos desde siempre…
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Sin embargo, tanto ellos como nosotros estamos obligados ante juramento antimodernista y ante las demás condenaciones de la Iglesia. Por eso no aceptamos abordar el Concilio Vaticano II sino a la luz de estas declaraciones solemnes (profesiones de fe y juramento antimodernista) hechas delante de Dios y de la Iglesia. Y si aparece una incompatibilidad, entonces y por fuerza lo errado son las novedades. Contamos con las discusiones doctrinales anunciadas para poner estos puntos en evidencia tan profundamente como sea posible.
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Aprovechándose del nuevo estado de cosas tras el decreto sobre la excomunión, que en nada cambió la situación canónica de la Fraternidad, muchos obispos intentan imponernos un círculo cuadrado, exigiendo que obedezcamos a pies juntillas y en todos sus puntos al Derecho Canónico, como si estuviésemos perfectamente regularizados, cuando, al mismo tiempo, ¡nos declaran canónicamente inexistentes! Un obispo alemán ya ha anunciado que antes de fin de año la Fraternidad volverá a estar fuera de la Iglesia… ¡Encantadora perspectiva! La única solución viable, que por otra parte es la que habíamos pedido, es la de una situación intermedia, inevitablemente incompleta e imperfecta a nivel canónico, pero que sea aceptada como tal, sin arrojarnos a la cara la acusación constante de desobediencia y rebelión, y sin imponernos prohibiciones intolerables; porque, al fin y al cabo, el estado anormal en el que se encuentra la Iglesia y que llamamos “estado de necesidad”, vuelve a ser demostrado por la actitud y las palabras de ciertos obispos en relación al Papa y a la Tradición.
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¿Cómo evolucionarán las cosas? No lo sabemos. Mantenemos nuestra propuesta de que se acepte nuestra situación actual imperfecta como provisoria, abordando finalmente las discusiones doctrinales anunciadas y esperando que reporten buenos frutos.
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En un camino tan difícil, ante oposiciones tan violentas, os pedimos, queridos fieles, recurrir a la oración una vez más. Nos parece que es el momento indicado para lanzar una ofensiva de envergadura, profundamente enraizada en el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, en el que Ella misma ha prometido un resultado exitoso, ya que ha anunciado que al final su Corazón Inmaculado triunfará. Nosotros le pedimos este triunfo a través de los medios que ella misma ha pedido: la consagración, por el Pastor Supremo y todos los obispos del mundo católico, de Rusia a su Corazón Inmaculado, y la propagación de la devoción a su Corazón doloroso e inmaculado.
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De allí que, con ese fin, queremos ofrecerle, a contar desde ahora hasta el 25 de marzo de 2010, un ramillete de doce millones de rosarios, como una corona correspondiente a tantas estrellas que enjoyan su persona, acompañada de una suma equivalentemente importante de sacrificios cotidianos, que nos daremos el cuidado de procurarlos, ante todo, en el cumplimiento fiel de nuestro deber de estado, y con la promesa de propagar la devoción a su Corazón Inmaculado. Ella misma presenta eso como el fin de sus apariciones en Fátima. Estamos íntimamente persuadidos que si cumplimos atentamente lo que Ella nos pide, obtendremos mucho más de lo que nunca esperaríamos, y sobre todo, nos aseguraremos nuestra salvación al beneficiarnos con las gracias que nos ha prometido.
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Pedimos, por tanto, que nuestros sacerdotes hagan un esfuerzo especial para facilitar a los fieles esta devoción, colocando el acento no sólo en la comunión reparadora de los primeros sábados de mes, sino también incitando a los fieles a vivir una intimidad más profunda con Nuestra Señora, consagrándose a su Corazón Inmaculado. Convendría también conocer mejor y profundizar en la espiritualidad del gran heraldo de la Inmaculada, el Padre Maximiliano Kolbe.
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Este año se cumplen el XXVº aniversario de la consagración de nuestra Fraternidad al Corazón Inmaculado. Queremos renovar esta feliz iniciativa del Padre Schmidberger comprometiendo toda nuestra alma y reavivando nuestros corazones en este espíritu. Es evidente que no tenemos la intención de indicar a la Divina Providencia lo que ella debería hacer; pero en los ejemplos de los Santos y de la propia Sagrada Escritura hemos aprendido que los grandes deseos pueden precipitar de manera impresionante los designios de Dios. Es con esta audacia que hoy confiamos esta intención al Corazón Inmaculado de María, pidiéndole que nos reciba a todos bajo su maternal protección. ¡Dios los bendiga abundantemente! En la fiesta de la gloriosa resurrección de Nuestro Señor Jesucristo,

+ Bernard Fellay
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Winona, 15 de abril de 2009
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Breve comentario:
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Ahora que Monseñor Fellay ha convocado una tercer cruzada para pedir que el Papa Benedicto XVI consagre a Rusia al Inmaculado Corazón de María, no dudo en que aparesca una nueva ola de protestas internas (que están de moda), en las que sacerdotes y fieles de mentalidad sedevacantista que viven a costa de esa fraternidad, acusen nuevamente al Superior General ya no solo de traidor, sino también de vendido por "Reconocer" a un Papa consagrado con el nuevo Rito... ¿En que terminara todo esto, ya que entre las filas de la FSSPX predomina una mentalidad sectaria en fieles y muchos de sus clerigos filo sedevacantes?.. Benedicto XVI es el Papa, pero ahi se ve bien en fotografias y de lejos.
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El sacerdote Meramo afirma que Benedicto XVI no es Papa, pero ingenuamente "reza" por el triunfo del Inmaculado Corazón de María... ¿Como triunfara si ya no hay Papa que consagre a Rusia como lo ha pedido la Virgen?.. Unos dicen: "el Inmaculado Corazón de María puede triunfar aun sin el Papa". Desde luego Dios puede todo, pero la voluntad del cielo es que sea un Papa. Quiza habra que recordar que la Virgen María ha pedido expresamente que: "El santo Padre me consagrará a Rusia que se convertirá, y será concedido al mundo algun tiempo de Paz...
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"El grado mas perfecto de humildad es complacerse en los menosprecios y humillaciones. Vale mas delante de Dios un menosprecio sufrido pacientemente por su amor, que mil ayunos y mil disciplinas." San Francisco de Sales.

jueves, 19 de marzo de 2009

Excelso San Jose

Excelso Patriarca San José
19 de Marzo
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Si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen María, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José, después de ella, una especial gratitud y reverencia. San Bernardo de Siena
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DEVOCIÓN AL PATRIARCA SAN JOSÉ

No hay devoción alguna -si se exceptúa la que todo cristiano ha de profesar siempre a Jesús y a María- que sea más grata a Dios, ni más sólida en sí misma, ni más fecunda en frutos materiales y espirituales para los hombres, que la devoción al glorioso Patriarca San José. Los teólogos y santos están de acuerdo en afirmarlo.
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La Seráfica Virgen, Santa Teresa de Jesús, que tantas veces había sentido su amorosa protección en el cuerpo y en el alma, se convierte en el más ferviente apóstol de esta devoción, protestando que "si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana se alargara en decir muy por menudo las mercedes que le había hecho este glorioso Santo, así ella como otras personas". (Santa Teresa, Vida, capítulo 6, n. 8).
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Con todo no deja de recomendarnos, con el más vivo encarecimiento, que "aunque tengamos muchos santos por abogados, hemos de ser particularmente devotos del bendito San José, por lo mucho que alcanza de Dios" (Avisos). Trazándonos, en el capítulo sexto de Vida, el más exaltado panegírico que jamás se haya escrito en honor del Santo Patriarca, y apuntando las más eficaces razones, avaladas por su propia experiencia, para movernos a profesarle sincera y tierna devoción.
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"Querría yo persuadir a todos -escribe la santa- fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona, que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan" (Santa Teresa, Vida, cap. 6, n. 7).
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"No me acuerdo hasta ahora, -continúa- haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma, que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, de este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, (que como tenía nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar), así ahora en el cielo hace todo cuanto le pide" (Santa Teresa de Jesús Vida. n.6)

"En especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los Ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellas".
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"Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome a este glorioso Santo por maestro y no errará el camino".

"Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción". (Santa Teresa de Jesús Vida, cap. 6, n. 8).
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Tal es el tono encarecido, el peso de las razones, y el fogoso apasionamiento, con que la gran Doctora Mística nos recomienda la devoción al Esposo dulcísimo de María y Padre virginal de Jesús.
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El mundo católico es deudor, sin disputa alguna, a la insigne Reformadora del Carmelo, del incremento y difusión que ha obtenido en la Iglesia, el culto ferviente del Santo Patriarca, a partir de aquélla fecha hasta nuestros días.
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Hoy podemos decir que su devoción es, -después de Jesús y María- la devoción más tierna y universal. La devoción, en una palabra, de todo el mundo cristiano. Porque todos: teólogos y escritores, predicadores y aartistas, poetas y músicos, patronos y obreros, obispos y sacerdotes, religiosos y seglares, sanos y enfermos, ricos y pobres, hombres y mujeres, chicos y grandes, niños y ancianos, le consagran, sin distinción, las súplicas más fervientes de sus labios y los afectos más puro de su alma..
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San José fue esposo legal de María y padre nutricio de Jesús. Bastan estas dos palabras para su elogio. La gran humildad de que dio pruebas ejerciendo el oficio de carpintero, la solicitud con que rodeó la infancia del Salvador, su respeto para con la Madre de Dios, lo hicieron digno de morir en los brazos de Jesús y de María. ¡Oh dulce muerte! ¿Quieres tú morir como él? Imita sus virtudes e invoca su protección.
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MEDITACIÓNSOBRE LA VIDA DE SAN JOSÉ
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I. San José mereció, por su pureza, el honor de ser elegido por Dios para ser el esposo de su Madre. ¡Qué gloria para ti, oh gran santo, mandar a una esposa omnipotente en el cielo y en la tierra! Imita la pureza, la humildad y la modestia de José, y María se mostrará contigo llena de ternura. Para que llegues a ser un gran santo, haz, siguiendo el ejemplo de San José, todas tus acciones pensando que Dios te ve.
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II. Fue el padre nutricio de Jesús, y Jesús le estaba sometido. Admira la humildad del Salvador, que, pudiendo nacer en el palacio de Augusto o de Herodes, prefiere elegirse un padre pobre y desconocido, un padre que debe trabajar con sus manos para procurarle alimento y vestido. A ejemplo de San José, nunca te separes de Jesús: que en todos tus actos sea tu compañero, conversa a menudo con Él. Haz un lugar a Jesús en medio de tus hijos: que tu Señor venga a tu familia, que tu Creador se acerque a su creatura (San Agustín).
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III. San José murió en brazos de Jesús y de María. Tú también quieres terminar tu existencia con una muerte dichosa y santa: ten una gran devoción a San José. Nos asegura Santa Teresa que ha obtenido todo lo que ha pedido por los méritos de San José. Pídele esta última gracia que debe coronar tu vida y hacerte comenzar una eternidad de dicha. Con frecuencia durante tu vida, y sobre todo en la hora de tu muerte, pronuncia los tres hermosos nombres de Jesús, María y José.
EL CASTISIMO SAN JOSÉ ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA
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José significa "Dios me ayuda".

De San José únicamente sabemos los datos históricos que San Mateo y San Lucas nos narran en el Evangelio. Su más grande honor es que Dios le confió sus dos más preciosos tesoros: Jesús y María. San Mateo nos dice que era descendiente de la familia de David.
Una muy antigua tradición dice que l9 de Marzo sucedió la muerte de nuestro santo y el paso de su alma de la tierra al cielo.
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Los santos que más han propagado la devoción a San José han sido: San Vicente Ferrer, Santa Brígida, San Bernardino de Siena (que escribió en su honor muy hermosos sermones) y San Francisco de Sales, que predicó muchas veces recomendando la devoción al santo Patriarca. Pero sobre todo, la que más propagó su devoción fue Santa Teresa, que fue curada por él de una terrible enfermedad que la tenía casi paralizada, enfermedad que ya era considerada incurable. Le rezó con fe a San José y obtuvo de manera maravillosa su curación. En adelante esta santa ya no dejó nunca de recomendar a las gentes que se encomendaran a él. Y repetía: "Otros santos parece que tienen especial poder para solucionar ciertos problemas. Pero a San José le ha concedido Dios un gran poder para ayudar en todo". Hacia el final de su vida, la mística fundadora decía: "Durante 40 años, cada año en la fiesta de San José le he pedido alguna gracia o favor especial, y no me ha fallado ni una sola vez. Yo les digo a los que me escuchan que hagan el ensayo de rezar con fe a este gran santo, y verán que grandes frutos van a conseguir". Y es de notar que a todos los conventos que fundó Santa Teresa les puso por patrono a San José.
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San Mateo narra que San José se había comprometido en ceremonia pública a casarse con la Virgen María. Pero que luego al darse cuenta de que Ella estaba esperando un hijo sin haber vivido juntos los dos, y no entendiendo aquel misterio, en vez de denunciarla como infiel, dispuso abandonarla en secreto e irse a otro pueblo a vivir. Y dice el evangelio que su determinación de no denunciarla, se debió a que "José era un hombre justo", un verdadero santo. Este es un enorme elogio que le hace la Sagrada Escritura. En la Biblia, "ser justo" es lo mejor que un hombre puede ser.
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Nuestro santo tuvo unos sueños muy impresionantes, en los cuales recibió importantísimos mensajes del cielo.
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En su primer sueño, en Nazaret, un ángel le contó que el hijo que iba a tener María era obra del Espíritu Santo y que podía casarse tranquilamente con Ella, que era totalmente fiel. Tranquilizando con ese mensaje, José celebró sus bodas. La leyenda cuenta que doce jóvenes pretendían casarse con María, y que cada uno llevaba en su mano un bastón de madera muy seca. Y que en el momento en que María debía escoger entre los 12, he aquí que el bastón que José llevaba milagrosamente floreció. Por eso pintan a este santo con un bastón florecido en su mano.
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En su segundo sueño en Belén, un ángel le comunicó que Herodes buscaba al Niño Jesús para matarlo, y que debía salir huyendo a Egipto. José se levantó a medianoche y con María y el Niño se fue hacia Egipto.
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En su tercer sueño en Egipto, el ángel le comunicó que ya había muerto Herodes y que podían volver a Israel. Entonces José, su esposa y el Niño volvieron a Nazaret.
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La Iglesia Católica venera mucho los cinco grandes dolores o penas que tuvo este santo, pero a cada dolor o sufrimiento le corresponde una inmensa alegría que Nuestro Señor le envió.
El primer dolor: Ver nacer al Niño Jesús en una pobrísima cueva en Belén, y no lograr conseguir ni siquiera una casita pobre para el nacimiento. A este dolor correspondió la alegría de ver y oír a los ángeles pastores llegar a adorar al Divino Niño, y luego recibir la visita de los Magos de oriente con oro, incienso y mirra.
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El segundo dolor:
El día de la Presentación del Niño en el Templo, al oír al profeta Simeón anunciar que Jesús sería causa de división y que muchos irían en su contra y que por esa causa, un puñal de dolor atravesaría el corazón de María. A este sufrimiento correspondió la alegría de oír al profeta anunciar que Jesús sería la luz que iluminaría a todas las naciones, y la gloria del pueblo de Israel.
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El tercer dolor: La huida a Egipto. Tener que huir por entre esos desiertos a 40 grados de temperatura, y sin sombras ni agua, y con el Niño recién nacido. A este sufrimiento le correspondió la alegría de ser muy bien recibido por sus paisanos en Egipto y el gozo de ver crecer tan santo y hermoso al Divino Niño.
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El cuarto dolor: La pérdida del Niño Jesús en el Templo y la angustia de estar buscándolo por tres días. A este sufrimiento le siguió la alegría de encontrarlo sano y salvo y de tenerlo en sus casa hasta los 30 años y verlo crecer en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.
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El quinto dolor: La separación de Jesús y de María al llegarle la hora de morir. Pero a este sufrimiento le siguió la alegría, la paz y el consuelo de morir acompañado de los dos seres más santos de la tierra. Por eso invocamos a San José como Patrono de la Buena Muerte, porque tuvo la muerte más dichosa que un ser humano pueda desear: acompañado y consolado por Jesús y María.
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SAN JOSÉ, EL SANTO DEL SILENCIO.
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Es un caso excepcional en la Biblia: un santo al que no se le escucha ni una sola palabra. No es que haya sido uno de esos seres que no hablaban nada, pero seguramente fue un hombre que cumplió aquel mandato del profeta antiguo: "Sean pocas tus palabras". Quizás Dios ha permitido que de tan grande amigo del Señor no se conserve ni una sola palabra, para enseñarnos a amar también nosotros en silencio. "San José, Patrono de la Vida interior, enséñanos a orar, a sufrir y a callar".

ORACIÓN AL GLORIOSO SAN JOSÉ

POR S.S. LEÓN XIII
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A Vos recurrimos en nuestra tribulación, bienaventurado San José, y después de implorar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro Patrocinio. Por el afecto que os unió la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, por el amor paternal que profesasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que con su que Jesucristo conquistó con su Sangre y que nos socorráis con vuestro poder en nuestras necesidades.
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Proteged, oh prudentísimo Custodio de la Sagrada Familia, el linaje escogido de Jesucristo; preservadnos Padre amantísimo, de todo contagio de error y corrupción, sednos propicio y asistidnos desde el Cielo, poderosísimo Protector nuestro, en el combate que al presente libramos contra el poder de las tinieblas. Y del mismo modo que, en otra ocasión, librasteis del peligro de la muerte al Niño Jesús, defended ahora a la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y contra toda adversidad. Amparad a cada uno de nosotros con vuestro perpetuo patrocinio; a fin de que, siguiendo vuestros ejemplos y sostenidos por vuestro auxilio, podamos vivir santamente, morir piadosamente y obtener la felicidad eterna del Cielo. Amén..
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DEVOCIÓN A SAN JOSÉ EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA.
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La devoción a San José se fundamenta en que este hombre "justo" fue escogido por Dios para ser el esposo de María Santísima y hacer las veces de padre de Jesús en la tierra. Durante los primeros siglos de la Iglesia la veneración se dirigía principalmente a los mártires. Quizás se veneraba poco a San José para enfatizar la paternidad divina de Jesús. Pero, así todo, los Padres (San Agustín, San Jerónimo y San Juan Crisóstomo, entre otros), ya nos hablan de San José. Según San Callistus, esta devoción comenzó en el Oriente donde existe desde el siglo IV, relata también que la gran basílica construida en Belén por Santa Elena había un hermoso oratorio dedicado a nuestro santo.
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San Pedro Crisólogo: "José fue un hombre perfecto, que posee todo género de virtudes" El nombre de José en hebreo significa "el que va en aumento. "Y así se desarrollaba el carácter de José, crecía "de virtud en virtud" hasta llegar a una excelsa santidad.
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En el Occidente, referencias a (Nutritor Domini) San José aparecen en el siglo IX en martirologios locales y en el 1129 aparece en Bologna la primera iglesia a él dedicada. Algunos santos del siglo XII comenzaron a popularizar la devoción a San José entre ellos se destacaron San Bernardo, Santo Tomás de Aquino, Santa Gertrudiz y Santa Brígida de Suecia. Según Benito XIV (De Serv. Dei beatif., I, iv, n. 11; xx, n. 17), "La opinión general de los conocedores es que los Padres del Carmelo fueron los primeros en importar del Oriente al Occidente la laudable práctica de ofrecerle pleno culto a San José".
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En el siglo XV, merecen particular mención como devotos de San José los santos Vicente Ferrer (m. 1419), Pedro d`Ailli (m. 1420), Bernadino de Siena (m. 1444) y Jehan Gerson (m. 1429). Finalmente, durante el pontificado de Sixto IV (1471 - 84), San José se introdujo en el calendario Romano en el 19 de Marzo. Desde entonces su devoción ha seguido creciendo en popularidad. En 1621 Gregorio XV la elevó a fiesta de obligación. Benedicto XIII introdujo a San José en la letanía de los santos en 1726.
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San Bernardino de Siena "... siendo María la dispensadora de las gracias que Dios concede a los hombres, ¿con cuánta profusión no es de creer que enriqueciese de ella a su esposo San José, a quién tanto amaba, y del que era respectivamente amada? " Y así, José crecía en virtud y en amor para su esposa y su Hijo, a quién cargaba en brazos en los principios, luego enseñó su oficio y con quién convivió durante treinta años.
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Los franciscanos fueron los primeros en tener la fiesta de los desposorios de La Virgen con San José. Santa Teresa tenía una gran devoción a San José y la afianzó en la reforma carmelita poniéndolo en 1621 como patrono, y en 1689 se les permitió celebrar la fiesta de su Patronato en el tercer domingo de Pascua. Esta fiesta eventualmente se extendió por todo el reino español. La devoción a San José se arraigo entre los obreros durante el siglo XIX. El crecimiento de popularidad movió a Pío IX, el mismo un gran devoto, a extender a la Iglesia universal la fiesta del Patronato (1847) y en diciembre del 1870 lo declaró Santo Patriarca, patrón de la Iglesia Católica. San Leo XIII y Pío X fueron también devotos de San José. Este últimos aprobó en 1909 una letanía en honor a San José.
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San Alfonso María de Ligorio nos hace reflexionar: "¿Cuánto no es también de creer aumentase la santidad de José el trato familiar que tuvo con Jesucristo en el tiempo que vivieron juntos?" José durante esos treinta años fue el mejor amigo, el compañero de trabajo con quién Jesús conversaba y oraba. José escuchaba las palabras de Vida Eterna de Jesús, observaba su ejemplo de perfecta humildad, de paciencia, y de obediencia, aceptaba siempre la ayuda servicial de Jesús en los quehaceres y responsabilidades diarios. Por todo esto, no podemos dudar que mientras José vivió en la compañía de Jesús, creció tanto en méritos y santificación que aventajó a todos los santos.
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En aquel tiempo viniendo Jesús a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María..? (Mt 13, 54)
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"Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria" (Quamquam Pluries, León XIII)
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jueves, 26 de febrero de 2009

El Altar

La edificación de las iglesias y la oración hacia el Oriente




"Tenemos un altar, del que no pueden comer los que sirven en el tabernáculo" Heb. 13,10). El altar se refiere siempre a un sacrificio ofrecido por un sacerdote. Altar, sacerdote y sacrificio van al unísono, como lo decía San Juan Crisóstomo: "Nadie puede ser sacerdote sin sacrificio". Como los protestantes rechazan expresamente el sacrificio de la misa y el sacerdocio del preste, no tienen tampoco necesidad propiamente hablando de altar.

En todas las religiones antiguas, el sacerdote, como sacrificador, escogido entre los hombres (Cf. Hebr. 5,1), se sitúa delante del altar y delante del santuario (que es la representación de Dios). De igual forma, los que asisten a la celebración del sacrificio, se acercan al altar, a fin de estar en comunión con éste, por mano del sacerdote sacrificador, como escribió San Pablo: "¿Los que comen de las víctimas no están en comunión con el altar?" (1 Cor. 10,8).

En el transcurso de estos últimos veinte años, se ha operado un cambio en nuestra concepción del sacrificio. Personalmente, creo que la introducción de altares cara al pueblo y la celebración orientada hacia éste, es mucho más grave y engendradora de problemas para la evolución futura, que el nuevo misal. Porque en la base de esta nueva colocación del sacerdote con respecto al altar (y sin duda alguna, se trata aquí de una innovación, no de un retorno a una costumbre de la Iglesia primitiva) hay una nueva concepción de la misa, que hace de ella una "comunidad del banquete eucarístico".

Todo lo que primaba hasta ahora, la veneración cultual y la adoración a Dios, así como el carácter sacrificial de la celebración, considerada como representación mística y actualización de la muerte y resurrección del Señor, pasa a segundo plano. Lo mismo la relación entre el sacrificio de Cristo y nuestro sacrificio de pan y vino apenas aparece. En nuestro opúsculo "Das opfer der Kirche " (El sacrificio de la Iglesia) trató en detalle esta cuestión.

No soy de los que piensan que las formas del altar, tal como se habían constituido en el curso de los últimos siglos, y se habían conservado hasta el Concilio Vaticano II, no se puedan modificar. Al contrario, me gustaría que se volviese a formas simples, tal como las que habitualmente estaban en uso en el primer milenio, tanto en la Iglesia de Oriente, como en la de Occidente (y aún hoy día en Oriente), formas que ponían muy en relieve el carácter del altar cristiano, lugar del sacrificio del Nuevo Testamento.

La necesidad de exponer en detalle, pero de forma comprensible para todos, el problema que plantean los modernos altares cara al pueblo, así como el celebrante vuelto a la asamblea, me surgió leyendo las numerosas cartas de los lectores publicadas el pasado año, durante muchos meses, en el Deutsche Tagespost. Estas cartas prueban que en lo que concierne a la evolución histórica del altar, muchas cosas quedan confusas; y que muchos errores, sobre todo referentes a los primeros tiempos de la Iglesia, parecen que se han anclado en el espíritu de las gentes. Por todo esto he decidido con toda intención tener en cuenta las preguntas propuestas por los lectores en sus cartas.


Mons. Klaus Gamber

jueves, 24 de julio de 2008

La Jugada Maestra de Satanas


Sabemos por el Génesis y; mejor aún, por Nuestro Señor Jesucristo mismo, que Satanás es el padre de la mentira. En el versículo 44 cap. 8, del Evangelio de San Juan, Nuestro Señor apostrofa a los judíos diciéndoles: "Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre. Él es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él. Cuando dice mentira habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira...".

Satanás es homicida en las persecuciones sangrientas, padre de la mentira en las herejías, en todas las falsas filosofías y en las palabras equívocas que son la base de las revoluciones, de las guerras mundiales y de las guerras civiles.No deja de atacar a Nuestro Señor en su cuerpo místico que es la Iglesia. En el transcurso de la historia ha empleado todos los medios, y uno de los últimos y más terribles ha sido la apostasía oficial de las sociedades civiles.

El laicismo de los Estados ha sido, y sigue siendo, un inmenso escándalo para las almas de la gente. Por este camino, Satanás ha conseguido poco a poco secularizar y quitar la fe a muchos miembros de la Iglesia y del Estado, hasta el punto de que esos falsos principios de separación de la Iglesia y del Estado, de libertad religiosa, de ateísmo político y de la autoridad como algo que emana de los individuos han acabado por invadir los presbiterios, los curias episcopales y hasta el Concilio Vaticano II.
Para lograrlo, Satanás ha inventado palabras clave que han logrado que los errores modernos y modernistas entren en el Concilio: la libertad se ha introducido a través de la libertad religiosa o libertad de religión; la igualdad a través de la colegialidad, que ha introducido los principios del igualitarismo democrático en la Iglesia; y, por fin, la fraternidad a través del ecumenismo que abraza todas las herejías y errores y da la mano a todos los enemigos de la Iglesia.
La jugada maestra de Satanás consiste, pues, en difundir los principios revolucionarios introducidos en la Iglesia por la autoridad de la misma Iglesia, poniendo a esta misma autoridad en una situación de incoherencia y de contradicción permanente. Mientras este equívoco no se disipe, los desastres se multiplicarán en la Iglesia. Al hacerse equívoca la liturgia, el sacerdocio se hace igualmente equívoco; y al haberse hecho también equívoco el catecismo, la fe, que sólo puede mantenerse en la verdad, se disipa. La misma jerarquía de la Iglesia vive en un equívoco permanente, entre la autoridad personal recibida por el sacramento del orden, y la misión del Papa o del obispo y los principios democráticos.

Hay que reconocer que la baza se ha jugado bien y que se ha usado maravillosamente la mentira de Satanás. La Iglesia va a destruirse a sí misma por vía de obediencia. La Iglesia se va a convertir al mundo herético, judío y pagano por obediencia, por medio de una liturgia equívoca, de un catecismo ambiguo y lleno de omisiones, y de instituciones nuevas basadas en principios democráticos.

Las órdenes, contraórdenes, circulares, constituciones y mandatos, están tan bien manipulados, tan bien orquestados y apoyados por los omnipotentes medios de comunicación social y por lo que queda de los movimientos de Acción Católica (todos marxistoides), que los fieles sencillos y los buenos sacerdotes repetirán, con el corazón roto pero dócil: "¡Hay que obedecer!" ¿A qué o a quién? No se sabe muy bien: ¿A la Santa Sede, al Concilio, a las comisiones, a las conferencias episcopales? Uno se pierde, lo mismo entre los libros litúrgicos que entre los ordos diocesanos o la maraña inextricable de catecismos, de "oraciones del tiempo presente", etc. Hay que obedecer a pesar de los sacerdotes que apostatan, del absentismo de los obispos (salvo para condenar a los que quieren conservar la fe), del matrimonio de las personas consagrados a Dios, de la comunión de los divorciados, de la intercomunión con los herejes, etc. "¡Hay que obedecer!". Los seminarios se vacían y se venden, y lo mismo los noviciados, las casas de religiosas y las escuelas. Se saquean los tesoros de la Iglesia, los sacerdotes se secularizan y se profanan en su modo de vestir, en su lenguaje y en su alma... "¡Hay que obedecer! Roma, las conferencias episcopales, el sínodo presbiterial lo quieren así!". Es lo que repiten todos los ecos de las Iglesias, periódicos y revistas: "aggiornamento" y apertura al mundo. Pobre del que no esté de acuerdo. Se le puede patear, calumniar y privarle de todo lo que le permite vivir. Es un hereje, un cismático y sólo merece la muerte.Realmente, Satanás ha logrado una jugada maestra: logra que los que conservan la fe católica sean condenados por los mismos que deberían defenderla y propagarla.Ya es hora de recobrar el sentido común de la fe y de recobrar la verdadera Iglesia, oculta bajo la falsa careta del equívoco y de la mentira. La verdadera Iglesia, la verdadera Santa Sede, el sucesor de san Pedro y los obispos, en cuanto se someten a la tradición de la Iglesia, no nos piden ni pueden pedirnos que nos hagamos protestantes, marxistas o comunistas. Lo cierto es que podría creerse, al leer algunos documentos, constituciones, circulares y catecismos, que se nos pide que abandonemos la verdadera fe en nombre del Concilio, de Roma, etc.

Debemos negarnos a hacernos protestantes, a perder la fe y a apostatar como lo ha hecho la sociedad política tras los errores difundidos por Satanás en la Revolución Francesa de 1789. Nos negamos a apostatar, ya sea en nombre del Concilio, de Roma o de las Conferencias episcopales.Por encima de todo, seguimos estando unidos a todos los concilios dogmáticos que han definido nuestra fe para siempre. Todo católico digno de ese nombre debe rechazar todo relativismo y evolución de su fe en el sentido dé que lo que fue definido solemnemente en otro tiempo por los concilios ya no sea válido hoy y pueda ser modificado por otro concilio, y con más razón si sólo es pastoral.La confusión, la imprecisión, las modificaciones de los documentos sobre la liturgia y la precipitación en la aplicación, manifiestan de modo evidente que no se trata de una reforma inspirada por el Espíritu Santo. Esta forma de obrar es totalmente contraria a las costumbres romanas, que actúan siempre "cum concilio et sapientia". Es imposible que el Espíritu Santo haya inspirado la definición de la misa según el artículo 7 de la Constitución (1), y más increíble es que se haya sentido la necesidad de corregirla después. Eso es confesar que se había deformado la más importante realidad de la Iglesia: el santo sacrificio de la Misa.Hay que reconocer que la presencia de protestantes en la reforma litúrgica de la Misa plantea un dilema del que es difícil sustraerse.
Su presencia significaba o que se les invitaba a reajustar su culto a los dogmas de la Santa Misa, o que se les preguntaba qué les resultaba desagradable en la Misa católica, con el fin de eliminar las expresiones dogmáticas inadmisibles para ellos. Es evidente que esta segunda solución es la que fue adoptada, cosa inconcebible y no inspirada, desde luego, por el Espíritu Santo.Cuando se sabe que esta concepción de la "misa normativa" es la del Padre Bugnini y que se impuso tanto al Sínodo como a la Comisión de Liturgia, cabe pensar que hay Roma y Roma: la Roma eterna en su fe, sus dogmas, su concepción del sacrificio de la Misa; y la Roma temporal influida por las ideas del mundo moderno, influencia de la que no se escapó el mismo Concilio, que, de propósito y gracias al Espíritu Santo, sólo quiso ser pastoral.Santo Tomás se pregunta en la cuestión de la corrección fraterna si conviene ejercerla a veces con los superiores. Con todas las distinciones oportunas, el Ángel de las Escuelas responde que tiene que hacerse cuando se trata de la fe.¿Y quién puede, en conciencia, decir que hoy la fe de los fieles y de toda la Iglesia no está gravemente amenazada en la liturgia, en la enseñanza del catecismo y en las instituciones de la Iglesia?Léase y vuélvase a leer a San Francisco de Sales, a San Belarmino, a San Pedro Canisio y a Bossuet, y se verá con asombro que tuvieron que luchar con los mismos extravíos. Pero esta vez el drama extraordinario consiste en que estas desfiguraciones de la tradición nos vienen de Roma y de las Conferencias Episcopales.
Así, pues, si se quiere conservar la fe, por fuerza hay que admitir que algo anormal ocurre en la administración romana. Por supuesto, hay que mantener la infalibilidad de la Iglesia y del Sucesor de Pedro, también hay que admitir la trágica situación en la que se encuentra nuestra fe católica a causa de las orientaciones y documentos que nos vienen de la Iglesia. Luego, la conclusión vuelve a lo que decíamos al principio: el demonio reina por el equívoco y la incoherencia, que son sus medíos de combate y que engañan a los hombres de poca fe.Tiene que denunciarse valientemente este equívoco con el fin de preparar el día que la Providencia elija para señalarlo oficialmente a través del Sucesor de Pedro. No se nos llame rebeldes u orgullosos, porque no somos nosotros los que juzgamos.

Es el mismo Papa el que, como sucesor de Pedro, condena lo que por otro lado aconseja. Es la Roma eterna la que condena a la Roma temporal. Nosotros preferimos obedecer a la eterna.Pensamos con plena conciencia que toda la legislación que se ha puesto en práctica desde el Concilio es por lo menos dudosa y, en consecuencia, nos remitimos al canon 23 que trata este caso y nos pide que nos atengamos a la ley antigua.Estas palabras les parecerán a algunos ofensivas para la autoridad, pero muy al contrario, son las únicas que protegen la autoridad y verdaderamente la reconocen, porque la autoridad no puede existir más que para la Verdad y para el Bien y no para el error y el vicio.


A 13 de octubre, en el aniversario de las apariciones de Fátima. Año 1974.Que María se digne bendecir estas líneas y dar frutos de Verdad y Santidad.(2)

+ Monseñor Marcel Lefebvre





NOTAS:


(1) Se trata de la Institutio generalas Missalis romani que sirve de prefacio al misal de 1969. El artículo en cuestión dice así: "La Cena del Señor, o Misa, es la asamblea sagrada o congregación del pueblo de Dios, reunido bajo la presidencia del sacerdote para cele brar el memorial del Señor. De ahí que sea eminentemente válida, cuando se habla de la asamblea local de la Santa Iglesia, aquella promesa de Cristo: "Donde están reunidos dos o tres en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos' (Mt. 18, 20)".


(2) Le Coup Maitre de Satan, págs. 5-9

San Pío X

"porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas" (Enciclica Notre Charge Apostolique)