Pero tenemos que volver a hablar de la Misa, que a nosotros sacerdotes nos interesa más íntimamente. La Misa, es el corazón de la Iglesia, como también dice el Concilio de Trento.
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martes, 29 de junio de 2010
A propósito de la Clausura del Año Sacerdotal
El Sacerdocio se define por el Sacrificio.
Pero tenemos que volver a hablar de la Misa, que a nosotros sacerdotes nos interesa más íntimamente. La Misa, es el corazón de la Iglesia, como también dice el Concilio de Trento.
Cuando se ataca a la Misa, se ataca a toda la Iglesia y, por lo mismo al Sacerdote. El sacerdote es quien, en definitiva, resulta más afectado por todas estas reformas, porque él está en el corazón de la Iglesia, siendo encargado de propagar la fe y la santidad de la Iglesia. En razón de su carácter sacerdotal es el verdadero ministro responsable. La Iglesia es esencialmente sacerdotal. De esta manera, cuando se toca algo de la Iglesia, el sacerdote sufre las consecuencias. Por eso, el sacerdote está hoy en la situación más trágica y dramática que pueda imaginarse. Los seminarios no existen, pues se ha abandonado la definición del sacerdote y la verdadera noción del sacerdocio. Os confieso que me siento sinceramente incapaz de fundar un seminario con la Nueva Misa.
Como el sacerdote se define por el sacrifico, no se puede definir el sacerdote sin hacer alusión al sacrificio, ni definir el sacrificio sin hacer alusión al sacerdote. Son nociones que es tan absolutamente vinculadas por su misma esencia. De modo que si ya no hay Sacrificio si ya no hay Victima, y no hay Víctima si ya no hay presencia Real ni Transubstanciación. Así, pues, no hay Víctima ni Sacrificio. Pero ¿qué es lo que mantiene al sacerdote y al seminarista? ¿En qué se funda, diría yo, su fervor y su piedad? ¿Qué es lo que le da una razón de ser en el seminario? El sacrificio de la Misa.
Pienso que esto valía para todos nosotros. Nuestra felicidad y alegría durante todo el seminario era pensar en la tonsura, en las órdenes menores, en subir al altar, en ser subdiácono, diácono y, por fin, sacerdote. !Por fin, poder ofrecer la Divina Víctima! !Al fin, poder ofrecer el sacrificio de la Misa! Esto constituyó toda nuestra vida de seminaristas. Ahora se duda de la presencia Real y del Sacrificio de la Misa; es una cena, una comida y una presencia: el Señor está presente como cuando nosotros estamos juntos. Pero la presencia de Nuestro Señor en la Eucaristía no es eso, sino la presencia de la Víctima, la misma Víctima que en la Cruz. Así se comprende que haya seminaristas y vocaciones; vale la pena ser sacerdotes para ofrecer el sacrificio de la Misa, el verdadero sacrificio de la Misa, pero no vale la pena ser sacerdote para hacer una asamblea en la que los seglares pueden casi concelebrar y hacer todo. En esta nueva concepción de la Misa no queda nada; es una concepción protestante y que nos lleva al protestantismo. Por eso no veo cómo puede hacerse un seminario con esta nueva Misa. No puede ni atraer a los seminaristas ni suscitar vocaciones. Ahí está, a mi parecer, la razón fundamental por la que ha dejado de haber seminarios: porque ha dejado de haber sacrificio de la Misa. No hay sacerdote sin Sacrificio. No se puede definir al sacerdote sin Sacrificio. No existen otros motivos.
Mientras no se restablezca el verdadero Sacrificio de la Misa en toda su Divina realidad, no habrá seminarios ni seminaristas (1).
La asamblea comulga en el Sacrificio, pero no es ella quién lo ofrece o es su ministro. El único que es ministro del Sacrificio es el Sacerdote. Esto es lo que hace la dignidad del sacerdote y lo que hace que el sacerdote no pueda convertirse en un ser profano. No puede ponerse al mismo nivel que los que no están consagrados y no tienen ese "caracter" sacerdotal. Haga lo que haga, ante los Ángeles, ante Dios y en la eternidad, el sacerdote es sacerdote. Por mucho que tire la sotana, se ponga un jersey rojo o de cualquier otro color, sigue siendo sacerdote. Si quiere ocultar su carácter sacerdotal, traiciona su misión. Sí, eso es traicionar su Misión.
Es difícil seguir de modo exacto la evolución de la idea del sacerdocio y de sus consecuencias. Haría falta, tal vez, remontarse 30 años y recordar la infiltración en los seminarios de ideas subversivas en torno a la función del sacerdote y a sus relaciones con el mundo. Pero nos limitaremos a los 10 últimos años, los del Concilio y después de él.
Como en todos los cambios ocurridos durante este período, se apoyaron en la evolución del mundo para hacerle creer al sacerdote que también el tenía que cambiar su modo de ser. Era facil crearle un complejo de aislamiento, de frustración y de ser extraño a la sociedad. Se le decía que tenía que volver a unirse al mundo y abrirse a él. Se acusaba a su formación y la forma anticuada de vestir y vivir.
El lema que ayudó a asimilar al sacerdote al mundo fue facil: "El sacerdote es un hombre comó los demás". Dado esto por sentado, tenía que vestir como los demás, ejercer como ellos una profesión, tener la libertad de poderse casar. Los seminaristas no tenían más que adaptarse a este nuevo "tipo de sacerdote".
Por desgracia, este lenguaje no estaba sólo en labios de los enemigos tradicionales de la Iglesia, sino en labios de sacerdotes y obispos.
Las consecuencias no se han hecho esperar: el abandono de todo distintivo eclesiástico, la búsqueda de una profesión, la transformación del culto para halagar el gusto del mundo; y al cabo de pocos años, la perdida de la fe, desembocando en la abjuración de miles de sacerdotes.
Éste es sin duda el signo más doloroso de esta reforma: la pérdida de la fe en el sacerdote. Porque éste es, esencialmente, el hombre de fe. Si ya no sabe lo que es, pierde la fe en si mismo y en lo que es su sacerdocio. Se ha modificado radicalmente la definición del sacerdocio dada por San Pablo y por el Concilio de Trento. El sacerdote ya no es el que sube al altar y ofrece un sacrificio de alabanza a Dios por la remisión de los pecados. Se han invertido el orden de los fines. El sacerdocio tiene un fin primario, que es ofrecer el sacrificio; y un fin secundario, que es la evangelización. Ahora la evangelización se impone al sacrificio y a los sacramentos. Se convierte en un fin en sí mismo. Este grave error tiene trágicas consecuencias. En efecto, la evangelización, al perder su fin, queda enteramente desorientada y busca motivos que agraden al mundo, como la falsa justicia social o la falsa libertad, que adquieren nombres nuevos: desarrollo, progreso y construcción del mundo. Estamos plenamente dentro del lenguaje que lleva a todas las revoluciones. El sacerdote descubre en sí un papel primordial en la revolución mundial contra las estructuras políticas, sociales, eclesiásticas, familiares y parroquiales. No tiene que quedar nada de ellas. El comunismo no encontró nunca agentes mas eficaces que esos sacerdotes. Los sacerdotes han perdido la fe; constatación dolorosa si la hay, en quien es el hombre de la fe.
Dentro de esta óptica nueva del sacerdote, todo se deduce lógicamente: el abandono de la sotana, el deseo de ejercer una profesión y la posibilidad del matrimonio.
El mundo necesita al sacerdote. El mundo no puede seguir existiendo sin sacerdote sy el sacerdote tiene que manifestarse. No tiene derecho a ocultar su "carácter". Es sacerdote desde la mañana hasta la noche; es sacerdote las 24 horas del día. En cualquier momento le pueden llamar para confesar, dar la extremaunción o aconsejar a algún alma que se va a perder. El sacerdote tiene que estar ahí. Por consiguiente, profanarse y no tenre fe en su carácter sacerdotal, es el final del sacerdote y del sacerdocio. A eso estamos llegando. No hay que extrañarse de que los seminarios estén vacíos. ¿Por qué guarda el celibato el sacerdote? Aquí hay que apelar otra vez a la fe. Si se pierde la fe en el sacerdocio único que es el del altar y que es la continuación del Sacrificio de Nuestro Señor, se pierde al mismo tiempo el sentido del celibato. Y no hay razón para que el sacerdote sea soltero. Se dice que "el sacerdote está ocupado y que su papel le absorbe de tal forma, que no puede ocuparse de un hogar". Pero ese argumento no tiene sentido. El médico, si tiene verdaderamente vocación de médico y es un verdadero médico, está tan ocupado como el sacerdote. Ya le llamen de noche como de día, tiene que estar presente para atender a los que pidan que vaya a ayudarles y, por consiguiente, tampoco él debería casarse, porque no puede tener tiempo para ocuparse de su mujer y de sus hijos. Así pues, no tiene sentido el decir que el sacerdote está tan ocupado que no podría hacerse cargo de un hogar. La razón profunda del celibato sacerdotal consagrado es la misma razón que hizo que la Santísima Virgen María haya seguido siendo Virgen: el haber llevado a Nuestro Señor en su seno; por eso era justo y conveniente que fuese y permaneciese virgen. De la misma manera, el sacerdote, por las palabras que pronuncia en la consagración también él hace venir a Dios sobre la tierra. Está en tal proximidad con Dios -ser espiritual y espíritu ante todo que es bueno, justo y eminentemente conveniente que el sacerdote sea virgen y permanezca soltero. Esta es la razón fundamental: el sacerdote ha recibido el "carácter" que le permite pronunciar las palabras de la consagración y hacer bajar a Nuestro Señor a la tierra para dárselo a los demás. Esta es la razón de su virginidad. Pero entonces -me diréis- ¿por qué hay sacerdotes casados en oriente? Es una tolerancia. No os dejéis engañar, es sólo una tolerancia. Preguntad a los sacerdotes orientales: un obispo no puede estar casado. Ninguno de los que tienen funciones de alguna importancia en el clero oriental puede estar casado. Es, pues, "una simple tolerancia"; y no el concepto que tiene el mismo clero oriental, porque también él venera el celibato del sacerdote. En todo caso, es absolutamente cierto que, desde el momento de Pentecostés, incluso si vivieron con sus esposas, los apóstoles dejaron de "conocerlas". Porque, si no ¿ a quién se dirigiría Nuestro Señor cuando dijo: "Si queréis ser mis discípulos, abandonadlo todo y dejad a vuestras esposas?. (3)
San Alfonso María de Ligorio y San Juan Maria Vianney
Rogad por los Sacerdotes.
"el sacerdote está constituido dispensador de los misterios de Dios en favor de estos miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, siendo, como es, ministro ordinario de casi todos los sacramentos, que son los canales por donde corre en beneficio de la humanidad la gracia del Redentor. El cristiano, casi a cada paso importante de su mortal carrera, encuentra a su lado al sacerdote en actitud de comunicarle o acrecentarle con la potestad recibida de Dios esta gracia, que es la vida sobrenatural del alma" . Enciclica Ad Catholici Sacerdotii de S.S. Pío XI.
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domingo, 4 de octubre de 2009
¿No tienen temor de Dios?
No a la comunión en la Mano
bajo ningún pretexto.
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Sin considerar en lo mas mínimo la Fe Católica sobre la Presencia Real de Nuestro Señor en la Eucaristía, los Obispos de México han resuelto autorizar que la sagrada comunión se reciba en la mano, desde que apareció el virus AH1N1. Esto con el pretexto de evitar que se expanda este mal en la población.
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Podemos comprender las medidas tomadas por diversos organismos, como lo es la secretaria de Salud, para evitar que esta gripe, siga afectado a mas personas. Pero no se puede comprender como los Pastores de almas, que deben preocuparse por la salud espiritual de los fieles, y de procurar que Nuestro Señor sea Glorificado en todo lugar, no se preocupan por los desprecios contra Su Señor, al que dicen servir. ¿Que hacen los Obispos de México para evitar tantas irreverencias a Nuestro Señor en las sagradas especies?. ¿Acaso un mal tan grande, como lo es la comunión en la mano, sacrilegio autorizado, no trae peores consecuencias?. "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn 3,36).
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Podemos comprender las medidas tomadas por diversos organismos, como lo es la secretaria de Salud, para evitar que esta gripe, siga afectado a mas personas. Pero no se puede comprender como los Pastores de almas, que deben preocuparse por la salud espiritual de los fieles, y de procurar que Nuestro Señor sea Glorificado en todo lugar, no se preocupan por los desprecios contra Su Señor, al que dicen servir. ¿Que hacen los Obispos de México para evitar tantas irreverencias a Nuestro Señor en las sagradas especies?. ¿Acaso un mal tan grande, como lo es la comunión en la mano, sacrilegio autorizado, no trae peores consecuencias?. "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn 3,36).
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La comunión en la mano, es una practica sacrílega, que desde hace dos décadas se ha querido introducir en las parroquias, con patrocinio de la Jerarquía, desde la época del post concilio. Claro esta que la oposición a dicha practica no proviene de la Jerarquía, sino de los fieles católicos.
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En este espíritu "introductorio" a las desviaciones litúrgicas, podemos reconocer el trabajo de los Jesuitas, Lasallistas, redentoristas entre otros en este país, con su pretendida "liturgia sencilla y comprensible", que como epidemia mortal, ha contaminado a la mayoría del clero, sin olvidar a los Obispos de la liberación, y su pretendida "liturgia" indígena. Todas estas practicas, que felizmente aplauden los novadores de la Liturgia, fomentan el "insano arqueologismo", ya condenado por el Papa Pío XII en Mediator Dei. Por eso, desde que las Diócesis de México, autorizaron administrar la comunión en la mano, no se mostró en ningún templo "católico" alguna resistencia (en los sacerdotes) a tal practica, sino todo lo contrario.
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La recepción de esta practica, ha creado cierta confusión y pesar en gran parte de los fieles católicos, que se preguntan (Ver pregunta), ¿Como es posible, que siendo indigno, toque el Cuerpo de Cristo con mis manos?. Un sacerdote redentorista, durante una platica afirmaba que "la comunión en la mano" es un buen signo de madurez cristiana. ¿ ?, otros no dudan en afirmar que tal practica, es un gran paso para dejar en el pasado la concepción "medieval" del Ser Supremo, y acercar a Dios al pueblo sencillo. Ellos definitivamente no desean abrir sus ojos a la verdad, como reza la sentencia del Papa San León Magno: "Se recibe en la boca lo que se cree por la Fe".
La recepción de esta practica, ha creado cierta confusión y pesar en gran parte de los fieles católicos, que se preguntan (Ver pregunta), ¿Como es posible, que siendo indigno, toque el Cuerpo de Cristo con mis manos?. Un sacerdote redentorista, durante una platica afirmaba que "la comunión en la mano" es un buen signo de madurez cristiana. ¿ ?, otros no dudan en afirmar que tal practica, es un gran paso para dejar en el pasado la concepción "medieval" del Ser Supremo, y acercar a Dios al pueblo sencillo. Ellos definitivamente no desean abrir sus ojos a la verdad, como reza la sentencia del Papa San León Magno: "Se recibe en la boca lo que se cree por la Fe".
Si creemos por la fe que Nuestro Señor esta presente en las sagradas especies, se comprende lo que dice el Concilio de Trento: "Siempre ha sido costumbre de la Iglesia de Dios, en la Comunión Sacramental, que los laicos tomen la comunión de manos de los sacerdotes, y que los sacerdotes celebrantes comulguen por sí mismos; costumbre que por razón y justícia DEBE MANTENERSE por provenir de la Tradición Apostólica ( sesión XIII).
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También quiero citar al Papa Pablo VI, al cual no dudan en llamar el Papa del Concilio, cuando dice que "La Santa Comunión recibida en la lengua "significa la reverencia de los fieles hacia la Eucaristía... provee que la Santa Comunión será distribuida con debida reverencia... es más conducente a la fe, reverencia y humildad... La [Comunión en la mano] conlleva ciertos peligros con ella que pudieran surgir de la nueva manera de administrar la Santa Comunión: el peligro de la pérdida de reverencia por el Augusto sacramento del altar, de profanación, de adulterar la verdadera doctrina." (Pablo VI en su instrucción Memoriale Domini (29 de Mayo, 1969). Ciertamente Pablo VI no es el mejor exponente de la Sana Doctrina, y de la Liturgia, pero era necesario citarlo.
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LOS OBISPOS DE MÉXICO: ¡CUIDEMOS QUE EL PUEBLO NO SE CONTAGIE!.. PERO PROFANEMOS AL SANTÍSIMO.
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LOS OBISPOS DE MÉXICO: ¡CUIDEMOS QUE EL PUEBLO NO SE CONTAGIE!.. PERO PROFANEMOS AL SANTÍSIMO.
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La comunión en la mano ya es una practica regular en este país, y la influenza ha sido el gran pretexto para introducir este sacrílego uso en los aun católicos, que se siguen preguntando ¿hasta cuando esta medida?. En estos momentos son pocos los sacerdotes que administran la comunión en la boca, como es debido, otros consideran que es opcional el recibirla en la boca o en la mano. Incluso hay parroquias donde se esta "Catequizando" a los inadaptados que consideran que no es propio tomar el Cuerpo del Señor con las manos.
La comunión en la mano ya es una practica regular en este país, y la influenza ha sido el gran pretexto para introducir este sacrílego uso en los aun católicos, que se siguen preguntando ¿hasta cuando esta medida?. En estos momentos son pocos los sacerdotes que administran la comunión en la boca, como es debido, otros consideran que es opcional el recibirla en la boca o en la mano. Incluso hay parroquias donde se esta "Catequizando" a los inadaptados que consideran que no es propio tomar el Cuerpo del Señor con las manos.
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Ante tal situación es una necesidad preguntarle a los Obispos de México, ¿que duración tendrá dicha medida?, o mejor dicho, si concluyeran las medidas contra la Influenza. ¿La Jerarquía mexicana emitirá un documento donde se reestablezca la comunión únicamente en la boca?. Porque si analizamos la cuestión, nos daremos cuenta que los modernistas están muy a gusto con tal practica, y no dudarán en seguir administrando la comunión en la mano, hasta disminuir la poca fe en la presencia real de Nuestro Señor que existe en los católicos mexicanos.
Ante tal situación es una necesidad preguntarle a los Obispos de México, ¿que duración tendrá dicha medida?, o mejor dicho, si concluyeran las medidas contra la Influenza. ¿La Jerarquía mexicana emitirá un documento donde se reestablezca la comunión únicamente en la boca?. Porque si analizamos la cuestión, nos daremos cuenta que los modernistas están muy a gusto con tal practica, y no dudarán en seguir administrando la comunión en la mano, hasta disminuir la poca fe en la presencia real de Nuestro Señor que existe en los católicos mexicanos.
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Vale la pena mencionar el acertado comentario que hiciera la Asociación Una Voce Malaga, respecto a las medidas "de higiene y seguridad" que los obispos han adoptado: “¿Alguien ha tomado alguna gripe comulgando o en la pila de agua bendita?. ¿Es más grave esta gripe que una hepatitis, por ejemplo?. No entendemos que la Iglesia se ocupe de algo que no sea la salud espiritual. Por esa regla, que los obispos andaluces recomienden a los ancianos no ir a misa en agosto, no sea que les dé un golpe de calor. Y los párrocos gallegos que recomienden a los fieles no coger el coche cuando llueve, no vayan a tener un accidente. A un minusválido tampoco le ayudaremos a bajar los escalones de la catedral, no nos vaya a contagiar algo. Y, ya puestos, mejor que ni vayamos a misa, así hay más profilaxis”.
Vale la pena mencionar el acertado comentario que hiciera la Asociación Una Voce Malaga, respecto a las medidas "de higiene y seguridad" que los obispos han adoptado: “¿Alguien ha tomado alguna gripe comulgando o en la pila de agua bendita?. ¿Es más grave esta gripe que una hepatitis, por ejemplo?. No entendemos que la Iglesia se ocupe de algo que no sea la salud espiritual. Por esa regla, que los obispos andaluces recomienden a los ancianos no ir a misa en agosto, no sea que les dé un golpe de calor. Y los párrocos gallegos que recomienden a los fieles no coger el coche cuando llueve, no vayan a tener un accidente. A un minusválido tampoco le ayudaremos a bajar los escalones de la catedral, no nos vaya a contagiar algo. Y, ya puestos, mejor que ni vayamos a misa, así hay más profilaxis”.
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Estos Obispos "preocupados" por la salud de su rebaño, ¿se acordaran despues de 45 años de aggiornamiento, del acto de desagravio al Sagrado Corazón de Jesús?
Estos Obispos "preocupados" por la salud de su rebaño, ¿se acordaran despues de 45 años de aggiornamiento, del acto de desagravio al Sagrado Corazón de Jesús?
" Nosotros queremos expiar tan abominables pecados, especialmente (...) las negligencias y horribles sacrilegios con que es profanado el mismo Sacramento del amor y, en fin, los públicos pecados de las naciones que oponen resistencia a los derechos y al magisterio de la Iglesia por vos fundada"..
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ANTE EL SÓLO NOMBRE DEL NUESTRO SEÑOR SE DEBE DOBLAR TODA RODILLA.
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Toda criatura debe dar gloria a Dios según su propia naturaleza. En el hombre su naturaleza es la de ser unión de cuerpo y alma; por lo que el culto debido a Dios no se limita al alma; así, la actitud exterior del cuerpo manifiesta y facilita la disposición interior del alma.
Toda criatura debe dar gloria a Dios según su propia naturaleza. En el hombre su naturaleza es la de ser unión de cuerpo y alma; por lo que el culto debido a Dios no se limita al alma; así, la actitud exterior del cuerpo manifiesta y facilita la disposición interior del alma.
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La forma preserva la substancia, enseña Santo Tomás; y los griegos ya notaban que no hay nada en el intelecto que no haya pasado por los sentidos. Por eso como se cree se reza y viceversa, por lo visible vamos a lo invisible. El apostól San Pablo, nos dice que ante el sólo nombre de Nuestro Señor Jesucristo se debe doblar toda rodilla en el Cielo, en la tierra y en los infiernos. Y si esto es así, ¿ Que será ante la presencia Real, infinitamente más que el sólo nombre ?.
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Si contemplamos con espíritu católico el Pesebre podemos reflexionar el porqué se representa a la Santísima Virgen de rodillas ante Su Divino Hijo y saber que en la Eucaristía, en la más mínima partícula, está El mismo con su Cuerpo, Alma y Divinidad, ante el cual no somos dignos ni siquiera de acercarnos y si su amor por la criatura lo llevó no sólo a hacerse hombre sino hostia, no significa que le podamos negar las muestras mínimas de adoración, amor y respeto, a este respecto todo lo que hagamos es poco. Si el sacerdote puede tomarlo con la mano para darlo es por que sus manos han sido ungidas y esa es su misión (dar lo sagrado-Sacer Dos).
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Si contemplamos con espíritu católico el Pesebre podemos reflexionar el porqué se representa a la Santísima Virgen de rodillas ante Su Divino Hijo y saber que en la Eucaristía, en la más mínima partícula, está El mismo con su Cuerpo, Alma y Divinidad, ante el cual no somos dignos ni siquiera de acercarnos y si su amor por la criatura lo llevó no sólo a hacerse hombre sino hostia, no significa que le podamos negar las muestras mínimas de adoración, amor y respeto, a este respecto todo lo que hagamos es poco. Si el sacerdote puede tomarlo con la mano para darlo es por que sus manos han sido ungidas y esa es su misión (dar lo sagrado-Sacer Dos).
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LA IRREVERENCIA.
LA IRREVERENCIA.
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La irreverencia y la liviandad generalizadas con que se trata la Eucaristía en nuestros días es algo inédito en la Iglesia y han degenerado en esa falta de respeto que significa el “self-service” organizado en algunas ceremonias. Sí, comunión de pié, en la mano, mojando la Hostia en el Cáliz, el no preocuparse de las partículas que caen en el suelo, etc., etc. ha creado un clima de desacralización que unido a la poca preocupación por el estudio del más elemental catecismo, contribuye fuertemente a la paulatina, pero inexorable perdida de fe, especialmente en las nuevas generaciones que en su mayoría sólo tienen la noción de lo que ven.
La irreverencia y la liviandad generalizadas con que se trata la Eucaristía en nuestros días es algo inédito en la Iglesia y han degenerado en esa falta de respeto que significa el “self-service” organizado en algunas ceremonias. Sí, comunión de pié, en la mano, mojando la Hostia en el Cáliz, el no preocuparse de las partículas que caen en el suelo, etc., etc. ha creado un clima de desacralización que unido a la poca preocupación por el estudio del más elemental catecismo, contribuye fuertemente a la paulatina, pero inexorable perdida de fe, especialmente en las nuevas generaciones que en su mayoría sólo tienen la noción de lo que ven.
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Un comunista, que le explicaron lo que enseña la Fe Católica al respecto de la Eucaristía, dijo: “No creo lo que ustedes dicen, pero si lo creyera, andaría de rodillas en su iglesia”.
Un comunista, que le explicaron lo que enseña la Fe Católica al respecto de la Eucaristía, dijo: “No creo lo que ustedes dicen, pero si lo creyera, andaría de rodillas en su iglesia”.
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En el documento Eucharisticum mysterium (Instrucción sobre la adoración del Misterio Eucarístico), la Sagrada Congregación de los Ritos establece que: “DE ACUERDO A LAS COSTUMBRES de la Iglesia, los fieles pueden recibir la comunión tanto arrodillados como parados...” En este documento y el los otros, cuando se habla de lo que se permite se establece que es según las costumbres de la Iglesia; ahora bien, canónicamente sólo se considera COSTUMBRE la práctica que con anuencia de la jerarquía y pacíficamente, es decir sin resistencia alguna, se haya practicado por espacio mínimo de 30 años; por lo tanto está fuera de la misma norma Litúrgica positiva la imposición actual que se ejerce en muchos lugares para recibir y tratar la Santa Comunión.
En el documento Eucharisticum mysterium (Instrucción sobre la adoración del Misterio Eucarístico), la Sagrada Congregación de los Ritos establece que: “DE ACUERDO A LAS COSTUMBRES de la Iglesia, los fieles pueden recibir la comunión tanto arrodillados como parados...” En este documento y el los otros, cuando se habla de lo que se permite se establece que es según las costumbres de la Iglesia; ahora bien, canónicamente sólo se considera COSTUMBRE la práctica que con anuencia de la jerarquía y pacíficamente, es decir sin resistencia alguna, se haya practicado por espacio mínimo de 30 años; por lo tanto está fuera de la misma norma Litúrgica positiva la imposición actual que se ejerce en muchos lugares para recibir y tratar la Santa Comunión.
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¡NO ULTRAJEMOS MAS A NUESTRO SEÑOR!
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sábado, 28 de marzo de 2009
Desobediencia al Papa
Desobediencia a S.S. Benedicto XVI
y la protesta dentro de la Iglesia..

"Yo no sé cómo sucedió esto. Vi al Santo Padre en una gran casa, arrodillado frente a una mesa, con la cabeza entre las manos y llorando. Afuera había mucho gentío y algunos le lanzaban piedras, otros lo maldecían y le decían muchas malas palabras. ¡Pobre Santo Padre! Tenemos que rezar mucho por él". (Visión del Papa, por la Beata Jacinta, vidente de N. Señora de Fatima)
Estos fieles son católicos "liberales" que lo que menos desean es que se les moleste en la religión "soft" (blanda) que se han fabricado. Por lo tanto, están dispuestos a protestar contra cualquier pastor – y, en primer lugar, el Papa – que venga a recordarles que la fidelidad a Cristo no se construye a partir de un Evangelio libremente interpretado y que la celebración de la fe no se configura a la manera de un patchwork, fabricado con gestos y palabras seleccionados desde el fondo de su subjetividad.
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Estos católicos liberales se comportan con los que les podrían molestar en la cómoda religión que se han fabricado, exactamente como el "hermano mayor" de la parábola del "hijo pródigo". Y, a veces, incluso peor. Porque no se limitan a mascullar: lo que realmente desearían sería poder mandar de vuelta al benjamín –el que molesta- con sus cerdos.
.En efecto, en vez de aportar al Papa Benedicto XVI, en la alegría y la oración, el apoyo que necesitaría en sus esfuerzos a favor de la unidad en la fe recibida de los Apóstoles, los liberales acusan a su "padre" de no entender nada, y tiran piedras contra los que ellos consideran unos aguafiestas: los miembros de la Fraternidad S. Pío X, por supuesto, pero también los obispos nombrados por el papa y que son más rigurosos bajo el punto de vista de la doctrina, habiendo constatado por ellos mismos que la dejadez de estos últimos 40 años lo único que había conseguido era vaciar las iglesias.
.Por lo tanto, la situación actual es grotesca y contradictoria: los liberales se valen del Concilio y reprochan a los miembros de la Fraternidad de S. Pío X no haberlo aceptado. Reprochan a los fieles tradicionalistas por su desobediencia. Así mismo, reprochan a los obispos recientemente nombrados por el Papa, el querer liquidar los logros del Concilio. Pero, estos católicos liberales, ¿qué es lo que hacen? ¿Acaso no son ellos los primeros en rechazar numerosos puntos del Concilio? ¿No son ellos los primeros en dar un mal ejemplo de desobediencia sistemática y de protesta dentro de la Iglesia?
.¿Cómo podría un Papa, sea el que sea, confiar en las Iglesias locales, tanto diocesanas como las simplemente parroquiales, que cultivan la desobediencia desde hace años, a fuerza de haberse visto infiltradas por los liberales?
.Actualmente, cuando el Papa nombra un obispo que no es del gusto de todos, ¿acaso los primeros en levantar la voz no son los que, en los debates sobre temas importantes de fe, denuncian las posiciones de la Iglesia? Es evidente que no aceptarían un obispo cuya misión es, justamente, defender la fe de la Iglesia y cuya comunión con el Soberano Pontífice no debe ofrecer ni la sombra de una duda. Pues un obispo así solo puede molestarles, ya que les recuerda que la fidelidad al Evangelio no es forzosamente una forma de placer que se celebra dando vueltas alrededor de un altar.
.Por lo tanto hay un abismo que llenar. Este abismo, que con el tiempo se ha ido haciendo cada vez más profundo, distancia a los fieles liberales que ya no están de acuerdo con la Iglesia en una serie de temas, que ni siquiera consideran que pueda ser necesario tal acuerdo, que no dejan pasar ni una ocasión de recordar, en voz bien alta, lo cara que es a sus ojos la virtud de la tolerancia… pero que no toleran las enseñanzas de aquellos que están encargados de guiar al pueblo de Dios.
.Los acontecimientos de estas últimas semanas, que han hecho correr ríos de tinta, habrán conseguido, sin embargo, un hecho indiscutible: habrán desvelado los pensamientos de un gran número de fieles, tanto religiosos como laicos, que han acabado por comportarse como lobos en un aprisco. La Iglesia solamente podrá salir engrandecida y fortalecida de esta sacudida si se plantean y abordan las cuestiones actuales bajo un triple enfoque: el del arrepentimiento, el de la conversión y el de la fidelidad.
.Arrepentimiento, conversión y fidelidad tanto para los obispos que, después del Concilio, han descuidado su misión de vigilantes, dejando caer la llama de la Fe Católica, como para los miembros de la Fraternidad de San Pío X, entre los cuales existen algunos soberbios, que "piensan" que el permanecer "fieles" a la tradición, es sinonimo de Rechazar* (juzgar) al Santo Padre, alejandose con tanto orgullo como los liberales, tentados de hacer "Su Iglesia", "la iglesia".
En una solución de futuro elaborada sobre una base auténticamente cristiana, no podrá haber ni vencedores ni vencidos, sino solamente felices ganadores unidos alrededor del único Señor y congregados en su única Iglesia.
En aquellos días dijo Jesús: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá». Lucas 6, 36-38
* En la FSSPX existen fieles y sacerdotes sedevacantistas, que gustan de tener un "Papa" ornamental, pues no quieren nada con él. Todo cuanto venga de la "Roma Modernista" como le dicen algunos enfernos de paranoia, es visto como una "estrategia" del enemigo para "dividir" al Rebaño "fiel".
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sábado, 7 de marzo de 2009
Ecuménismo
La Verdad sobre el Ecuménismo
Por José Andrés Segura, teólogo especializado en Sagradas Escrituras, Patrística, Magisterio y Sectas resume en un contundente trabajo, el sentir y pensar de la Esposa de Cristo al respecto.

LA VARIACIÓN EN EL CONCEPTO DEL ECUMENISMO.
LA INSTRUCTIO DE 1949
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Sin duda esta variación es la más significativa de las producidas en el sistema católico después del Vaticano II, y se encuentran reunidas en ella todos los motivos de la pretendida variación de fondo que solemos concretar en la fórmula de perdida de las esencias.
Sin duda esta variación es la más significativa de las producidas en el sistema católico después del Vaticano II, y se encuentran reunidas en ella todos los motivos de la pretendida variación de fondo que solemos concretar en la fórmula de perdida de las esencias.
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La doctrina tradicional del ecumenismo está establecida en la Instructio de motione oecumenica promulgada por el Santo Oficio el 20 de diciembre de 1949 (en AAS, 31 de enero de 1950), que retoma la enseñanza de PIO XI en la encíclica Mortalium Animos. Se establece por tanto:
La doctrina tradicional del ecumenismo está establecida en la Instructio de motione oecumenica promulgada por el Santo Oficio el 20 de diciembre de 1949 (en AAS, 31 de enero de 1950), que retoma la enseñanza de PIO XI en la encíclica Mortalium Animos. Se establece por tanto:
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Primero: “la Iglesia Católica posee la plenitud de Cristo” y no tiene que perfeccionarla por obra de otras confesiones.
Primero: “la Iglesia Católica posee la plenitud de Cristo” y no tiene que perfeccionarla por obra de otras confesiones.
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Segundo: no se debe perseguir la unión por medio de una progresiva asimilación de las diversas confesiones de fe ni mediante una acomodación del dogma católico a otro dogma.
Segundo: no se debe perseguir la unión por medio de una progresiva asimilación de las diversas confesiones de fe ni mediante una acomodación del dogma católico a otro dogma.
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Tercero: la única verdadera unidad de las Iglesias puede hacerse sólo por el retorno (per reditum) de los hermanos separados a la verdadera Iglesia de Dios.
Tercero: la única verdadera unidad de las Iglesias puede hacerse sólo por el retorno (per reditum) de los hermanos separados a la verdadera Iglesia de Dios.
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Cuarto: los separados que retornan a la Iglesia Católica no pierden nada de sustancial de cuanto pertenece a su particular profesión, sino que más bien lo reencuentran idéntico en una dimensión completa y perfecta (completum atque absolutum).
Cuarto: los separados que retornan a la Iglesia Católica no pierden nada de sustancial de cuanto pertenece a su particular profesión, sino que más bien lo reencuentran idéntico en una dimensión completa y perfecta (completum atque absolutum).
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Por consiguiente, la doctrina marcada por la Instructio supone: que la Iglesia de Roma es el fundamento y el centro de la unidad cristiana; que la vida histórica de la Iglesia que es la persona colectiva de Cristo, no se lleva acabo en torno a varios centros, las diversas confesiones cristianas, que tendrían un centro más profundo situado fuera de cada una de ell/as; y finalmente, que los separados deben moverse hacia el centro inmóvil que es la Iglesia del servicio de Pedro. La unión ecuménica encuentra su razón y su fin en algo que ya está en la historia, que no es algo futuro, y que los separados deben recuperar. Todas las cautelas adoptadas en materia ecuménica por la Iglesia romana y máxime su no participación (aún mantenida) en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, tienen por motivo esta noción de la unidad de los cristianos y la exclusión del pluralismo paritario de las confesiones separadas. Finalmente, la posición doctrinal es una reafirmación de la trascendencia del Cristianismo, cuyo principio (Cristo) es un principio teándrico cuyo vicario histórico es el ministerio de Pedro.
Por consiguiente, la doctrina marcada por la Instructio supone: que la Iglesia de Roma es el fundamento y el centro de la unidad cristiana; que la vida histórica de la Iglesia que es la persona colectiva de Cristo, no se lleva acabo en torno a varios centros, las diversas confesiones cristianas, que tendrían un centro más profundo situado fuera de cada una de ell/as; y finalmente, que los separados deben moverse hacia el centro inmóvil que es la Iglesia del servicio de Pedro. La unión ecuménica encuentra su razón y su fin en algo que ya está en la historia, que no es algo futuro, y que los separados deben recuperar. Todas las cautelas adoptadas en materia ecuménica por la Iglesia romana y máxime su no participación (aún mantenida) en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, tienen por motivo esta noción de la unidad de los cristianos y la exclusión del pluralismo paritario de las confesiones separadas. Finalmente, la posición doctrinal es una reafirmación de la trascendencia del Cristianismo, cuyo principio (Cristo) es un principio teándrico cuyo vicario histórico es el ministerio de Pedro.
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LA VARIACIÓN CONCILIAR
LA VARIACIÓN CONCILIAR
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La variación introducida por el Concilio es patente tanto a través de los signos extrínsecos como del discurso teórico. En el Decreto Unitatis Redintegratio la Instructio de 1949 no se cita nunca, ni tampoco el vocablo “retorno” (reditus). La palabra reversione ha sido sustituida por conversione. Las confesiones cristianas (incluida la católica) no deben volverse una a otra, sino todas juntas gravitar hacia el Cristo total situado fuera de ellas y hacia el cual deben converger.
La variación introducida por el Concilio es patente tanto a través de los signos extrínsecos como del discurso teórico. En el Decreto Unitatis Redintegratio la Instructio de 1949 no se cita nunca, ni tampoco el vocablo “retorno” (reditus). La palabra reversione ha sido sustituida por conversione. Las confesiones cristianas (incluida la católica) no deben volverse una a otra, sino todas juntas gravitar hacia el Cristo total situado fuera de ellas y hacia el cual deben converger.
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En el discurso inaugural del segundo período PABLO VI volvió a proponer la doctrina tradicional refiriéndose a los separados como a quienes “no tenemos la dicha de contar unidos con nosotros en perfecta unidad con Cristo. Unidad que sólo la Iglesia Católica les puede ofrecer” (n. 31). El triple vínculo de tal unidad está constituido por una misma creencia, por la participación en unos mismos sacramentos y por la “apta cohaerentia uncí ecclesiastici regiminis”, incluso aunque esta única dirección suponga una amplia variedad de expresiones lingüísticas, formas rituales, tradiciones históricas, prerrogativas locales, corrientes espirituales, o situaciones legítimas.
En el discurso inaugural del segundo período PABLO VI volvió a proponer la doctrina tradicional refiriéndose a los separados como a quienes “no tenemos la dicha de contar unidos con nosotros en perfecta unidad con Cristo. Unidad que sólo la Iglesia Católica les puede ofrecer” (n. 31). El triple vínculo de tal unidad está constituido por una misma creencia, por la participación en unos mismos sacramentos y por la “apta cohaerentia uncí ecclesiastici regiminis”, incluso aunque esta única dirección suponga una amplia variedad de expresiones lingüísticas, formas rituales, tradiciones históricas, prerrogativas locales, corrientes espirituales, o situaciones legítimas.
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Pero a pesar de las declaraciones papales, el decreto Unitatis Redintegratio rechaza el reditus de los separados y profesa la tesis de la conversión de todos los cristianos. La unidad no debe hacerse por el retorno de los separados a la Iglesia Católica, sino por conversión de todas las Iglesias al Cristo total, que no subsiste en ninguna de ellas, sino que es reintegrado mediante la convergencia de todas en uno. Donde los esquemas preparatorios definían que la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, el Concilio concede solamente que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica, adoptando la teoría de que también en las otras Iglesias cristianas subsiste la Iglesia de Cristo y todas deben tomar conciencia de dicha subsistencia común en Cristo. Como escribe en el Observatore Romano (OR) de 14 de octubre un catedrático de la Gregoriana, el Concilio reconoce a las Iglesias separadas como “instrumentos de los cuales el Espíritu Santo se sirve para operar la salvación de sus miembros”. En esta visión paritaria de todas las Iglesias el catolicismo ya no tiene ningún carácter de preeminencia ni de exclusividad.
Pero a pesar de las declaraciones papales, el decreto Unitatis Redintegratio rechaza el reditus de los separados y profesa la tesis de la conversión de todos los cristianos. La unidad no debe hacerse por el retorno de los separados a la Iglesia Católica, sino por conversión de todas las Iglesias al Cristo total, que no subsiste en ninguna de ellas, sino que es reintegrado mediante la convergencia de todas en uno. Donde los esquemas preparatorios definían que la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, el Concilio concede solamente que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica, adoptando la teoría de que también en las otras Iglesias cristianas subsiste la Iglesia de Cristo y todas deben tomar conciencia de dicha subsistencia común en Cristo. Como escribe en el Observatore Romano (OR) de 14 de octubre un catedrático de la Gregoriana, el Concilio reconoce a las Iglesias separadas como “instrumentos de los cuales el Espíritu Santo se sirve para operar la salvación de sus miembros”. En esta visión paritaria de todas las Iglesias el catolicismo ya no tiene ningún carácter de preeminencia ni de exclusividad.
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Ya en el período de los trabajos preparatorios del Concilio el padre Maurice Villain (Introducción al Ecumenismo, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 1962) proponía hacer caer la antinomia entre la Iglesia Católica y las confesiones protestantes, distinguiendo entre dogmas centrales y periféricos, y más aún entre las verdades de fe y las fórmulas con las que el pensamiento contingente las objetiva y las expresa, y que no son inmutables. Puesto que dichas fórmulas no son efecto de una facultad expositiva de la verdad, sino de una facultad que da categoría a un dato siempre incognoscible, la unión debe hacerse en algo más profundo que la verdad, que Villain llama el Cristo orante. Es de observar que si bien la oración de todos aquellos que se remiten a Cristo es ciertamente un medio necesario de la unión, rezar juntos por la unión no constituye la unidad (que es de fe, de sacramentos y de gobierno).
Ya en el período de los trabajos preparatorios del Concilio el padre Maurice Villain (Introducción al Ecumenismo, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 1962) proponía hacer caer la antinomia entre la Iglesia Católica y las confesiones protestantes, distinguiendo entre dogmas centrales y periféricos, y más aún entre las verdades de fe y las fórmulas con las que el pensamiento contingente las objetiva y las expresa, y que no son inmutables. Puesto que dichas fórmulas no son efecto de una facultad expositiva de la verdad, sino de una facultad que da categoría a un dato siempre incognoscible, la unión debe hacerse en algo más profundo que la verdad, que Villain llama el Cristo orante. Es de observar que si bien la oración de todos aquellos que se remiten a Cristo es ciertamente un medio necesario de la unión, rezar juntos por la unión no constituye la unidad (que es de fe, de sacramentos y de gobierno).
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El Card. Bea retoma una concepción análoga del ecumenismo en “Civiltá católica” (enero de 1961), así como en conferencias y entrevistas (“Corriere del Ticino”, 10 de marzo de 1971). Declaró que el movimiento no es de retorno de los separados a la Iglesia Romana, y siguiendo la sentencia común aseguro que los Protestantes no están separados del todo, ya que han recibido el carácter del Bautismo. Sin embargo, citando la Mystici Corporis de Pío XII, según la cual “están ordenados al cuerpo místico”, llegaba a asegurar que pertenecen a él, y por tanto se encuentran en una situación de salvación que no es distinta a la de los católicos (OR, 27 de abril de 1962). La causa de la unión es reconducida por él a explicitación de una unidad ya virtualmente presente, de la cual simplemente se trata de tomar conciencia. Esta unidad es solamente virtual incluso en la Iglesia Católica, la cual no debe tomar conciencia de sí misma, sino de esa más profunda realidad del Cristo total que es la síntesis de los dispersos miembros de la cristiandad. Por tanto no se trata de una reversión de unos hacia otros, sino de una conversión de todos hacia el centro que es el Cristo profundo.
El Card. Bea retoma una concepción análoga del ecumenismo en “Civiltá católica” (enero de 1961), así como en conferencias y entrevistas (“Corriere del Ticino”, 10 de marzo de 1971). Declaró que el movimiento no es de retorno de los separados a la Iglesia Romana, y siguiendo la sentencia común aseguro que los Protestantes no están separados del todo, ya que han recibido el carácter del Bautismo. Sin embargo, citando la Mystici Corporis de Pío XII, según la cual “están ordenados al cuerpo místico”, llegaba a asegurar que pertenecen a él, y por tanto se encuentran en una situación de salvación que no es distinta a la de los católicos (OR, 27 de abril de 1962). La causa de la unión es reconducida por él a explicitación de una unidad ya virtualmente presente, de la cual simplemente se trata de tomar conciencia. Esta unidad es solamente virtual incluso en la Iglesia Católica, la cual no debe tomar conciencia de sí misma, sino de esa más profunda realidad del Cristo total que es la síntesis de los dispersos miembros de la cristiandad. Por tanto no se trata de una reversión de unos hacia otros, sino de una conversión de todos hacia el centro que es el Cristo profundo.
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EL ECUMENISMO POSTCONCILIAR
EL ECUMENISMO POSTCONCILIAR
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La sustitución por el término conversión de todos del de reversión de los separados es de gran importancia en el decreto Unitatis Redintegratio 6, donde se enseña una perpetua reforma de la Iglesia. Pero el término tiene un sentido incierto. En primer lugar sino se es indulgente con el movilismo, se debe decir que existe un status del cristiano dentro del cual se desarrolla su personal perfeccionamiento religioso y del que no debe salir para convertirse a otro estado. En segundo lugar la conversión (el continuo movimiento perfectivo del cristiano) es necesaria en sí misma incluso para la obra de la reunificación de la Iglesia; pero no constituye su esencia, siendo un momento del destino personal.
La sustitución por el término conversión de todos del de reversión de los separados es de gran importancia en el decreto Unitatis Redintegratio 6, donde se enseña una perpetua reforma de la Iglesia. Pero el término tiene un sentido incierto. En primer lugar sino se es indulgente con el movilismo, se debe decir que existe un status del cristiano dentro del cual se desarrolla su personal perfeccionamiento religioso y del que no debe salir para convertirse a otro estado. En segundo lugar la conversión (el continuo movimiento perfectivo del cristiano) es necesaria en sí misma incluso para la obra de la reunificación de la Iglesia; pero no constituye su esencia, siendo un momento del destino personal.
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También en una intervención en el OR del 4 de diciembre de 1963, el Card. Bea, aunque reconociendo la diferencia entre las Iglesias, afirma que “los puntos que nos dividen no se refieren verdaderamente a la doctrina, sino al modo de expresarla”, puesto que todas las confesiones suponen una idéntica verdad subyacente a todas: como si la Iglesia se hubiese engañado durante siglos y el error fuese simplemente un equívoco. La acción del pastor de las parábolas evangélicas no consistiría en reconducir (es decir en hacer volver), sino puramente en dejar abiertas las puertas del redil, que por tanto no sería ni siquiera el redil del pastor, sino otra cosa.
También en una intervención en el OR del 4 de diciembre de 1963, el Card. Bea, aunque reconociendo la diferencia entre las Iglesias, afirma que “los puntos que nos dividen no se refieren verdaderamente a la doctrina, sino al modo de expresarla”, puesto que todas las confesiones suponen una idéntica verdad subyacente a todas: como si la Iglesia se hubiese engañado durante siglos y el error fuese simplemente un equívoco. La acción del pastor de las parábolas evangélicas no consistiría en reconducir (es decir en hacer volver), sino puramente en dejar abiertas las puertas del redil, que por tanto no sería ni siquiera el redil del pastor, sino otra cosa.
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En una perícopa incluida en el discurso del 23 de enero de 1969, Pablo VI parece próximo a tal opinión. A partir de la discusión teológica, dice el Papa, “puede verse cual es el patrimonio doctrinal cristiano; qué parte de él hay que enunciar auténticamente y al mismo tiempo en términos diferentes, pero sustancialmente iguales o complementarios; y como es posible, y a la postre victorioso para todos, el descubrimiento de la identidad de la fe, de la libertad en la variedad de expresiones, de la que pueda derivar felizmente la unión para ser celebrada en un solo corazón y una sola alma”. Se desprende de esta perícopa que la unidad preexiste ubique y que debe tomarse conciencia de ella ubique, y que la verdad no se encuentra abandonando el error, sino profundizando su sustancia. Idéntica es la posición de Juan Pablo II en el discurso al Sacro Colegio de 23 de diciembre de 1982, con ocasión de la VI Asamblea del Consejo Ecuménico de las Iglesias: “Celebrando la Redención vamos más allá de las incomprensiones y de las controversias contingentes para reencontrarnos en el fondo común a nuestro ser de cristianos”. En esa asamblea estaban representadas trescientas cuatro confesiones cristianas, las cuales, según OR, 25-26 de julio de 1983, “han expresado mediante el canto, la danza y la oración los diversos modos de significar una conducta de relación con Dios”.
En una perícopa incluida en el discurso del 23 de enero de 1969, Pablo VI parece próximo a tal opinión. A partir de la discusión teológica, dice el Papa, “puede verse cual es el patrimonio doctrinal cristiano; qué parte de él hay que enunciar auténticamente y al mismo tiempo en términos diferentes, pero sustancialmente iguales o complementarios; y como es posible, y a la postre victorioso para todos, el descubrimiento de la identidad de la fe, de la libertad en la variedad de expresiones, de la que pueda derivar felizmente la unión para ser celebrada en un solo corazón y una sola alma”. Se desprende de esta perícopa que la unidad preexiste ubique y que debe tomarse conciencia de ella ubique, y que la verdad no se encuentra abandonando el error, sino profundizando su sustancia. Idéntica es la posición de Juan Pablo II en el discurso al Sacro Colegio de 23 de diciembre de 1982, con ocasión de la VI Asamblea del Consejo Ecuménico de las Iglesias: “Celebrando la Redención vamos más allá de las incomprensiones y de las controversias contingentes para reencontrarnos en el fondo común a nuestro ser de cristianos”. En esa asamblea estaban representadas trescientas cuatro confesiones cristianas, las cuales, según OR, 25-26 de julio de 1983, “han expresado mediante el canto, la danza y la oración los diversos modos de significar una conducta de relación con Dios”.
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Es significativo el documento en lengua francesa del Secretariado para la unión en aplicación del decreto Unitatis Redintegratio (OR, 22-23 septiembre 1970). Se toma de Lumen Gentium 8 la fórmula tradicional: “Unidad de la Iglesia una y única, unidad de la cual Cristo a dotado a su Iglesia desde el origen, y que subsiste de forma inamisible, como creemos, en la Iglesia Católica y que, como esperamos, debe acrecentarse sin cesar hasta la consumación de los siglos”. De este modo la Iglesia Católica posee la unidad y la acrecienta no formalmente (es decir, haciéndose más de una) sino materialmente (añadiendo a sí las confesiones actualmente separadas): es una extensión, no una intensificación de la unidad. Sin embargo todo el documento se desarrolla después en una prospectiva de unidad que se busca, más que se comunica, en una reciprocidad de reconocimientos gracias a los cuales se persigue “la resolución de las divergencias más allá de las diferencias históricas actuales”. Esas diferencias podrían incluso ser conservadas como dogmas particulares de las Iglesias locales. De aquí la propuesta de algunos teólogos reformados de admitir el primado de Pedro como dogma de la provincia romana de la Iglesia universal. En no pocas parroquias de Francia se predica la práctica de la doble pertenencia, en virtud de la cual los cónyuges de mixta religión practican indistintamente ambos cultos (ICI, n. 556, 15 de noviembre de 1980). Se contemplan las diferencias dogmáticas como diferencias históricas que el retorno a la fe de los primeros siete concilios debe hacer caer en la irrelevancia. Se niega así implícitamente el desarrollo homogéneo del dogma después de aquellos siete concilios; se imprime a la fe un movimiento retrógrado; y se da al problema ecuménico una solución más histórica que teológica.
Esta mentalidad por la cual la unidad debe conseguirse sintéticamente por recomposición de fragmentos axiológicamente iguales, ha trastocado ahora completamente la situación tradicional. También Pablo VI habló (en OR de 27 de enero de 1963) de la “recomposición de los cristianos separados entre sí en la única Iglesia Católica, universal, es decir, orgánica, y por tanto propiamente compuesta, pero solidaria en una y unívoca fe”. La apelación hecha en la congregación LXXXIX del Concilio por el obispo de Estrasburgo para que se “evitase toda expresión alusiva al retorno de los hermanos separados”, se ha convertido en el axioma doctrinal y la directriz práctica del movimiento ecuménico.
Es significativo el documento en lengua francesa del Secretariado para la unión en aplicación del decreto Unitatis Redintegratio (OR, 22-23 septiembre 1970). Se toma de Lumen Gentium 8 la fórmula tradicional: “Unidad de la Iglesia una y única, unidad de la cual Cristo a dotado a su Iglesia desde el origen, y que subsiste de forma inamisible, como creemos, en la Iglesia Católica y que, como esperamos, debe acrecentarse sin cesar hasta la consumación de los siglos”. De este modo la Iglesia Católica posee la unidad y la acrecienta no formalmente (es decir, haciéndose más de una) sino materialmente (añadiendo a sí las confesiones actualmente separadas): es una extensión, no una intensificación de la unidad. Sin embargo todo el documento se desarrolla después en una prospectiva de unidad que se busca, más que se comunica, en una reciprocidad de reconocimientos gracias a los cuales se persigue “la resolución de las divergencias más allá de las diferencias históricas actuales”. Esas diferencias podrían incluso ser conservadas como dogmas particulares de las Iglesias locales. De aquí la propuesta de algunos teólogos reformados de admitir el primado de Pedro como dogma de la provincia romana de la Iglesia universal. En no pocas parroquias de Francia se predica la práctica de la doble pertenencia, en virtud de la cual los cónyuges de mixta religión practican indistintamente ambos cultos (ICI, n. 556, 15 de noviembre de 1980). Se contemplan las diferencias dogmáticas como diferencias históricas que el retorno a la fe de los primeros siete concilios debe hacer caer en la irrelevancia. Se niega así implícitamente el desarrollo homogéneo del dogma después de aquellos siete concilios; se imprime a la fe un movimiento retrógrado; y se da al problema ecuménico una solución más histórica que teológica.
Esta mentalidad por la cual la unidad debe conseguirse sintéticamente por recomposición de fragmentos axiológicamente iguales, ha trastocado ahora completamente la situación tradicional. También Pablo VI habló (en OR de 27 de enero de 1963) de la “recomposición de los cristianos separados entre sí en la única Iglesia Católica, universal, es decir, orgánica, y por tanto propiamente compuesta, pero solidaria en una y unívoca fe”. La apelación hecha en la congregación LXXXIX del Concilio por el obispo de Estrasburgo para que se “evitase toda expresión alusiva al retorno de los hermanos separados”, se ha convertido en el axioma doctrinal y la directriz práctica del movimiento ecuménico.
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CONSECUENCIAS DEL ECUMENISMO POSTCONCILIAR.
CONSECUENCIAS DEL ECUMENISMO POSTCONCILIAR.
PARALIZACIÓN DE LAS CONVERSIONES
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Conviene sin embargo no dejar pasar del todo algunas consecuencias manifiestas de esta nueva empresa ecuménica, y sobre todo las que sin embargo no se suele hablar. Se abandona el principio de retorno de los separados, sustituido por el de la conversión de todos al Cristo total inmanente en todas las confesiones. El presidente del consejo conciliar holandés ha explicado así la posición de dicha iglesia: “La unidad de la Iglesia ya no significa el retorno a la Iglesia Católica tal como ésta es hoy día, sino un acercamiento de todas las Iglesias hacia lo que la Iglesia de Cristo debería ser” (ICI, 281, p. 15, 1 de febrero de 1967).
Conviene sin embargo no dejar pasar del todo algunas consecuencias manifiestas de esta nueva empresa ecuménica, y sobre todo las que sin embargo no se suele hablar. Se abandona el principio de retorno de los separados, sustituido por el de la conversión de todos al Cristo total inmanente en todas las confesiones. El presidente del consejo conciliar holandés ha explicado así la posición de dicha iglesia: “La unidad de la Iglesia ya no significa el retorno a la Iglesia Católica tal como ésta es hoy día, sino un acercamiento de todas las Iglesias hacia lo que la Iglesia de Cristo debería ser” (ICI, 281, p. 15, 1 de febrero de 1967).
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Como profesa abiertamente el patriarca Atenágoras, “no se trata en este movimiento de una aproximación de una Iglesia hacia la otra, sino de una aproximación de todas las Iglesias hacia el Cristo común” (ICI, n. 311, p. 18, 1 de mayo de 1968).Sí ésta es la esencia del ecumenismo, la Iglesia Católica no puede ya atraer hacía sí, sino sólo concurrir con las otras confesiones en la convergencia hacia un centro que está fuera de ella y de todas las demás. Mons. Le Bourgeois, obispo de Autun, lo profesa abiertamente: “mientras que la unidad no se realice, ninguna Iglesia puede pretender ser ella sola la única autentica Iglesia de Jesucristo” (ICI, n. 585, p. 20, 15 de abril de 1983).
Como profesa abiertamente el patriarca Atenágoras, “no se trata en este movimiento de una aproximación de una Iglesia hacia la otra, sino de una aproximación de todas las Iglesias hacia el Cristo común” (ICI, n. 311, p. 18, 1 de mayo de 1968).Sí ésta es la esencia del ecumenismo, la Iglesia Católica no puede ya atraer hacía sí, sino sólo concurrir con las otras confesiones en la convergencia hacia un centro que está fuera de ella y de todas las demás. Mons. Le Bourgeois, obispo de Autun, lo profesa abiertamente: “mientras que la unidad no se realice, ninguna Iglesia puede pretender ser ella sola la única autentica Iglesia de Jesucristo” (ICI, n. 585, p. 20, 15 de abril de 1983).
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El padre Charles Boyer, en OR del 29 de enero de 1975, con un artículo que choca con la tendencia del diario en cuanto a la cuestión ecuménica y quedó sin resonancia alguna, revela las causas de tal recesión de conversiones, y las reconoce en el abandono generalizado por el mundo de la visión teocéntrica, y acusa de ello explícitamente a la acción ecuménica: “Se pretende que todas las Iglesias son iguales, o casi. Se condena el proselitismo (éste es el término con el que se designa la obra de evangelización de la Iglesia Católica desarrollada en el pasado en las misiones) y para huir de él se evita la crítica de los errores y una clara exposición de la verdadera doctrina. Se aconseja a las diferentes confesiones conservar su identidad alegando una convergencia que se hará espontáneamente”. Aunque el autor atenúe su censura atribuyendo (con poca veracidad) dicha conducta especialmente a las confesiones separadas, realmente la argumentación invalida la sustancia del nuevo ecumenismo católico.
El padre Charles Boyer, en OR del 29 de enero de 1975, con un artículo que choca con la tendencia del diario en cuanto a la cuestión ecuménica y quedó sin resonancia alguna, revela las causas de tal recesión de conversiones, y las reconoce en el abandono generalizado por el mundo de la visión teocéntrica, y acusa de ello explícitamente a la acción ecuménica: “Se pretende que todas las Iglesias son iguales, o casi. Se condena el proselitismo (éste es el término con el que se designa la obra de evangelización de la Iglesia Católica desarrollada en el pasado en las misiones) y para huir de él se evita la crítica de los errores y una clara exposición de la verdadera doctrina. Se aconseja a las diferentes confesiones conservar su identidad alegando una convergencia que se hará espontáneamente”. Aunque el autor atenúe su censura atribuyendo (con poca veracidad) dicha conducta especialmente a las confesiones separadas, realmente la argumentación invalida la sustancia del nuevo ecumenismo católico.
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Las conversiones a la Fe Católica no pueden no caer desmesuradamente si la conversión ya no es el paso del hombre de una cosa a otra totalmente diferente, ni un salto de vida o muerte. Si con la conversión al catolicismo nada varía esencialmente, la conversión se hace irrelevante, y quien se ha convertido puede sentirse arrepentido de haberlo hecho. En los países de mixta religión, se tiene la oportunidad de recoger los sentimientos de protestantes convertidos, que se arrepienten hoy de su decisión como de cosa superficial y errada. El gran escritor francés Julien Green declara con amarga franqueza que hoy ya no se convertiría: ¿para qué dejar una religión por otra, cuando no se distinguen más que por el nombre? (“Itinéraries”, n. 244, p. 41.)
Las conversiones a la Fe Católica no pueden no caer desmesuradamente si la conversión ya no es el paso del hombre de una cosa a otra totalmente diferente, ni un salto de vida o muerte. Si con la conversión al catolicismo nada varía esencialmente, la conversión se hace irrelevante, y quien se ha convertido puede sentirse arrepentido de haberlo hecho. En los países de mixta religión, se tiene la oportunidad de recoger los sentimientos de protestantes convertidos, que se arrepienten hoy de su decisión como de cosa superficial y errada. El gran escritor francés Julien Green declara con amarga franqueza que hoy ya no se convertiría: ¿para qué dejar una religión por otra, cuando no se distinguen más que por el nombre? (“Itinéraries”, n. 244, p. 41.)
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Hay casos de judíos convertidos que después de las claudicaciones y rectificaciones del Vaticano II volvieron a la Sinagoga originaria. Por otra parte tampoco es posible hoy desconvertirse, porque el acto de la reconversión al protestantismo sería nulo por equivalencia, como fue nulo el de la conversión al catolicismo. El obispo de Coira declaró a la Dra. Melitta Brügger que en el decenio 1954-1964 hubo en su diócesis (ciento cincuenta mil almas) novecientas treinta y tres conversiones de protestantes, y en el siguiente decenio sólo trescientas dieciocho. El obispo de Lugano, citando tal disminución, declaró no querer decidir si el fenómeno era positivo o negativo (17 de enero de 1975). En los Estados Unidos antes del Concilio se contaban anualmente cerca de setenta mil conversiones: ahora, pocos centenares.
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EL ECUMENISMO PARA LOS NO CRISTIANOS
EL ECUMENISMO PARA LOS NO CRISTIANOS
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El titular del Secretariado para las religiones no cristianas, en dos extensos artículos de OR, reduce las misiones a diálogo “no para convertir, sino para profundizar en la verdad”. En el OR del 25 de enero de 1975 se lee que “la Iglesia tiene necesidad, para crecer según el designio de Dios, de los valores contenidos en las religiones no cristianas”. La tesis no es nueva, e identifica el orden de la civilización con el de la religión, que conviene sin embargo distinguir. Tal afirmación implica que en el seno de las religiones no cristianas late el Cristianismo, y que basta profundizar en el Logos natural para encontrar el Logos sobrenatural del hombre-Dios y de la gracia. El Islamismo, por ejemplo, sería un germen de Cristianismo que debe ser hecho germinar y crecer. (El obispo Capucci, vicario del Patriarca latino de Jerusalén, en una entrevista en la Televisión de la Suiza italiana el 11 de septiembre de 1982, declaró que todos los hombres son hijos de la Iglesia, y que el Papa no hace ninguna diferencia entre mahometanos y cristianos). Al igual que en el ecumenismo para los cristianos separados, aquí tampoco se procede por acceso a la verdad cristiana, sino por explicitación y maduración de una verdad inmanente a todas las religiones. El decreto Ad Gentes enseñaba que “todos los elementos de la verdad y de gracia que es posible hallar entre los infieles por una cierta presencia secreta de Dios, una vez purgados de las escorias del mal, son restituidos a su autor, Cristo. Por lo cual todo el bien que se encuentra diseminado en el corazón y en la mente de los hombres o en las civilizaciones o religiones propias de ellos, no sólo no desaparece, sino que es sanado, elevado y llevado a su completitud”.
El titular del Secretariado para las religiones no cristianas, en dos extensos artículos de OR, reduce las misiones a diálogo “no para convertir, sino para profundizar en la verdad”. En el OR del 25 de enero de 1975 se lee que “la Iglesia tiene necesidad, para crecer según el designio de Dios, de los valores contenidos en las religiones no cristianas”. La tesis no es nueva, e identifica el orden de la civilización con el de la religión, que conviene sin embargo distinguir. Tal afirmación implica que en el seno de las religiones no cristianas late el Cristianismo, y que basta profundizar en el Logos natural para encontrar el Logos sobrenatural del hombre-Dios y de la gracia. El Islamismo, por ejemplo, sería un germen de Cristianismo que debe ser hecho germinar y crecer. (El obispo Capucci, vicario del Patriarca latino de Jerusalén, en una entrevista en la Televisión de la Suiza italiana el 11 de septiembre de 1982, declaró que todos los hombres son hijos de la Iglesia, y que el Papa no hace ninguna diferencia entre mahometanos y cristianos). Al igual que en el ecumenismo para los cristianos separados, aquí tampoco se procede por acceso a la verdad cristiana, sino por explicitación y maduración de una verdad inmanente a todas las religiones. El decreto Ad Gentes enseñaba que “todos los elementos de la verdad y de gracia que es posible hallar entre los infieles por una cierta presencia secreta de Dios, una vez purgados de las escorias del mal, son restituidos a su autor, Cristo. Por lo cual todo el bien que se encuentra diseminado en el corazón y en la mente de los hombres o en las civilizaciones o religiones propias de ellos, no sólo no desaparece, sino que es sanado, elevado y llevado a su completitud”.
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La opinión de Mons. Rossano pone en cuestión un punto de eclesiología y otro de teología. En cuanto al primero, parece ofender el carácter autosuficiente de la Iglesia en orden a la salvación de los hombres, considerándola defectuosa y corta y necesitada de las otras religiones, En esto se confunde la religión con la civilización: si bien las civilizaciones, en cuanto construcciones del obrar humano siempre parcial, están conectadas y son mutuamente tributarias (surgiendo todas ellas de su base común: la naturaleza humana), no puede decirse lo mismo de las religiones, ya que la religión católica no es consecuencia del pensamiento natural de las naciones, sino un efecto sobrenatural que no puede obtenerse de la naturaleza humana profundizando en ella. Hay por tanto un sofisma que intercambia religión y civilización y elude la trascendencia del Cristianismo. La Iglesia, sociedad perfecta que tiene en sí misma todos los medios necesarios para su fin, sería entonces una sociedad imperfecta, que como dice Rossano necesitaría de las luces y los valores de otras religiones. Además, una civilización no es una religión, y una civilización universal es algo diferente a una religión universal.
La opinión de Mons. Rossano pone en cuestión un punto de eclesiología y otro de teología. En cuanto al primero, parece ofender el carácter autosuficiente de la Iglesia en orden a la salvación de los hombres, considerándola defectuosa y corta y necesitada de las otras religiones, En esto se confunde la religión con la civilización: si bien las civilizaciones, en cuanto construcciones del obrar humano siempre parcial, están conectadas y son mutuamente tributarias (surgiendo todas ellas de su base común: la naturaleza humana), no puede decirse lo mismo de las religiones, ya que la religión católica no es consecuencia del pensamiento natural de las naciones, sino un efecto sobrenatural que no puede obtenerse de la naturaleza humana profundizando en ella. Hay por tanto un sofisma que intercambia religión y civilización y elude la trascendencia del Cristianismo. La Iglesia, sociedad perfecta que tiene en sí misma todos los medios necesarios para su fin, sería entonces una sociedad imperfecta, que como dice Rossano necesitaría de las luces y los valores de otras religiones. Además, una civilización no es una religión, y una civilización universal es algo diferente a una religión universal.
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La opinión de Mons. Rossano ataca también la nota de catolicidad de la Iglesia, ya que una Iglesia que debe ser integrada no sólo extensivamente, sino también intensivamente, no es ciertamente universal. En una conferencia en Civiltá católica el padre Spiazzi enseña que “ninguna Iglesia se identifica perfectamente con Cristo. De ahí la necesidad de que cada Iglesia acepte este movimiento centrípeto hacia el Redentor” (OR, 27 de enero de 1982).
La opinión de Mons. Rossano ataca también la nota de catolicidad de la Iglesia, ya que una Iglesia que debe ser integrada no sólo extensivamente, sino también intensivamente, no es ciertamente universal. En una conferencia en Civiltá católica el padre Spiazzi enseña que “ninguna Iglesia se identifica perfectamente con Cristo. De ahí la necesidad de que cada Iglesia acepte este movimiento centrípeto hacia el Redentor” (OR, 27 de enero de 1982).
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La defectividad es proclamada también por Mons. Sartori, profesor de dogmática en la Facultad teológica de Milán: “el catolicismo ha descubierto su parcialidad, que es una contracción dentro de la universalidad, y ha reencontrado el Todo dentro del cual se encuentra la misma parcialidad cristiana” (“vita e pensiero”, septiembre-diciembre 1977, pp. 74-77). El Cristianismo es así reconocido como una de las infinitas posibles formas históricas en las cuales se manifiesta la universal religión natural, siendo lo sobrenatural absorbido y naturalizado.
La defectividad es proclamada también por Mons. Sartori, profesor de dogmática en la Facultad teológica de Milán: “el catolicismo ha descubierto su parcialidad, que es una contracción dentro de la universalidad, y ha reencontrado el Todo dentro del cual se encuentra la misma parcialidad cristiana” (“vita e pensiero”, septiembre-diciembre 1977, pp. 74-77). El Cristianismo es así reconocido como una de las infinitas posibles formas históricas en las cuales se manifiesta la universal religión natural, siendo lo sobrenatural absorbido y naturalizado.
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TEORÍA DE LOS CRISTIANOS IMPLÍCITOSEN EL NUEVO ECUMENISMO
TEORÍA DE LOS CRISTIANOS IMPLÍCITOSEN EL NUEVO ECUMENISMO
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La declaración conciliar Nostra Aetate n. 2 cita el célebre texto de San Juan Evangelista “luz que alumbra a todo hombre”, que constituiría el fondo de toda religión. Pero el Concilio no menciona lo que según Juan Pablo II es un misterio paralelo al de la Encarnación: esa luz ha sido rechazada por los hombres. Por tanto es imposible que constituya el fondo de todas las religiones (OR, 26-27 de diciembre de 1981). El Papa dice que la Navidad, además del misterio (en el cual se cree) del nacimiento del hombre-Dios, incluye también el misterio no resuelto de no haber sido acogido por el mundo y por los suyos. El Concilio no habla de luz sobrenatural, sino de “plenitud de luz”. El naturalismo que caracteriza los dos documentos, Ad Gentes y Nostra Aetate, es patente incluso en la terminología, al no aparecer jamás el vocablo “sobrenatural”.
La declaración conciliar Nostra Aetate n. 2 cita el célebre texto de San Juan Evangelista “luz que alumbra a todo hombre”, que constituiría el fondo de toda religión. Pero el Concilio no menciona lo que según Juan Pablo II es un misterio paralelo al de la Encarnación: esa luz ha sido rechazada por los hombres. Por tanto es imposible que constituya el fondo de todas las religiones (OR, 26-27 de diciembre de 1981). El Papa dice que la Navidad, además del misterio (en el cual se cree) del nacimiento del hombre-Dios, incluye también el misterio no resuelto de no haber sido acogido por el mundo y por los suyos. El Concilio no habla de luz sobrenatural, sino de “plenitud de luz”. El naturalismo que caracteriza los dos documentos, Ad Gentes y Nostra Aetate, es patente incluso en la terminología, al no aparecer jamás el vocablo “sobrenatural”.
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La descripción de las religiones no cristianas, contempladas en tal perspectiva, no podía no teñir lo que siendo universal e inespecífico y propio del sentido religioso del género humano es común al Islamismo y Cristianismo. Del Islamismo, por ejemplo, el Concilio señala la creencia en un Dios providente y omnipotente y la expectativa de un juicio final; pero olvida el rechazo de la Stma.Trinidad y de la divinidad de Cristo, es decir, de las dos Verdades principales del Cristianismo, cuyo conocimiento se juzga necesario para la salvación.
La descripción de las religiones no cristianas, contempladas en tal perspectiva, no podía no teñir lo que siendo universal e inespecífico y propio del sentido religioso del género humano es común al Islamismo y Cristianismo. Del Islamismo, por ejemplo, el Concilio señala la creencia en un Dios providente y omnipotente y la expectativa de un juicio final; pero olvida el rechazo de la Stma.Trinidad y de la divinidad de Cristo, es decir, de las dos Verdades principales del Cristianismo, cuyo conocimiento se juzga necesario para la salvación.
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El problema oculto en el nuevo ecumenismo es la antigua cuestión de la salvación de los infieles, que atormentó a la teología desde los primeros tiempos y se confunde con el número de los predestinados (que si fuese pequeño parecería producir escándalo). El Verbo Divino encarnado, Jesucristo, se encuentra en el principio de todos los valores de la Creación; y por tanto seguir al Verbo, en el orden natural o en el sobrenatural, es seguir el mismo principio; por lo cual Campanella, que puso el fundamento de toda su filosofía en Cristo como racionalidad universal, encontraba en él el motivo para las misiones: “Cristo no es sectario, como los jefes de las otras naciones, sino que es la sabiduría de Dios, y el verbo y la razón de Dios y por tanto Dios, y asumió la humanidad como instrumento de nuestra renovación y redención; y todos los hombres siendo racionales por Cristo (Razón Primera), son cristianos implícitamente, y sin embargo deben reconocerlo en la religión cristiana explícitamente, única en que se vuelve a Dios” (Romano Amerio,“Rivista di filosofia neoescolastica”, 1939, pp. 378 y ss.).
El problema oculto en el nuevo ecumenismo es la antigua cuestión de la salvación de los infieles, que atormentó a la teología desde los primeros tiempos y se confunde con el número de los predestinados (que si fuese pequeño parecería producir escándalo). El Verbo Divino encarnado, Jesucristo, se encuentra en el principio de todos los valores de la Creación; y por tanto seguir al Verbo, en el orden natural o en el sobrenatural, es seguir el mismo principio; por lo cual Campanella, que puso el fundamento de toda su filosofía en Cristo como racionalidad universal, encontraba en él el motivo para las misiones: “Cristo no es sectario, como los jefes de las otras naciones, sino que es la sabiduría de Dios, y el verbo y la razón de Dios y por tanto Dios, y asumió la humanidad como instrumento de nuestra renovación y redención; y todos los hombres siendo racionales por Cristo (Razón Primera), son cristianos implícitamente, y sin embargo deben reconocerlo en la religión cristiana explícitamente, única en que se vuelve a Dios” (Romano Amerio,“Rivista di filosofia neoescolastica”, 1939, pp. 378 y ss.).
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La idea campanelliana de los infieles como cristianos implícitos es retomada por la nueva teología, que ignorando a Campanella ha elaborado el concepto de cristianos anónimos. Estos se adherirían a Cristo por un deseo inconsciente, y gracias a tal deseo serían salvados en la vida eterna (por ejemplo, la escuela de KARL RAHNER, Das Christentum und nicht-christichen Religionen, en Schriften zur Theologie, Colonia 1972).
La idea campanelliana de los infieles como cristianos implícitos es retomada por la nueva teología, que ignorando a Campanella ha elaborado el concepto de cristianos anónimos. Estos se adherirían a Cristo por un deseo inconsciente, y gracias a tal deseo serían salvados en la vida eterna (por ejemplo, la escuela de KARL RAHNER, Das Christentum und nicht-christichen Religionen, en Schriften zur Theologie, Colonia 1972).
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INSIGNIFICANCIA DE LAS MISIONES
INSIGNIFICANCIA DE LAS MISIONES
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La principal característica que se descubre en el sistema es su tendencia pelagiana. Pelagio no dejaba a salvo la trascendencia del Cristianismo, pues según él lo que salva no es la gracia (es decir: la especial comunicación que Dios hace de su propia realidad en la historia), sino la universal comunicación que Dios hace de sí mismo a las mentes mediante la luz de la racionalidad en la naturaleza. Por tanto se confunde el orden ideal con el orden real, la intuición de la idea con la presencia de lo real. La ordenación a los valores naturales, la raíz de la civilización, es distinta de la ordenación a los valores sobrenaturales, raíz del Cristianismo; y no se puede ocultar el saltus de una a otra haciendo del Cristianismo algo inmanente a la religiosidad del género humano. Es imposible con la luz natural encontrar lo sobrenatural, que aunque injertado por Dios con un acto histórico especial en el fondo del espíritu, no proviene de dicho fondo.
La principal característica que se descubre en el sistema es su tendencia pelagiana. Pelagio no dejaba a salvo la trascendencia del Cristianismo, pues según él lo que salva no es la gracia (es decir: la especial comunicación que Dios hace de su propia realidad en la historia), sino la universal comunicación que Dios hace de sí mismo a las mentes mediante la luz de la racionalidad en la naturaleza. Por tanto se confunde el orden ideal con el orden real, la intuición de la idea con la presencia de lo real. La ordenación a los valores naturales, la raíz de la civilización, es distinta de la ordenación a los valores sobrenaturales, raíz del Cristianismo; y no se puede ocultar el saltus de una a otra haciendo del Cristianismo algo inmanente a la religiosidad del género humano. Es imposible con la luz natural encontrar lo sobrenatural, que aunque injertado por Dios con un acto histórico especial en el fondo del espíritu, no proviene de dicho fondo.
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Es temerario y erróneo afirmar, como hace el OR de 11 de enero de 1972, que “el Concilio ha cancelado de una vez para siempre el prejuicio de que sólo los católicos poseen la verdad”, porque iguala la gracia especifica de Cristo con la naturaleza universal de los valores humanos. Por consiguiente, negar que la Iglesia es un monolito es negar que tenga una única piedra en lo visible y en lo invisible.
Es temerario y erróneo afirmar, como hace el OR de 11 de enero de 1972, que “el Concilio ha cancelado de una vez para siempre el prejuicio de que sólo los católicos poseen la verdad”, porque iguala la gracia especifica de Cristo con la naturaleza universal de los valores humanos. Por consiguiente, negar que la Iglesia es un monolito es negar que tenga una única piedra en lo visible y en lo invisible.
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El nuevo ecumenismo destruye además las misiones. Si las naciones poseen en el seno de su propia religiosidad la verdad que salva, su anuncio por el Cristianismo se convierte en algo superfluo o vano. Parecerá incluso que intenta sujetar a los espíritus a sí misma, en vez de a la verdad que ellos ya poseen. Por el contrario, la realidad es que no sólo a la Iglesia, sino ni tan siquiera Cristo predica su propia doctrina al predicar el Evangelio: “Jesús les respondió: Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16). En el nuevo ecumenismo el Cristianismo no integra (como rectamente sostenía Gioberti) a las otras religiones, sino que está integrado en ellas. Mons. Rossano habla expresamente de “perpetua problematicidad del tema cristiano”, fórmula que elimina la certeza de la fe.
El nuevo ecumenismo destruye además las misiones. Si las naciones poseen en el seno de su propia religiosidad la verdad que salva, su anuncio por el Cristianismo se convierte en algo superfluo o vano. Parecerá incluso que intenta sujetar a los espíritus a sí misma, en vez de a la verdad que ellos ya poseen. Por el contrario, la realidad es que no sólo a la Iglesia, sino ni tan siquiera Cristo predica su propia doctrina al predicar el Evangelio: “Jesús les respondió: Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16). En el nuevo ecumenismo el Cristianismo no integra (como rectamente sostenía Gioberti) a las otras religiones, sino que está integrado en ellas. Mons. Rossano habla expresamente de “perpetua problematicidad del tema cristiano”, fórmula que elimina la certeza de la fe.
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En el sistema católico la civilización (en concreto la promoción de la civilización técnica) debe ceder ante la predicación del Evangelio, y Pablo VI (OR, 25 de octubre de 1971) consideró un error dar prioridad a la promoción y a la llamada liberación humana.
En el sistema católico la civilización (en concreto la promoción de la civilización técnica) debe ceder ante la predicación del Evangelio, y Pablo VI (OR, 25 de octubre de 1971) consideró un error dar prioridad a la promoción y a la llamada liberación humana.
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Pero tal prioridad se despliega ampliamente en toda la acción postconciliar. Si, como escribe en “Renovatio” 1971, p. 229 el padre Basetti Sani, el Corán es un libro divinamente inspirado; y si, como declara Mons. Yves Plumey, “más allá de las diferencias de dogma y moral, el Cristianismo e Islamismo predican las mismas verdades y tienden al mismo fin” (“Ami du clergé”, 1964, p. 414); y si, como escribe el OR del 28 de julio de 1977 reseñando una obra de Raimundo Panikkar, “el Hinduismo está ya orientado hacia Cristo y de hecho ya contiene el símbolo de la realidad cristiana”, entonces la acción misionera de la Iglesia no podrá ser más que de alfabetización, hidráulica, agronómica o sanitaria: es decir de civilización y no de religión. Tal idea de una misión no misionera se ha convertido en la clave del Día mundial de las misiones (Domund), que en 1974 difundía cientos de miles de ejemplares de una octavilla de este tenor: “¿Que significa (la jornada de misiones)? Colaborar a eliminar del mundo odios, guerras, hambre, miseria. Cooperar a la redención espiritual, humana, social de los pueblos a la luz del mensaje cristiano. ¿Qué pide? Guarderías, asilos, escuelas, hospitales, ambulatorios, hospicios, casas para ancianos, leproserías, centros para tuberculosos. Los misioneros esperan un acto de solidaridad generosa”. No hay en toda la apelación sombra alguna de religión católica, sino pura filantropía antropocéntrica.
Pero tal prioridad se despliega ampliamente en toda la acción postconciliar. Si, como escribe en “Renovatio” 1971, p. 229 el padre Basetti Sani, el Corán es un libro divinamente inspirado; y si, como declara Mons. Yves Plumey, “más allá de las diferencias de dogma y moral, el Cristianismo e Islamismo predican las mismas verdades y tienden al mismo fin” (“Ami du clergé”, 1964, p. 414); y si, como escribe el OR del 28 de julio de 1977 reseñando una obra de Raimundo Panikkar, “el Hinduismo está ya orientado hacia Cristo y de hecho ya contiene el símbolo de la realidad cristiana”, entonces la acción misionera de la Iglesia no podrá ser más que de alfabetización, hidráulica, agronómica o sanitaria: es decir de civilización y no de religión. Tal idea de una misión no misionera se ha convertido en la clave del Día mundial de las misiones (Domund), que en 1974 difundía cientos de miles de ejemplares de una octavilla de este tenor: “¿Que significa (la jornada de misiones)? Colaborar a eliminar del mundo odios, guerras, hambre, miseria. Cooperar a la redención espiritual, humana, social de los pueblos a la luz del mensaje cristiano. ¿Qué pide? Guarderías, asilos, escuelas, hospitales, ambulatorios, hospicios, casas para ancianos, leproserías, centros para tuberculosos. Los misioneros esperan un acto de solidaridad generosa”. No hay en toda la apelación sombra alguna de religión católica, sino pura filantropía antropocéntrica.
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Tuve la oportunidad de comprobar “in situ” ésta lamentable realidad, en el curso de un ciclo de conferencias en mí parroquia (1999), en una de las cuales intervino un exmisionero que dio su “testimonio” completamente antropocentrista. Al preguntarle directamente, en que se diferenciaba la labor de un misionero católico de la de un colaborador de una ONG humanitaria, me respondió secamente: “En el tiempo de dedicación, que en el misionero es mayor y más comprometido”; en cuanto a la evangelización propiamente dicha, respondió: “Con nuestro ejemplo humanitario evangelizamos”.
Tuve la oportunidad de comprobar “in situ” ésta lamentable realidad, en el curso de un ciclo de conferencias en mí parroquia (1999), en una de las cuales intervino un exmisionero que dio su “testimonio” completamente antropocentrista. Al preguntarle directamente, en que se diferenciaba la labor de un misionero católico de la de un colaborador de una ONG humanitaria, me respondió secamente: “En el tiempo de dedicación, que en el misionero es mayor y más comprometido”; en cuanto a la evangelización propiamente dicha, respondió: “Con nuestro ejemplo humanitario evangelizamos”.
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Ni Evangelio, ni Cristo, ni verdadera misión; nada de nada.
Ni Evangelio, ni Cristo, ni verdadera misión; nada de nada.
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Así pues, ese fondo común a todos los movimientos religiosos del género humano no es el Cristo hombre-Dios de la Revelación, sino el Cristo hombre-ideal-de-perfección del humanitarismo naturalista.
Así pues, ese fondo común a todos los movimientos religiosos del género humano no es el Cristo hombre-Dios de la Revelación, sino el Cristo hombre-ideal-de-perfección del humanitarismo naturalista.
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No sorprende que los misioneros se desencanten de una misión dirigida primordialmente a una renovación totalmente terrenal; ni sorprenderá que ese ecumenismo unido a una caridad meramente natural haya tenido en Marsella, por obra de Mons. Etchégaray, su panteón: El intento de transformar en un Centro monoteísta una capilla de Notre-Dame de la Garde quitando imágenes de santos para colocar frases del Corán y de la Torah despertó una viva manifestación popular, que en parte lo hizo fracasar (“Itinéraries”, 205, pp. 113 y 167). Tampoco sorprenderá finalmente que en el seminario islamo-cristiano de Trípoli, en 1976, el Card, Pignedoli haya aceptado en el punto XVII la condena de toda misión que se proponga la conversión, al considerar a todos los fundadores de religiones como mensajeros de Dios (OR, 13 de febrero de 1976). La conversión del concepto de misión en el de proselitismo se ha hecho hoy común entre los católicos, que han adoptado totalmente sobre este punto la doctrina del Consejo Ecuménico de las Iglesias.
No sorprende que los misioneros se desencanten de una misión dirigida primordialmente a una renovación totalmente terrenal; ni sorprenderá que ese ecumenismo unido a una caridad meramente natural haya tenido en Marsella, por obra de Mons. Etchégaray, su panteón: El intento de transformar en un Centro monoteísta una capilla de Notre-Dame de la Garde quitando imágenes de santos para colocar frases del Corán y de la Torah despertó una viva manifestación popular, que en parte lo hizo fracasar (“Itinéraries”, 205, pp. 113 y 167). Tampoco sorprenderá finalmente que en el seminario islamo-cristiano de Trípoli, en 1976, el Card, Pignedoli haya aceptado en el punto XVII la condena de toda misión que se proponga la conversión, al considerar a todos los fundadores de religiones como mensajeros de Dios (OR, 13 de febrero de 1976). La conversión del concepto de misión en el de proselitismo se ha hecho hoy común entre los católicos, que han adoptado totalmente sobre este punto la doctrina del Consejo Ecuménico de las Iglesias.
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Según el pastor Potter, secretario de ese Consejo, en el discurso a la asamblea ecuménica de Vancouver en julio de 1983, el fruto que ha madurado en el mundo cristiano gracias a ese movimiento es el siguiente: “De la desconfianza, del rechazo al reconocimiento mutuo de ser Iglesias, del proselitismo, de una confesión apologética de la propia fe particular, se ha pasado a desalentar el proselitismo para hacer más fiel y más convincente el testimonio común de Cristo” (OR, 28 de julio de 1983, que no hace reserva alguna y parece reconocer que ésta es también la posición de al Iglesia Católica). No sorprende que en tal circunstancia de teocracia haya sido erigido como un símbolo en el campo de las reuniones un enorme tótem de una tribu india (OR, 31 de julio de 1983, que pone la noticia bajo el titular Culturas diversas convergentes en la única fe).
Según el pastor Potter, secretario de ese Consejo, en el discurso a la asamblea ecuménica de Vancouver en julio de 1983, el fruto que ha madurado en el mundo cristiano gracias a ese movimiento es el siguiente: “De la desconfianza, del rechazo al reconocimiento mutuo de ser Iglesias, del proselitismo, de una confesión apologética de la propia fe particular, se ha pasado a desalentar el proselitismo para hacer más fiel y más convincente el testimonio común de Cristo” (OR, 28 de julio de 1983, que no hace reserva alguna y parece reconocer que ésta es también la posición de al Iglesia Católica). No sorprende que en tal circunstancia de teocracia haya sido erigido como un símbolo en el campo de las reuniones un enorme tótem de una tribu india (OR, 31 de julio de 1983, que pone la noticia bajo el titular Culturas diversas convergentes en la única fe).
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En la única reunión ecuménica a la que he asistido, en el curso de la “Semana por la oración para la unión de los cristianos”( Alcorcón, diciembre de 1999), durante una conferencia a cargo de un pastor protestante para un auditorio pluriconfesional, oí con estupefacción que: “Nosotros (Los protestantes evangélicos) creemos en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero nos estorba eso de la Transubstanciación” o también “nosotros honramos a la Virgen María, y eso no debe ser problema entre nosotros”. Digo que oí con estupefacción, no porque esas afirmaciones fuesen verdades a medias, que lo eran (mintió descaradamente al negar el dogma de la Transubstanciación, por no hablar de que niega como buen “hermano separado” todos los dogmas Marianos), sino porque estando como estaban presentes un párroco, el arcipreste de la ciudad y el mismísimo Vicario, brazo derecho del obispo de mí diócesis (Getafe), ninguno le replicó, como debiera hacer un “buen pastor que da su vida por las ovejas”, pero lejos de eso aplaudieron al final del acto con toda la concurrencia. Creo que fui el único que por coherencia católica no lo hizo, por no comentar con detalle algunas preguntas que hice en el turno de preguntas.
En la única reunión ecuménica a la que he asistido, en el curso de la “Semana por la oración para la unión de los cristianos”( Alcorcón, diciembre de 1999), durante una conferencia a cargo de un pastor protestante para un auditorio pluriconfesional, oí con estupefacción que: “Nosotros (Los protestantes evangélicos) creemos en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero nos estorba eso de la Transubstanciación” o también “nosotros honramos a la Virgen María, y eso no debe ser problema entre nosotros”. Digo que oí con estupefacción, no porque esas afirmaciones fuesen verdades a medias, que lo eran (mintió descaradamente al negar el dogma de la Transubstanciación, por no hablar de que niega como buen “hermano separado” todos los dogmas Marianos), sino porque estando como estaban presentes un párroco, el arcipreste de la ciudad y el mismísimo Vicario, brazo derecho del obispo de mí diócesis (Getafe), ninguno le replicó, como debiera hacer un “buen pastor que da su vida por las ovejas”, pero lejos de eso aplaudieron al final del acto con toda la concurrencia. Creo que fui el único que por coherencia católica no lo hizo, por no comentar con detalle algunas preguntas que hice en el turno de preguntas.
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REFLEXIONES FINALES
REFLEXIONES FINALES
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Uno de los reproches más habituales a la apologética católica es el de la “soberbia espiritual”. Pero yo pregunto: ¿un pájaro alardea de volar?; ¿el sol se engríe de dar luz y calor?; ¿la roca se ufana de ser dura y no padecer? Entonces, ¿cómo puede ser “soberbia espiritual” el confesar abiertamente que la Santa Fe Católica es la única verdadera, porque es la única Revelada por Dios, y no ninguna otra?
Uno de los reproches más habituales a la apologética católica es el de la “soberbia espiritual”. Pero yo pregunto: ¿un pájaro alardea de volar?; ¿el sol se engríe de dar luz y calor?; ¿la roca se ufana de ser dura y no padecer? Entonces, ¿cómo puede ser “soberbia espiritual” el confesar abiertamente que la Santa Fe Católica es la única verdadera, porque es la única Revelada por Dios, y no ninguna otra?
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La Verdad no puede hallarse en una proposición y su contraria. La Verdad es Una, objetiva e intrínseca; el error es múltiple y subjetivo.
La Verdad no puede hallarse en una proposición y su contraria. La Verdad es Una, objetiva e intrínseca; el error es múltiple y subjetivo.
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No existe la caridad sin la Verdad, aunque se pueda y se deba moralmente usar la caridad para exponer la Verdad.
No existe la caridad sin la Verdad, aunque se pueda y se deba moralmente usar la caridad para exponer la Verdad.
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SAN AGUSTÍN expresaba: “In necesariis unitas, in dubiis libertas, in ómnibus cáritas”, en lo necesario unidad; en lo dudoso libertad; y en todo caridad.
SAN AGUSTÍN expresaba: “In necesariis unitas, in dubiis libertas, in ómnibus cáritas”, en lo necesario unidad; en lo dudoso libertad; y en todo caridad.
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EPÍLOGO
EPÍLOGO
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Antes de dejar la última palabra al respecto del Ecumenismo a los Santos Padres, Mártires, Papas y Escritores Eclesiásticos, me permito hacer una consideración final, y es que si hay algo en la Iglesia que no nos guste, esforcémonos nosotros cada día en ser mejores, para conocerla mejor y amarla más.
Antes de dejar la última palabra al respecto del Ecumenismo a los Santos Padres, Mártires, Papas y Escritores Eclesiásticos, me permito hacer una consideración final, y es que si hay algo en la Iglesia que no nos guste, esforcémonos nosotros cada día en ser mejores, para conocerla mejor y amarla más.
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Es tiempo (ahora, como ayer y siempre) de movilización de los “Satanases” y los “San Atanasios”. En nuestra mano está el decidir que partido tomar: con Dios o contra Él, no hay más caminos.
Es tiempo (ahora, como ayer y siempre) de movilización de los “Satanases” y los “San Atanasios”. En nuestra mano está el decidir que partido tomar: con Dios o contra Él, no hay más caminos.
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SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA (siglo I): “Si los que obran estas cosas según la carne merecen la muerte, cuanto más el que corrompe la fe en Dios con mala doctrina, por la que fue crucificado Jesucristo; el tal impuro irá al fuego inextinguible e igualmente el que lo escucha.” (Carta a los efesios 16, 1-2)
SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA (siglo I): “Si los que obran estas cosas según la carne merecen la muerte, cuanto más el que corrompe la fe en Dios con mala doctrina, por la que fue crucificado Jesucristo; el tal impuro irá al fuego inextinguible e igualmente el que lo escucha.” (Carta a los efesios 16, 1-2)
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SAN IRENEO DE LYÓN (siglo II): “En cuanto a todos los demás que se separan de la sucesión original (apostólica) y se reúnen en cualquier parte, hay que tenerlos por sospechosos, estos son: los herejes de falso espíritu, o cismáticos llenos de orgullo, o incluso los hipócritas que obran por el lucro y la gloria vana. Todos estos se apartan de la verdad: los herejes aportando un fuego extraño al altar de Dios, esto es doctrinas extrañas, serán consumidos por el fuego del cielo, como Nadab y Abiud.” (Adversus haereses IV 26, 2)
SAN IRENEO DE LYÓN (siglo II): “En cuanto a todos los demás que se separan de la sucesión original (apostólica) y se reúnen en cualquier parte, hay que tenerlos por sospechosos, estos son: los herejes de falso espíritu, o cismáticos llenos de orgullo, o incluso los hipócritas que obran por el lucro y la gloria vana. Todos estos se apartan de la verdad: los herejes aportando un fuego extraño al altar de Dios, esto es doctrinas extrañas, serán consumidos por el fuego del cielo, como Nadab y Abiud.” (Adversus haereses IV 26, 2)
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ORÍGENES (siglo III): “ La Iglesia, dice, es la única que está en posesión de la recta y verdadera fe. Ella sola garantiza el canon de las Sagradas Escrituras. La fórmula de la fe legítima es la que se halla en el símbolo bautismal... Los herejes llevan el nombre de cristianos pero, en realidad, son ladrones y adúlteros porque mancillan los castos dogmas de la Iglesia...” (De Principiis)
ORÍGENES (siglo III): “ La Iglesia, dice, es la única que está en posesión de la recta y verdadera fe. Ella sola garantiza el canon de las Sagradas Escrituras. La fórmula de la fe legítima es la que se halla en el símbolo bautismal... Los herejes llevan el nombre de cristianos pero, en realidad, son ladrones y adúlteros porque mancillan los castos dogmas de la Iglesia...” (De Principiis)
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SAN ANTONIO ABAD (siglo III): “Evitad el veneno de los herejes y cismáticos e imitad mi odio hacia ellos porque son enemigos de Dios” (San Atanasio,“Vita Antonii” 58)
SAN ANTONIO ABAD (siglo III): “Evitad el veneno de los herejes y cismáticos e imitad mi odio hacia ellos porque son enemigos de Dios” (San Atanasio,“Vita Antonii” 58)
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SAN ATANASIO (siglo IV): “Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolable, sin duda perecerá para siempre.”
SAN ATANASIO (siglo IV): “Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolable, sin duda perecerá para siempre.”
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SAN MARTÍN I, Papa (siglo VII): “Por la intercesión de San Pedro, establezca (Dios) los corazones de los hombres en la fe ortodoxa, y les haga firmes contra todo hereje y enemigo de la Iglesia. De fuerza al pastor que gobierna ahora. De tal suerte que, sin ceder en ningún punto, ni siquiera mínimo, y sin someterse en parte secundaria alguna, conserven íntegra la fe profesada ante Dios y ante los ángeles santos”.
SAN MARTÍN I, Papa (siglo VII): “Por la intercesión de San Pedro, establezca (Dios) los corazones de los hombres en la fe ortodoxa, y les haga firmes contra todo hereje y enemigo de la Iglesia. De fuerza al pastor que gobierna ahora. De tal suerte que, sin ceder en ningún punto, ni siquiera mínimo, y sin someterse en parte secundaria alguna, conserven íntegra la fe profesada ante Dios y ante los ángeles santos”.
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Terminado de redactar el 25 de junio de 2000
Terminado de redactar el 25 de junio de 2000
SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI.
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“Non nobis, Domine, non nobis, sed tuo nomini da gloriam”
(No a nosotros, Señor, no a nosotros, a tu Nombre da la gloria)
“Non nobis, Domine, non nobis, sed tuo nomini da gloriam”
(No a nosotros, Señor, no a nosotros, a tu Nombre da la gloria)
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A. M. D. G.
A. M. D. G.
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APENDICE I
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El 16 de junio de 2000 el Papa JUAN PABLO II ratificó y confirmó “con ciencia cierta y su autoridad apostólica”, la declaración Dominus Iesus de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, publicada el 6 de agosto de 2000, Fiesta de la Transfiguración del Señor.
El 16 de junio de 2000 el Papa JUAN PABLO II ratificó y confirmó “con ciencia cierta y su autoridad apostólica”, la declaración Dominus Iesus de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, publicada el 6 de agosto de 2000, Fiesta de la Transfiguración del Señor.
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En dicha Declaración, el Papa, confirma la fe de la Iglesia Católica respecto a puntos fundamentales en el diálogo ecuménico, clarificando la doctrina de la Iglesia frente a malversaciones de la doctrina, tanto entre las otras religiones monoteístas, como las demás confesiones cristianas, e incluso en el seno de la propia Iglesia.
En dicha Declaración, el Papa, confirma la fe de la Iglesia Católica respecto a puntos fundamentales en el diálogo ecuménico, clarificando la doctrina de la Iglesia frente a malversaciones de la doctrina, tanto entre las otras religiones monoteístas, como las demás confesiones cristianas, e incluso en el seno de la propia Iglesia.
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El primer punto afirma frente a la mentalidad relativista actual que: “Para poner remedio a esta mentalidad relativista cada vez más difundida, es necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el hijo de Dios encarnado, el cual es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn. 14,6), se da la plenitud de la revelación divina”. (n. 5)
El primer punto afirma frente a la mentalidad relativista actual que: “Para poner remedio a esta mentalidad relativista cada vez más difundida, es necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el hijo de Dios encarnado, el cual es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn. 14,6), se da la plenitud de la revelación divina”. (n. 5)
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“Es, por lo tanto, contrario a la fe de la Iglesia la tesis de carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones”. (n.6)
“Es, por lo tanto, contrario a la fe de la Iglesia la tesis de carácter limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones”. (n.6)
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“Por esto, la fe exige que se profese que el Verbo hecho carne, en todo su misterio, que va desde la encarnación a la glorificación, es la fuente, participada más real, y el cumplimiento de la revelación salvífica de Dios a la Humanidad, y que el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, enseña a los Apóstoles, y por medio de ellos a toda la Iglesia de todos los tiempos, la verdad completa (Jn. 16,13).” (n.6)
“Por esto, la fe exige que se profese que el Verbo hecho carne, en todo su misterio, que va desde la encarnación a la glorificación, es la fuente, participada más real, y el cumplimiento de la revelación salvífica de Dios a la Humanidad, y que el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, enseña a los Apóstoles, y por medio de ellos a toda la Iglesia de todos los tiempos, la verdad completa (Jn. 16,13).” (n.6)
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“La fe, por lo tanto, don de Dios y virtud sobrenatural infundida por Él, implica una doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por Él, en virtud de la confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto, no debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones.” (n.7)
“La fe, por lo tanto, don de Dios y virtud sobrenatural infundida por Él, implica una doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por Él, en virtud de la confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto, no debemos creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones.” (n.7)
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Frente al error acerca del valor inspirado de los textos sagrados de otras religiones, la Dominus Iesus afirma: “La tradición de la Iglesia, sin embargo, reserva la calificación de textos inspirados a los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo.” (n.8)
Frente al error acerca del valor inspirado de los textos sagrados de otras religiones, la Dominus Iesus afirma: “La tradición de la Iglesia, sin embargo, reserva la calificación de textos inspirados a los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo.” (n.8)
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Frente a las doctrinas que sostienen que “Jesús de Nazaret como si fuese una figura histórica particular y finita, que revela lo divino no de manera exclusiva, sino complementaria a otras presencias reveladoras y salvíficas.” (n.9); la Declaración enseña: “Debe ser, en efecto, firmemente creída la doctrina de fe que proclama que Jesús de Nazaret, hijo de María, y solamente Él, es el Hijo y Verbo del Padre.” (n.10); y también: “Al respecto Juan Pablo II ha declarado explícitamente: Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo(...): Jesús es el Verbo encarnado, en una sola persona inseparable. (...) Es también contrario a la fe católica introducir una separación entre la acción salvífica del Logos en cuanto tal, y la del Verbo hecho carne”. (n.10); “igualmente debe ser firmemente creída la doctrina de fe sobre la unicidad de la economía salvífica querida por Dios Uno y Trino, cuya fuente y centro es el misterio de la encarnación del Verbo, mediador de la gracia divina en el plan de la Creación y de la Redención.” (n.11)
Frente a las doctrinas que sostienen que “Jesús de Nazaret como si fuese una figura histórica particular y finita, que revela lo divino no de manera exclusiva, sino complementaria a otras presencias reveladoras y salvíficas.” (n.9); la Declaración enseña: “Debe ser, en efecto, firmemente creída la doctrina de fe que proclama que Jesús de Nazaret, hijo de María, y solamente Él, es el Hijo y Verbo del Padre.” (n.10); y también: “Al respecto Juan Pablo II ha declarado explícitamente: Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo(...): Jesús es el Verbo encarnado, en una sola persona inseparable. (...) Es también contrario a la fe católica introducir una separación entre la acción salvífica del Logos en cuanto tal, y la del Verbo hecho carne”. (n.10); “igualmente debe ser firmemente creída la doctrina de fe sobre la unicidad de la economía salvífica querida por Dios Uno y Trino, cuya fuente y centro es el misterio de la encarnación del Verbo, mediador de la gracia divina en el plan de la Creación y de la Redención.” (n.11)
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Contra la tesis que niega la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo: “Debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la iglesia, la proclamación de Jesucristo, hijo de Dios, Señor y único Salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en Él su plenitud y su centro”. (n.13); “Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino, es ofrecida y cumplida, una vez para siempre en el misterio de la encarnación muerte y resurrección del Hijo de Dios. (...) serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción salvífica fuera de la única mediación de Cristo”(n.14); “En este sentido, se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de Él propio y exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos.” (n.15)
Contra la tesis que niega la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo: “Debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la iglesia, la proclamación de Jesucristo, hijo de Dios, Señor y único Salvador, que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en Él su plenitud y su centro”. (n.13); “Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino, es ofrecida y cumplida, una vez para siempre en el misterio de la encarnación muerte y resurrección del Hijo de Dios. (...) serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción salvífica fuera de la única mediación de Cristo”(n.14); “En este sentido, se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de Él propio y exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos.” (n.15)
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Respecto a la unidad y unicidad de la Iglesia, la declaración sostiene: “En conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por Él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno sólo es también su cuerpo, una sola es su Esposa: una sola Iglesia católica y apostólica. (...) Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica –radicada en la sucesión apostólica- entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica” (n.16); “Existe, por lo tanto, una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Las Iglesias que no están en comunión con la Iglesia católica, pero se mantienen unidas a ellas por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada, son verdaderas Iglesias particulares. Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falta la plena comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina católica del Primado, que por voluntad de Dios posee y ejercita objetivamente sobre toda la Iglesia el Obispo de Roma.
Respecto a la unidad y unicidad de la Iglesia, la declaración sostiene: “En conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por Él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno sólo es también su cuerpo, una sola es su Esposa: una sola Iglesia católica y apostólica. (...) Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica –radicada en la sucesión apostólica- entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica” (n.16); “Existe, por lo tanto, una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Las Iglesias que no están en comunión con la Iglesia católica, pero se mantienen unidas a ellas por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente consagrada, son verdaderas Iglesias particulares. Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falta la plena comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina católica del Primado, que por voluntad de Dios posee y ejercita objetivamente sobre toda la Iglesia el Obispo de Roma.
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Por el contrario, las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, no son Iglesias en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades, por el Bautismo han sido incorporados a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia. (...) Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma –diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo- de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de la búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades. En efecto, los elementos de esta Iglesia ya dada existen y en plenitud en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras Comunidades.” (n.17)
Por el contrario, las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico, no son Iglesias en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades, por el Bautismo han sido incorporados a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia. (...) Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma –diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo- de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de la búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades. En efecto, los elementos de esta Iglesia ya dada existen y en plenitud en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras Comunidades.” (n.17)
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Con relación a la posibilidad de salvación en el seno de otras religiones, la declaración expresa: “Ante todo, debe ser firmemente creído que la Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1Tim 2,4); por lo tanto, es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esa misma salvación. (n. 20); “Sería contrario a la fe católica considerar la Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones. Éstas serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes a ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino escatológico de Dios. (...) A ellas (las religiones), sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos. Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores, constituyen más bien un obstáculo para la salvación.” (n. 20); “Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres (cf. Hch 17, 30-31). Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera a las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que una religión es tan buena como otra. (...) Porque cree en el designio de universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera. (...) La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo –que es el mismo Dios hecho hombre- comparado con los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y respeto a la libertad, debe desempeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitiva revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.” (n. 22)
Con relación a la posibilidad de salvación en el seno de otras religiones, la declaración expresa: “Ante todo, debe ser firmemente creído que la Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios (cf. 1Tim 2,4); por lo tanto, es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esa misma salvación. (n. 20); “Sería contrario a la fe católica considerar la Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones. Éstas serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes a ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino escatológico de Dios. (...) A ellas (las religiones), sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos. Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores, constituyen más bien un obstáculo para la salvación.” (n. 20); “Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres (cf. Hch 17, 30-31). Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera a las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que una religión es tan buena como otra. (...) Porque cree en el designio de universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera. (...) La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo –que es el mismo Dios hecho hombre- comparado con los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y respeto a la libertad, debe desempeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitiva revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.” (n. 22)
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BIBLIOGRAFÍA
BIBLIOGRAFÍA
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“Sí Sí No No”, revista católica antimodernista; Nº 93, marzo de 2000.
“Sí Sí No No”, revista católica antimodernista; Nº 93, marzo de 2000.
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“La ignorancia religiosa”; Benjamín Martín Sánchez.
“La ignorancia religiosa”; Benjamín Martín Sánchez.
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“Roca Viva”; noviembre 1998.
“Roca Viva”; noviembre 1998.
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“El cristianismo, orígenes”; Jesús Simón S. J. 1958.
“El cristianismo, orígenes”; Jesús Simón S. J. 1958.
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“Stat Veritas”; Romano Amerio, 1997.
“Stat Veritas”; Romano Amerio, 1997.
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“Iota Unum”; Romano Amerio, 1994.
“Iota Unum”; Romano Amerio, 1994.
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Carta Encíclica “Ut Unum Sint”; Juan Pablo II, 1995.
Carta Encíclica “Ut Unum Sint”; Juan Pablo II, 1995.
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“Manual de Teología Dogmática”; Ludwig Ott, 1986.
“Manual de Teología Dogmática”; Ludwig Ott, 1986.
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“El Magisterio de la Iglesia”; E. Denzinger, 1958.
“El Magisterio de la Iglesia”; E. Denzinger, 1958.
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