Mostrando entradas con la etiqueta MONS. DE CASTRO MAYER. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MONS. DE CASTRO MAYER. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de junio de 2009

La Subversión de la Verdad Católica

Aggionarmiento y Tradición
.
"La Subversión de la Verdad Católica y la Falsa Iglesia"

Por Monseñor Antonio de Castro Mayer
I
Confrontación entre los conceptos de "aggiornamento" y de Tradición
.
eL 21 de Noviembre del año pasado, en Circular dirigida a Nuestros carísimos Sacerdotes, procuramos, una vez más, avivar en ellos y en los fieles la vigilancia contra los peligros, a que un falso "aggiornamento" expone la integridad de la Fe y la pureza de las costumbres cristianas. Ya en Documentos anteriores Nos ocupamos de las tentaciones a que está expuesta vuestra fe, amados hijos, y os exhortamos a la vigilancia y a la oración. En la Circular del 21 de noviembre, nos referíamos, especialmente, a la reverencia debida a los Santos Sacramentos, con que damos público testimonio de nuestra fe en los misterios que adoramos. Señalábamos, entonces, la importancia de la advertencia, a la vista de ser indispensable la fe para la salvación, pues, sin ella es imposible agradar a Dios - "sine fide impossibile est placere Deo" (Heb. 11, 6).
.
El 8 de diciembre del mismo año pasado, en la ocurrencia del quinto aniversario de la clausura del II Concilio del Vaticano, el Santo Padre, Pablo VI, en memorable exhortación, encarecía a los Obispos católicos del mundo entero la obligación de cuidar de la ortodoxia en la enseñanza de la doctrina católica.
.
Es así, pues, amados hijos, que no eran vanos Nuestros temores. Los males de que recelamos en Nuestra diócesis, de hecho, amenazan a los fieles del mundo todo. De otro modo, no tendría sentido la Exhortación pontificia, dirigida a todos los Obispos católicos de la tierra.
.
Deber del Obispo: velar por la ortodoxia.
.
Dada la importancia capital de la materia - la pureza de la Fe - y la obligación que Nos incumbe de apacentar bien a las ovejas de Cristo que Nos fueron confiadas, juzgamos de Nuestro deber volver al asunto, comunicando a Nuestro rebaño las aprehensiones y amonestaciones del Papa. A tanto Nos convida el mismo Pontífice, pues recuerda que, a todos aquellos que recibieron 'por la imposición de las manos; la responsabilidad de guardar puro e intacto el depósito de la Fe y la misión de anunciar el Evangelio sin negligencia" (A.A.S., 63, p. 99), se impone de dar testimonio de su fidelidad al Señor, en la predicación, en la enseñanza, en el tenor de vida.
.
De otro lado, al derecho imprescriptible que tiene el fiel de recibir la enseñanza sagrada, corresponde en los Obispos "el deber grave y urgente de anunciar infatigablemente la Palabra de Dios, para que el pueblo crezca en la fe y en la inteligencia del Mensaje cristiano" (p. 100). Profunda crisis de la Fe en el seno de la Iglesia.
..
Semejante oficio del múnus episcopal es, hoy, más imperioso, porque trabaja en el seno de la Iglesia una crisis generalizada y sin precedentes, como atestigua la presente Exhortación Apostólica, crisis de autodemolición como la denomina el Papa, porque, conducida por miembros de la Iglesia, avala profundamente la conciencia de los fieles, pues los confunde en lo que ellos tienen de más esencial en la Religión.
.
Afirma, en efecto, Pablo VI, en el Documento que vamos a presentar, que hoy "muchos fieles se sienten perturbados en su fe por un acumular se de ambigüedades, de falsedades y de dudas, que atañen esa misma fe en lo que tiene de esencial. Están en este caso los dogmas trinitario y cristológico, o misterio da Eucaristía y de la Presencia Real, la Iglesia como institución de salvación, el ministerio sacerdotal en el seno del pueblo de Dios, el valor de la oración y de los Sacramentos, las exigencias morales que dimanan, por ejemplo, de la indisolubilidad del matrimonio o del respeto por la vida. Más: hasta la propia autoridad divina de la Escritura llega a ser puesta en duda, en nombre de una "¡desmitización radical!" (p. 99).
.
Como veis, amados hijos, la crisis en la Iglesia no podría ser más profunda. Leyendo las palabras del Papa, nos preguntamos: ¿qué quedó intacto en el Cristianismo? pues, si no hay certeza sobre el dogma trinitario, misterio fundamental de la Revelación cristiana, se difunden ambigüedades sobre la Persona adorable del Hombre Dios, Jesucristo, se titubea delante de la Santísima Eucaristía, si no se entiende la Iglesia como institución de salvación, si no se sabe lo que es el Sacerdote entre los fieles, ni hay seguridad de las obligaciones morales, si la oración no tiene valor, ni la Sagrada Escritura ¿qué hay de Cristianismo, de Revelación cristiana? Comprendemos que el Papa se sienta impelido a excitar el celo de los Obispos guardianes de la Fe consagrados para ser auténticos Pastores que apacienten con cariño, desvelo y firmeza las ovejas del Divino Pastor de las almas.
.
II
.
Empeño por construir una nueva Iglesia psicológica y sociológica.
.
Tanto más, cuanto la Exhortación del Santo Padre deja entrever que hay una verdadera conspiración para demoler la Iglesia. Es lo que se deduce del trecho siguiente arriba citado, en el cual el Pontífice observa que las dudas, ambigüedades y falsedades en la exposición positiva del dogma, se suman al silencio "sobre ciertos misterios fundamentales del Cristianismo" y la "tendencia a construir un nuevo cristianismo a partir de datos psicológicos y sociológicos" en el cual "la vida cristiana sea despojada de elementos religiosos" (p. 99).
.
Hay, pues, entre los fieles, un movimiento de acción doble convergente para la formación de una nueva Iglesia, que solo puede ser una nueva falsa religión: de un lado, se crean falsedades sobre los misterios revelados; de otro, se estructura una la vida cristiana al sabor del espíritu del siglo
Ocasión y causas de la actual crisis religiosa
.
¿Cómo fue posible llegar a ese estado de cosas?
.
Pablo VI hace, a este propósito, dos consideraciones:
..
La primera, sobre la finalidad especial que el Papa Juan XXIII propuso al II Concilio del Vaticano, como aparece claramente en la Alocución con que abrió la primera Sesión del gran Sínodo: "Se impone que, correspondiendo al vivo anhelo de aquellos que se encuentran en actitud de sincera adhesión a todo lo que es cristiano, católico y apostólico, esta doctrina (cristiana) sea más amplia y profundamente conocida y que las almas sean por ella impregnadas y transformadas. Es necesario que esta doctrina, cierta e inmutable y que tendría que ser respetada fielmente, sea profundizada y presentada de manera a satisfacer las exigencias da nuestra época". Y explicitando mejor su pensamiento, prosigue el Papa Roncalli: "una cosa es, efectivamente, el depósito de la Fe en sí mismo, quiere decir, o conjunto de las verdades contenidas en nuestra venerable doctrina, otra cosa es el modo como tales verdades son enunciadas, conservando siempre el mismo sentido y el mismo alcance" (p. 101 ).
..
El Concilio debería, y, en consecuencia, el Magisterio Eclesiástico, con el concurso de los teólogos, procurar aliar dos cosas, transmitir, sin engaño o disminución, la doctrina revelada; y hacer un esfuerzo por presentarla de modo a ser recibida íntegra y pura por los hombres de nuestro tiempo. Entiende-se por los hombres de espíritu recto, "aquellos que se hayan en actitud de sincera adhesión a todo lo que es cristiano, católico y apostólico", como dice Juan XXIII. Por tanto por los hombres realmente deseosos de llegar a la verdad; pues, a los que prefieren las máximas de este mundo, y, por eso rechazan la cruz de Cristo, se les aplican las palabras de San Pablo: es imposible una unión entre la luz y las tinieblas, entre la justicia y la iniquidad, entre Cristo y Belial (cf. 2 Cor. 6, 14 s.).
...
He aquí en lo que consistía el "aggiornamento" del Papa Roncalli, en su mejor interpretación: una adaptación, en la manera de exponer la doctrina católica, de manera que pueda atraer al hombre moderno de espíritu recto.
.
Tal empeño, nota Pablo VI, y es su segunda observación, no es fácil. Dice: "El Magisterio episcopal estaba relativamente facilitado, en una época en que la Iglesia vivía en estrecha simbiosis con la sociedad de su tiempo, inspiraba su cultura y adoptaba sus modos de expresarse; hoy, al contrario, nos es exigido un esfuerzo serio para que la doctrina de la Fe conserve la plenitud de su sentido y de su alcance, al expresarse bajo una forma capaz de alcanzar al espíritu y el corazón de los hombres a los cuales ella se dirige" (pp. 101 -102).
.
Característica de la nueva Iglesia: la religión del hombre.
.
O por la dificultad del emprendimiento, o por una concesión al espíritu del tiempo, el hecho es que, en la ejecución del plan trazado por el Concilio, en amplios medios eclesiásticos, el esfuerzo en la adaptación fue más allá de la simple expresión más ajustada a la mentalidad contemporánea. Tocó la propia sustancia de la Revelación. No se cuida de una exposición de la verdad revelada, en términos en que los hombres fácilmente la entiendan; se procura, por medio de un lenguaje ambiguo y rebuscado, más propiamente, proponer una nueva Iglesia, al sabor del hombre formado según las máximas del mundo de hoy. Con eso, se difunde, más o menos por toda parte, la idea de en que la Iglesia debe pasar por un cambio radical, en su Moral, en su Liturgia, e inclusive en su Doctrina. En los escritos, como en el procedimiento, aparecidos en medios católicos después del Concilio, se inculca la tesis de en que la Iglesia tradicional, como existiera ates del Vaticano II, ya no está a la altura de los tiempos modernos. De manera que debe transformarse totalmente.
.
Y una observación rápida, sobre lo que pasa en medios católicos, leva a la persuasión de que, realmente, después del Concilio, existe una nueva Iglesia, esencialmente distinta de aquella conocida, antes do gran Sínodo como única Iglesia de Cristo. En efecto, se exalta como principio absoluto, intangible, la dignidad humana a cuyos derechos se someten la Verdad y el Bien. Semejante concepción inaugura la religión del hombre. Hace olvidar la austeridad cristiana y la bienaventuranza del Cielo. En las costumbres el mismo principio olvida la ascética cristiana, y tiene toda la indulgencia para el placer inclusive sensual, una vez que, en la tierra, es que el hombre ha de buscar su plenitud. En la vida conyugal y familiar, la religión del hombre enaltece el amor y sobrepone el placer al deber justificando, a ese título, los métodos anticonceptivos, diminuyendo la oposición al divorcio, y siendo favorable a la homosexualidad y a la coeducación, sin temer la secuela de desordenes morales, y a ella inherentes, como consecuencia del pecado original. En la vida pública, la religión del hombre no comprende la jerarquía, y propugna el igualitarismo propio de la ideología marxista y contrario a la enseñanza natural y revelada, que atesta la existencia de un orden social exigido por la propia naturaza. En la vida religiosa, el mismo principio preconiza un ecumenismo que, en beneficio del hombre, congracié todas las religiones, preconiza una Iglesia sociedad de asistencia social y vuelve ininteligible lo sagrado, solo comprensible en una sociedad jerárquica. De ahí, la preocupación excesiva con la promoción social, como si la Iglesia fuese un mero y más vasto organismo de asistencia social. De ahí, igualmente la secularización del Clero, cuyo celibato se considera algo de absurdo; bien como el tenor de vida sacerdotal singular, íntimamente ligado a su carácter de persona consagrada, exclusivamente al servicio del Altar. En liturgia se rebaja al Sacerdote a simple representante del pueblo, y las mudanzas son tantas y tales que ella deja de representar adecuadamente, a los ojos del fiel, la imagen de la Esposa del Cordero, una, santa, inmaculada. Es evidente que el relajamiento moral y la disolución litúrgica no podrían coexistir con la inmutabilidad del dogma. De otro modo, aquellas transformaciones ya indicaban mudanzas en los conceptos de las verdades reveladas. Una lectura de los nuevos teólogos, tenidos como portavoces del Concilio evidencia como, de hecho, en ciertos medios canónicos las palabras, con que se enuncian los misterios de la Fe envuelven conceptos totalmente diversos de los que constan de la teología tradicional.
.
Importancia de la filosofía escolástica
..
La Exhortación de Pablo VI habla de la dificultad de obtener la renovación del ropaje, en que se transmitiesen a los hombres de hoy los misterios de Dios. Y reconoce que fueron las nuevas expresiones para las verdades de Fe que trajeron la angustia de las inseguridades, ambigüedades y dudas. Como fueron los nuevos términos que facultaron, a los fautores de una nueva Iglesia, la difusión de una concepción nueva y extraña de la religión cristiana.
.
Es de San Pío X la afirmación de que el abandono de la escolástica, especialmente del tomismo, fue una de las causas de la apostasía de los modernistas (Encíclica "Pascendi"). Después del Concilio Vaticano II, retorna a los medios católicos el mismo error, la misma ojeriza contra la filosofía que León XIII llamó "singular presidio y honra de la Iglesia" (Encíclica "Aeterni Patris").
.
De hecho, uno de los sofismas de los teólogos del nuevo cristianismo es acusar de aristotelismo la formulación dogmática tradicional, cuando la Iglesia no debe estar enfeudada a ningún sistema filosófico. Acrecientan que semejante formulación fue útil y válida en su tiempo, o sea, dentro del ambiente cultural de la Edad Medía. Hoy, sin embargo, en un medio cultural totalmente diferente, ya no tiene valor. Antes es nociva. Impide el progreso de los fieles, y es responsable por la descristianización del mundo actual. La Iglesia, si quisiere revivir, si quisiere conservar su perennidad, debe abandonar las fórmulas antiguas y adoptar otras, de acuerdo con la filosofía de hoy, el pensamiento y la mentalidad contemporáneos. Solo así realizará el ideal propuesto por Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. Y, para no ser tenidos como negligentes en su papel de teólogos, pasan a la aplicación del principio que por ellos vimos establecido, y a las verdades reveladas van dando formulaciones, dentro de la concepción da filosofía contemporánea.
.
La falacia no es nueva. En la Antigüedad, no hicieron otra cosa los gnósticos que alteraron la Revelación para encuadrarla dentro de la filosofía neoplatónica; en el siglo pasado, fue el hegelianismo que desvarió a ciertos teólogos católicos. Los de la nueva Iglesia desean servir al marxismo, existencialismo y a las demás filosofías antropocéntricas, que pululan en la angustia intelectual, característica de nuestra época.
.
El vigor del tomismo
.
El engaño, amados hijos, de los mentores del nuevo cristianismo está no olvido en que dejan una verdad de sentido común, sin a cual es inexplicable el conocimiento, imposible la ciencia y la propia vida humana. Semejante verdad de sentido común está en la base de toda filosofía, que no sea mera construcción arbitraria del espíritu. Consiste en la persuasión de que el conocimiento es determinado por el objeto externo. El es verdadero, cuando aprehende la cosa como ella es; y es falso, cuando desentona de la realidad. Pueden variar los sistemas filosóficos. Ellos serán más o menos verdaderos, en la medida en que sus conclusiones atiendan al principio de sentido común arriba enunciado.
.
En el acatamiento a semejante principio, encuentra el tomismo todo su vigor. Lo remarca León XIII, cuando dice que el tomismo es una filosofía "solidamente firmada en los principios de las cosas" (Encíclica "Aeterni Patris"). O sea, no es sistema arbitrario, fruto de la imaginación o creación subjetiva del filósofo. Muy al contrario, la filosofía tomista, se inclina sobre la realidad, para aprehenderla como ella es.
.
Cuando enuncia sus dogmas, sirviéndose de los termos usuales en la escolástica, la Iglesia no lo hace porque tales expresiones sean de un sistema filosófico particular, sino porque pertenecen a la filosofía de todos los tiempos.
.
Relativismo religioso y modernismo en los teólogos de la nueva Iglesia
.
Ya no proceden del mismo modo los teólogos de la nueva Iglesia. No están ellos atentos a la realidad, cuya expresión puede variar desde que, por tanto, la presente como ella es. Lo que ellos desean es satisfacer la mentalidad moderna. Para ellos, la actualización de la Iglesia está en la adaptación de su doctrina a esa mentalidad. Y como el hombre moderno formó su pensamiento en un ambiente cultural todo volcado a las apariencias, a los fenómenos, y, más allá de eso, a eso a la metafísica, a Iglesia para no zozobrar, dicen los nuevos teólogos, precisa acomodar su doctrina a semejante manera de pensar. No se percibe como tal actitud pueda huir al error modernista, según el cual, el dogma evoluciona de un a otro sentido, de acuerdo con las necesidades culturales de la época en que es enunciado.
.
Inmutabilidad y desarrollo de la verdad revelada
.
Recordemos que la verdad revelada se comunica al mundo en lenguaje humano. Tal lenguaje, aunque inadecuado, no es mero simbolismo; debe decir, objetivamente, lo que es el misterio de Dios, aún que no manifieste su riqueza inagotable.
.
Esta es la razón por la que las fórmulas dogmáticas no pueden evolucionar cambiando de significado. La fe, una vez transmitida, dice San Judas Tadeo, lo es "una vez por todas" (vers. 3). Ella es inmutable e invariable. No padece adiciones, substracciones, o alteraciones. Puede esclarecerse, no puede transformarse. Es como un ser vivo que se desenvuelve y se perfecciona, sin embargo, en la misma naturaleza, que hace que el individuo sea siempre el mismo.
Importancia de las fórmulas dogmáticas tradicionales
.
Por eso, es de suma importancia mantener las fórmulas que, constituidas en la Iglesia, bajo la asistencia del Espíritu Santo, la Tradición, y los Concilios fijaron, para expresar con exactitud el concepto revelado. Semejante lenguaje dogmático puede sufrir alteraciones accidentales, no puede ser modificado del todo en todo.
.
Ahora bien, a lo que, bajo el signo del "aggiornamento", asistimos después del Concilio, en varios medios católicos, es el menosprecio tanto de las costumbres como de las fórmulas tradicionales. Demos otro ejemplo.
.
El Concilio de Nicea, después de años de luchas contra los arrianos, fijó, en la Palabra Consubstancial, el concepto de la unidad de esencia de las Tres Personas Divinas. Hoy, en ciertos medios católicos, aquel término es conscientemente abandonado. De ahí, la incertidumbre, la duda que el Papa lamenta sobre los dogmas da Santísima Trinidad y del Divino Salvador. El Concilio de Trento, contra el simbolismo protestante, consagró el vocablo transubstanciación, para indicar el cambio total de la sustancia del pan y de la sustancia do vino en el Cuerpo y en la Sangre de Jesucristo. Semejante palabra nos da la idea de lo que ocurre, objetivamente, sobre el altar, no momento da consagración de la Santa Misa, y nos asegura la presencia real y substancial de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, inclusive después de terminado el Santo Sacrificio. Como término aristotélico, que no condice con las corrientes filosóficas actuales, la Palabra transubstanciación es rechazada por los teólogos de la nueva Iglesia. La substituyen por otra - "transignificación'; "transfinalización" - dando razón a la afirmación del Papa de que se pone en duda el "misterio de la Santísima Eucaristía y de la Presencia Real" (p. 99). En el orden práctico, se eliminan las señales de adoración, de respeto al Santísimo Sacramento, como la Comunión de rodillas, con velo, la bendición del Santísimo, la visita al Sagrario etc.
.
Subversión doctrinaria
.
Se la Palabra muda, y no es sinónima, naturalmente también el concepto se modifica. Están en este caso los nuevos termos de los teólogos "aggiornati", cuya consecuencia es un terremoto para la propia Fe. Es lo que la nueva terminología, de hecho, introduce una nueva religión. No estamos más en el Cristianismo auténtico. Además, las innovaciones no quedan apenas en cambio de palabras. Van más lejos. En la realidad, excitan una subversión total en la Iglesia. Como la filosofía moderna sobrestima al hombre, a quien hace juez de todas las cosas, la nueva Iglesia establece, como decimos, la religión del hombre. Elimina todo cuanto pueda significar una imposición a la libertad o una represión a la espontaneidad humanas. Desconoce, así, la caída original y extenúa la noción de pecado. No comprende "el sentido de la renuncia evangélica" (p. 105), y propugna una religión natural con base en las experiencias "psicológicas y sociológicas" (p. 99).

III

Remedios para el mal: fidelidad a la Tradición

a. INDICACIÓN DE PABLO VI
.
Como causa del aturdimiento que sufren los fieles angustiados porque ya no tienen más certeza sobre lo que deben creer y sobre como han de actuar, Pablo VI apunta el abandono de la Tradición. De donde, el antídoto a tan profunda crisis de lenguaje, pensamientos acción, solo lo encontramos en la fidelidad a la Tradición.
3
El Documento de Pablo VI insiste sobre este punto. Las actuales circunstancias, dice el Papa, exigen de nosotros mayor esfuerzo, para que "la Palabra de Dios llegue a nuestros contemporáneos, en su PLENITUD, y para que las obras realizadas por Dios les sean presentadas SIN ADULTERACIÓN, y con la intensidad del amor a la verdad que los salve" (p. 98 - mayúsculas nuestras). Tan noble incumbencia solo es exequible mediante la fidelidad a la "Tradición ininterrumpida que une (nuestro cristianismo) a la Fe de los Apóstoles" (p. 99). Debe pues, cada Obispo, en su Diócesis, estar atento por que los nuevos métodos "no lleguen a traicionar nunca la verdad y la CONTINUIDAD de la doctrina de la Fe" (p. 101 - señalado nuestro). Por lo demás, todo el trabajo de los teólogos debe ser en el sentido de la "fidelidad a la gran corriente de la Tradición cristiana" (p. 102). Por cuanto "la verdadera Teología se apoya sobre la Palabra de Dios inseparable de la Sagrada Tradición como sobre un fundamento perenne" (p. 103).
3ne
En resumen, Pablo VI sintetiza (p. 18) la norma del Magisterio Eclesiástico en la Palabra de San Pablo: "aún que alguno - nosotros o un Ángel bajado del Cielo - vos anunciase un evangelio diferente del que hemos anunciado, que sea anatema (Gal. 1, 8), y prosigue el Papa: "No somos nosotros, en efecto, que juzgamos la Palabra de Dios: es ella que nos juzga y que pone en evidencia nuestros conformismos mundanos. La flaqueza de los cristianos, inclusive la de aquellos que tienen la función de predicar, no será jamás, en la Iglesia, motivo de endulzar el carácter absoluto de la Palabra. Nunca será lícito quitar el filo de su espada (cf. Heb. 4, 12; Apoc. 1, 16; 2, 16). A la Iglesia nunca le será permitido hablar de modo diverso del de Cristo, de la santidad, de la virginidad, de la pobreza y la obediencia" (p. 101).
ne
b. EJEMPLO HISTÓRICO: NESTÓRIO Y LA SANTA MADRE DE DIOS
ne
Las palabras del Papa no podrían ser más claras, ni más incisivas, como taxativas son las palabras del Apóstol citadas por él. Por lo demás, no pasan de ser un eco de la manera de actuar de la Iglesia, bajo el impulso vivificante del Espíritu Santo. Es hecho largamente comentado en toda formación religiosa, lo ocurrido con Nestório, Patriarca de Constantinopla. Lo transcribimos, aquí, según lo narra D. Prosper Gueranger, en su conocida obra "L'Année Liturgique", al comentar la fiesta de San Cirilo de Alejandría, el 9 de febrero: "En el propio año de su elección al trono episcopal, en el día de Navidad de 428, aprovechando la gran multitud que se aglomeraba en la Basílica Catedral, desde lo alto del pulpito, Nestório pronunció esta blasfemia: Maria no dio a luz a Dios; su hijo no era sino un hombre, instrumento de la Divinidad. Un estremecimiento de horror recorrió la multitud, y un lego, Eusebio, se levanto del medio del pueblo y protestó contra la impiedad. Toda la Historia, ates hoy, se regocija con esa actitud. Ela salvó la fe de Bizancio".
.
c. NORMA GENERAL
.
D. Gueranger da, entonces, el principio general: "Cuando el Pastor se muda en lobo, pertenece en primer lugar, al rebaño defenderse. Normalmente, sin duda, la doctrina desciende de los Obispos al pueblo fiel, y los súbditos, en las cosas de la Fe, no deben juzgar a sus Jefes. Hay, sin embargo, en el tesoro de la Revelación, puntos esenciales, cuyo conocimiento necesario y guarda vigilante todo cristiano debe poseer, en virtud de su título de cristiano. El principio no muda, ya se trate de creencia o procedimiento, de moral o de dogma. Traiciones como la de Nestório son raras en la Iglesia; no así el silencio de ciertos Pastores que por una u otra causa, no osan hablar, cuando la religión está comprometida. Los verdaderos fieles son los hombres que extraen de su Bautismo, en tales circunstancias, la inspiración de una línea de conducta; no los pusilánimes que, bajo el pretexto especioso de sumisión a los poderes establecidos, esperan, para ahuyentar al enemigo, o para oponerse a sus empresas, un programa que no es necesario, que no les deber ser dado”.
.
d. LA IMPORTANCIA DE LA TRADICIÓN
.
Quisimos ilustrar el criterio recordado por Pablo VI, debido a la importancia especial que asume en los días que corren, como es notorio a quien observa lo que se pasa en ciertos medios católicos. Por lo demás, es tal el valor de la Tradición, que inclusive las Encíclicas y otros Documentos del Magisterio ordinario del Sumo Pontífice, solo son infalibles en las enseñanzas corroboradas por la Tradición, o sea, por una enseñanza continua, a través de varios Papas y por largo espacio de tiempo. De manera que el acto del Magisterio ordinario de una Papa que choca con la enseñanza caucionado por la Tradición magisterial de varios Papas y por espacio notable de tiempo, no debería ser aceptado.
.
Entre los ejemplos que la Historia apunta de hechos semejantes, sobresale el de Honorio I. Mismo vivo, a este Papa no se le debía dar atención. Entre los que lamentaron el acto de Honorio I están el VI Concilio Ecuménico, que fue el tercero reunido en Constantinopla, y San León II, Papa, al confirmar aquel Concilio. Entre los que continuaron a enseñar las dos voluntades en Jesucristo, está el gran San Máximo, llamado el Confesor porque selló con el martirio su fidelidad a la doctrina católica tradicional.
.
e. NORMA DE ENJUICIAMIENTO PARA LAS NOVIDADES
.
Guardemos, pues, con el máximo respeto Y atención al criterio de evaluación para las novedades que surgen en la Iglesia
3
- ¿Se ajustan a la Tradición? - Son de buena ley.
.
- ¿No se ajustan, se oponen a la Tradición, o la diluyen? - No deben ser aceptadas.
.
Tradición, es seguro, no es inmovilismo. Es crecimiento, sin embargo en la misma línea, en la misma dirección, en el mismo sentido, crecimiento de los seres vivos que se conservan siempre los mismos. Por eso mismo, no se pueden considerar tradicionales formas y costumbres en que la Iglesia no incorporó en la exposición de su doctrina, o en su disciplina. La tendencia, en ese sentido, fue llamada por Pío XII "reprobable arqueologismo" (Encíclica "Medíator Dei"). Esto puesto, tomemos como norma el siguiente principio: cuando es visible que la novedad se aparta de la doctrina tradicional, es cierto que no debe ser admitida.
.
Varios modos de corromper la Tradición
.
Se puede concurrir para destruir la Tradición de varios modos. Hay, mismo, entre ellos una escala que va de la oposición abierta al desvío casi imperceptible. Tenemos ejemplo de oposición clara en las varias actitudes tomadas por teólogos, y hasta por Autoridades Eclesiásticas rechazando la decisión de la Encíclica "Humanae Vitae". De hecho, el acto de Pablo VI, deparando ilícito el uso de los anticonceptivos se insiere en una Tradición ininterrumpida del Magisterio Eclesiástico. No aceptarlo, enseñando lo opuesto de lo que prescribe, o aconsejando prácticas condenadas por él, constituye ejemplo típico de negación de una enseñanza tradicional.
.
Más sinuosa es la falacia cuando se hiere la Tradición a través de elucidaciones dogmáticas que, sin negar los términos tradicionales, de hecho, son incompatibles con los datos revelados; por ejemplo, continuar a hacer profesión de fe en el misterio de la Santísima Trinidad, pero sustituir sistemáticamente el término consubstancial por otro que no tiene el mismo significado, como la palabra naturaleza.
3
Hay igualmente contrabandos para la herejía, en las deducciones que amplían el contenido de las premisas. Así, declarar que, en virtud de la colegialidad, el Papa no puede resolver sin oír al Colegio Episcopal, es incidir en el conciliarismo que subvierte la Iglesia de Cristo.
.
Más sutiles, son los nuevos usos, especialmente en liturgia, que subrogan a los antiguos, y que no solo no están dotados de la misma riqueza, sino que insinúan otros conceptos religiosos. En Nuestra Pastoral de 19 de marzo de 1966, subrayamos la importancia que tienen los usos y costumbres, tanto en la enfervorización de la Fe, como, en sentido contrario, en el solapamiento de ésta misma fe, siempre que el procedimiento presupone, y por tanto, difunde conceptos erróneos sobre las verdades reveladas.
.
Evidentemente, la responsabilidad personal que hay en esas varias maneras de contestar a Tradición no es la misma. Entre tanto, en las circunstancias actuales, todas ofrecen peligro a la fe, y talvez más aquellas que menos aparecen como opuestas a la Iglesia tradicional. Se sigue que se pide de nosotros cuidadosa vigilancia, no vengamos a asimilar el veneno medio inconscientemente. Si hay gente de buena fe que, por ignorancia o ingenuidad, en las novedades que va aceptando, tiene la intención apenas de obtener una nueva expresión de la verdadera Iglesia: hay también y sobretodo la astucia del demonio que se sirve de esas mismas intenciones para desgarrar los fieles de la ortodoxia católica.
.
Los falsos profetas y los nuevos Catecismos
.
En la Exhortación Apostólica, que sugiere estas consideraciones, insiste el Papa, sobre la acción de los falsos doctores, que, viviendo en medio del pueblo de Dios, corrompen la Fe y la religión. Así, dice que es "para nosotros, Obispos'; aquella advertencia que se encuentra en San Pablo: "vendrá tiempo en que los hombres ya no soportarán la sana doctrina de la salvación. Llevados por las propias pasiones y por el prurito de escuchar novedades, juntaran maestros para sí. Apartarán los oídos de la verdad y los convertirán a las fábulas" (2 Tim. 4, 3-4), y más adelante, torna Pablo VI al mismo toque de alerta, aún con palabras del Apóstol: "del medio de nosotros mismos, como ya sucedía en los tiempos de San Pablo, surgirán hombres a enseñar cosas perversas para arrebatar discípulos atrás de sí (Actos 20, 30)" (p. 105).
.
Cuando los enemigos están dentro de casa, como denuncia aquí el Papa, es sumamente necio quien no redobla la vigilancia. En la actual crisis de la Iglesia, podemos decir que nuestra salvación está condicionada al empleo de todos los medios que preserven la integridad de nuestra Fe. Por tanto, es necesaria, hoy, mayor atención para evitar las celadas armadas contra la autenticidad de nuestro Cristianismo.
.
En Nuestra Instrucción Pastoral sobre la Iglesia, del 2 de marzo de 1965, fundamentamos semejante advertencia mostrando como el espíritu modernista, infiltrado en los medios católicos, introduce entre los fieles, el relativismo y el naturalismo religiosos, subvirtiendo el dogma y la moral revelados. De la difusión de semejante espíritu se encargan, actualmente, los nuevos Catecismos. He aquí, que nos toca el deber de llamar vuestra atención, amados hijos, sobre esas nuevas obras de enseñanza y formación religiosa que, a título de fe para adultos o para el hombre moderno, destruyen la doctrina tradicional, ora por el silencio, ora por omisiones, ora de manera positiva, por concepciones contrarias a la verdad siempre enseñada por la Iglesia. Son los nuevos Catecismos el medio de inocular en la mente de los fieles la nueva religión, en consonancia con las corrientes evolucionista y racionalista del pensamiento moderno.
.
No levantamos ningún juicio sobre las intenciones de los autores de los nuevos Catecismos. No nos olvidamos, entre tanto, de que el "hombre enemigo'; o sea, el demonio, que hace todo para perder las almas, se aprovecha de las perturbaciones causadas en la Iglesia por los pruritos de novedad, y en ellas mismas insinúa los sofismas con que corrompe la Fe y pervierte las costumbres. Siendo, como son, los nuevos Catecismos instrumentos para formar, en la Religión, a las nuevas generaciones, sería ingenuo pensar que el ángel de las tinieblas no procurase servirse de ellos, para a realización de su obra siniestra. De hecho, pues, objetivamente, los nuevos Catecismos deben ser colocados, entre los fautores de la autodemolición de la Iglesia, de que habla el Papa.
.
Nunca es demás señalar la importancia del Catecismo. Y, en consecuencia, nunca será excesivo alertar a los fieles contra los textos de Catecismo que subvierten la religión de Nuestro Señor Jesucristo.
.
IV
.
La profesión de fe en las prácticas litúrgicas y religiosas
.
En su Exhortación Apostólica, Pablo VI carga la conciencia de los Obispos a que cuiden la doctrina sea transmitida pura no sólo en la enseñanza como en el ejemplo que ha de vivificar las palabras.
El Papa se refiere a los auxiliares de los Obispos en la difusión de su doctrina, su afirmación, entre tanto, comporta interpretación más amplia, una vez que, en los actos piadosos, hacemos viva profesión de nuestra fe. En otras palabras: lo que creemos con la inteligencia, eso realizamos en nuestra vida católica, especialmente en las prácticas religiosas. En sentido inverso, es por los actos cotidianos que, o alimentamos a nuestra fe, o la entibiamos, según que nuestro procedimiento se conforme con lo que creemos, o de ello se aparte.
.
Y ahí tenéis, amados hijos, toda la importancia de las prácticas piadosas tradicionales. Con ellas se nutrió la fe de las generaciones pasadas, que, con su ejemplo, nos transmitieron el amor a Jesucristo, a su doctrina y a sus preceptos. Ellas fortificaran, hoy también, nuestra fe y nos darán las energías para seguir el ejemplo de nuestros hermanos que nos precedieron en el Santo temor de Dios. En este mismo orden de ideas, debemos precaver Nuestros amados hijos, contra las prácticas religiosas, en las cuales o se encarna el espíritu de la nueva Iglesia, o se agota la adhesión a los misterios revelados. Tratándose de cuestión capital, que interesa a la salvación eterna, recomendamos vivamente a Nuestros carísimos hijos, que se mantengan fieles a los ejercicios ascéticos encarecidos por la Iglesia: meditación, examen de conciencia, actos de mortificación, visitas al Santísimo, confesión y Comunión frecuente, oración continua, y de modo especial, el rezo cotidiano del tercio de Nuestra Señora.
.
El culto a la Santísima Eucaristía
.
De modo particular, nuevamente recordamos a Nuestros amados hijos la reverencia que tradicionalmente, se debe a la Santísima Eucaristía reverencia con que hacemos profesión de fe en la presencia real y substancial del Dios humanado en el Sacramento del Altar. De acuerdo con la costumbre tradicional que según la Sagrada Congregación del culto Divino, donde existe debe ser conservada, reciban los fieles, la Sagrada Comunión siempre de rodillas, y las Señoras y jóvenes con la cabeza cubierta, y jamás se aproximen de los Santos Sacramentos en vestidos que desdicen del respeto y reverencia para con las cosas sagradas.
.
Desacralización Tengamos siempre todo respeto por el lugar sagrado. Una de las características de la Iglesia nueva es la desacralización. Ella condena los edificios propios para el culto, y desea que la religión se disuelva en la vida común del individuo. Bajo la alegación de que todo es sagrado, en la realidad, todo se reduce a lo profano. Jesucristo atendía mucho a la distinción entre lo sagrado y lo profano. Comentando el trecho de San Juan en que el Divino Maestro expulsó a los vendedores, declara San Agustín que el mal no consistía en que se vendían animales, por cuanto ilícitamente se vende lo que lícitamente se ofrece en el Templo. El mal estaba en que la venta se hacía, por mero interés, en un lugar sagrado, de sí destinado a la oración y al culto Divino (cf. in Jn. tr. X).
.
Protección y mediación de Maria Santísima
.
Señalamos, amados hijos, algunas prácticas, a través de las cuales, se procura instaurar en la Iglesia un cristianismo nuevo, distinto de aquel que Jesucristo vino a traer a la tierra. En Nuestra Pastoral de 19 de marzo de 1966, sobre la aplicación de los Documentos conciliares, señalamos el gran peligro que de tales prácticas se origina para la fe, intoxicadas, como están, por la herejía difusa que encuentra connivencia en la mentalidad relativista del mundo moderno. La situación es tan grave, el mal tan profundo, que hoy, más que en tiempos pasados, es necesario el apelo a los medios sobrenaturales de la gracia. Entregados a nosotros mismos, somos incapaces de resistir a la onda elevada por los falsos profetas, y menos aún de hacerla amainar, de modo que puedan las almas continuar serenamente en las vías de la imitación del Divino Salvador.
.
Recurramos, pues a la oración, y especialmente a la devoción a María Santísima, Señora nuestra. La Tradición es unánime en presentarla como Medianera de todas las gracias, como Madre tiernísima de los cristianos, empeñada en la salvación de sus hijos, como interesada en la integridad de la obra de su Divino Hijo. En las situaciones difíciles, en que se ha encontrado, la Iglesia nos habituó a suplicar el valioso y eficaz auxilio de la Santa Madre de Dios sea para destruir herejías, sea para impedir que el yugo de los infieles pesase sobre los cristianos. Podemos decir en que la Iglesia jamás se encontró en crisis tan grave y tan radical, como la que hoy abate sus fundamentos desde los sus primeros fundamentos. Es señal de que la protección de Maria Santísima se hace más necesaria. A nosotros nos compete hacerla real mediante nuestras súplicas a la Santa Madre de Dios. En ese sentido renovamos la exhortación que hicimos al rezo cotidiano del tercio del Santo Rosario, cuya valía aumentaremos con la imitación de las virtudes de que la Virgen Madre nos da particular ejemplo: la modestia, el recato, la pureza, la humildad, el espíritu de mortificación en la renuncia de nosotros mismos, y la caridad con que, por el buen ejemplo, como discípulos de Cristo "impregnamos de su espíritu la mentalidad, las costumbres, y la vida de la ciudad terrena" (p. 105). Confiamos que la protección de la Santa Madre de Dios nos conservará la fidelidad a la Tradición en nuestra profesión de fe y en nuestras prácticas religiosas, como en los hábitos de nuestra vida católica.
..
Seguro de que tan excelsa protección jamás nos faltará, enviamos a Nuestros celosos Cooperadores y amados hijos, Nuestra cordial bendición pastoral, en nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
....
Dada y pasada en Nuestra Episcopal Ciudad de Campos, bajo Nuestra señal y sello de Nuestras armas, a los once días del mes de abril del año de mil novecientos setenta y uno, en la Santa Pascua del Señor.
.
+ Antonio, Obispo de Campos

La boca del que tiene sentimientos humildes, habla con la verdad; el que contradice la verdad se asemeja a aquel siervo que golpeó al Señor en la mejilla. (San Marcos el Asceta "la ley espiritual")

miércoles, 25 de marzo de 2009

Mons. De Castro Mayer y el Vaticano II

Ya en 1966 se previó...
Carta Pastoral de Mons. Antonio sobre la Aplicación de los Documentos promulgados por el Concilio Ecuménico Vaticano II






Al Revmo. Clero secular y regular, a las Congregaciones Religiosas femeninas, a la Venerable Orden Tercera de Nuestra Señora del Monte Carmelo, a las Asociaciones de piedad y apostolado, y a los demás fieles de la Diócesis de Campos.
.
Salutación, paz y bendición en nuestro Señor Jesucristo
.
Queridísimos Cooperadores y amados hijos
.
.
Padres de la Diócesis manifestaron el deseo de tener, por escrito, un comentario del Prelado diocesano sobre los documentos de la cuarta y última fase del Concilio Ecuménico Vaticano II. Esperaban que el Obispo les enviase una Pastoral al respecto, como lo hiciera al presentar la Constitución de la Sagrada Liturgia y el Decreto sobre los instrumentos de comunicación social, promulgados en la segunda fase conciliar, y al explanar, en la instrucción pastoral sobre la Iglesia, la Constitución Dogmática “Lumen Gentium”, cuya discusión se concluyó en la Tercera fase del gran Sínodo, y que trata del asunto central de este Concilio Ecuménico.
.
Sucede que, en este último período conciliar, fueron promulgados nada menos que once Documentos, cada uno merecedor de estudio especial, y, en el entretanto, sintetizados todos en la Constitución “Lumen Gentium”. Así, de un lado, se hace casi imposible tratar de todos ellos en una Carta Pastoral; de otra parte, sus principios generales ya fueron expuestos en la Instrucción Pastoral sobre la Iglesia.
.
No obstante, el término del Concilio nos convida a reflexionar sobre su naturaleza y finalidad, pues así será fácil comprender los Documentos promulgados, sin incidir en interpretaciones erróneas y peligrosas. Pensamos que semejante reflexión será de gran utilidad para la formación católica y para la eficacia de un apostolado de enfervorización cristiana y de expansión del Reino de Dios en el mundo, obligaciones que incumben a todo fiel.
.
Enviamos, pues, esta Nuestra palabra de orientación a Nuestros queridísimos Cooperadores y amados hijos. Creemos con ella atender a la justa expectativa que Nos fue manifestada, y cumplir, también, Nuestro grave deber de Padre y Pastor de las ovejas que el Vicario de Cristo se dignó confiar a Nuestra vigilancia.
.
Finalidad del Concilio: renovación, adaptación, ecumenismo
.
Para comprender el Concilio Ecuménico Vaticano II, es preciso, antes de todo, tener presente la razón por la que fue convocado por el Santo Padre Juan XXIII, de venerable memoria, y continuado por el actual Papa, gloriosamente reinante, Pablo VI.
.
Según el pensamiento de Juan XXIII, el Concilio no tenía por finalidad fijar algún punto controvertido de la doctrina católica. Su razón de ser era otra. Su misión era promover una enfervorización de la vida cristiana, mediante una adhesión más plena y más intensa a la verdad revenada, espléndidamente expuesta, sobretodo por los Concilios de Trento y del Vaticano I. En segundo lugar, el Concilio debería empeñarse por que esa doctrina, sin la menor mutilación, fuese estudiada y explanada según las exigencias de nuestros tiempos. Como fruto del esfuerzo conciliar, el Papa esperaba promover aquella unidad mandada por Dios Nuestro Señor, que desea la salvación de todos los hombres mediante la adhesión a la verdad revelada.
.
Ya en su primera Encíclica, Juan XXIII habla sobre la finalidad y las esperanzas del Concilio. Se expresa, entre tanto, como por lo demás era de esperarse, de modo más explícito en la Alocución con que inauguró el gran Sínodo el 11 de octubre de 1962. Este es el tópico de su oración referente más directamente al propósito del Concilio: “El objetivo esencial de este Concilio no es la discusión sobre este o aquel artículo de la doctrina fundamental de la Iglesia (...). De hecho, para tales discusiones, no era menester un Concilio. Presentemente, lo necesario es que toda la doctrina de la Iglesia, sin mutilación, transmitida con aquella exactitud que aparece espléndidamente sobretodo en los conceptos y exposición con que la redactaron los Concilios de Trento y del Vaticano I, sea en nuestros tiempos, por todos aceptada con adhesión nueva, calma y serena; es necesario que, como anhelaron ardientemente todos los sinceros fautores del Cristianismo católico y apostólico, la misma doctrina sea conocida más amplia y más profundamente, de manera a formar las almas, impregnándolas plenamente; es preciso que esta doctrina, cierta e inmutable, a la cual se debe obsequiosa obediencia, sea investigada y expuesta del modo que nuestros tiempos exigen (...). Sin el auxilio de la doctrina revenada, en su integridad, no pueden los hombres realizar una firme y perfecta unión de las almas, unión a la cual está ligada la paz verdadera y la salvación eterna” (AAS 54, pp. 791-793).
.
El actual Pontífice, al resolver reabrir el Concilio Vaticano II, en carta al Emmo. Cardenal Eugenio Tisserant, Decano del Consejo de Presidencia del Sínodo Ecuménico, confirmó la meta conciliar establecida por su Augusto Predecesor, acrecentando, en la parte relativa a la exposición de la doctrina católica, los Concilios precedentes y el Magisterio ordinario de la Iglesia. Estas son sus expresiones: “Es necesario que la doctrina de la fe, cierta e inmutable, declarada o definida por el supremo Magisterio de la Iglesia y por los Concilios anteriores, sobretodo por el de Trento y por el Vaticano I, a la cual se debe obsequiosa obediencia, sea expuesta de manera adaptada a nuestros tiempos, para que así se torne más fácil a los hombres de nuestra época el acceso a las verdades revenadas y a la salvación realizada por Jesucristo” (AAS 55, p. 742).
.
En fin, la Constitución sobre la Liturgia, primer Documento conciliar promulgado, no su parágrafo inicial recuerda la pluriforme meta del Sagrado Sínodo: enfervorización de la vida cristiana entre los fieles; mejor adaptación a las necesidades de nuestra época, de las instituciones pasibles de cambio; fomento de todo cuanto pueda contribuir para a unión de todos los cristianos; fortalecimiento de todo cuanto pueda conducir a todos los hombres al seno de la Iglesia. (cf. AAS 56, p. 97).
.
Jerarquía de los fines. Primacía de la renovación espiritual
.
Entre los fines propuestos al Concilio Ecuménico Vaticano II, hay una jerarquía. Juan XXIII lo enunció claramente desde su primera Encíclica “Ad Petri Cathedram” (AAS 51, p. 511). El fin primordial, base y fundamento de los demás, es la renovación íntima del fiel, según el espíritu y el ejemplo de Jesucristo. De hecho, cualquier adaptación de la Iglesia a los tiempos modernos solo puede ser concebida, y fructuosamente realizada, si procede de una renovación espiritual, según los moldes fijados por el Divino Maestro. Cualquier otra adaptación no tendrá el cuño y la autenticidad cristiana.
..
Por, eso, Pablo VI puede declarar que la renovación de la vida individual, doméstica y social constituyó el “único fin del Concilio” (Motu propio “Mirificus Eventus” – ed. Typ. Vat., 1965, p. 3); y esa renovación, la entiende como un cambio íntimo, mediante la virtud de la penitencia, la frecuencia de los Sacramentos, el ejercicio de las demás virtudes cristianas, gracias al influjo sobrenatural obtenido en el Sacrificio y en la Mesa eucarísticos, la voluntad firme de imitar a Jesucristo crucificado, y el celo por la dilatación del Reino de Dios (ib., pp. 4-5).
.
Iglesia Militante
.
No obstante, la meta principal del Concilio, y fundamento de cualquier adaptación auténtica, va siendo relegada al olvido. Se acentúa más el “aggiornamento”, la adaptación a los tiempos actuales, y el ecumenismo, el empeño por la unión de todos los que se glorían del nombre cristiano.
.
En semejante hecho, percibimos la presencia del enemigo de Jesucristo, de la Iglesia, de las almas, el demonio que ronda buscando a quién devorar (cf. 1 Ped. 5,8) y anda por el mundo para perder las almas (cf. oración a San Miguel ordenada por León XIII para después de las Misas rezadas).
.
La acción del príncipe de este mundo (cf. Jo. 14,30), Queridísimos hijos, no pensemos que se haya retraído frente a la realización del Concilio Ecuménico. Antes, por el contrario. Viendo que la Iglesia se reorganiza nuevamente, y se lanza a la lucha, con mayor ardor, en la realización de la voluntad de su Divino Fundador, revigoriza él también sus huestes, se vuelve más perspicaz, más astuto, redobla sus astutos manejos para impedir el triunfo de Aquel que vino a la tierra para vencerlo (cf. Jo. 16, 33).
.
Infelizmente, uno de los grandes peligros que amenazan la salvación de las almas y la paz en el mundo es el debilitamiento de la fe en la existencia del demonio, o la negación, pura y simple, de que haya ángeles malos. Podemos considerar como gran victoria de Lucifer el haber conseguido que la sociedad actual lo ignore: los fieles por tibieza y apego a las comodidades de la vida, los demás por dejarse capturar por una concepción materialista de la existencia. En tales condiciones, el enemigo del género humano tiene una libertad de acción desconocida en tiempos pasados, de fe viva y ardiente. No sin motivo, Juan XXIII, entre los artículos del Sínodo Romano, consignó uno (art. 237) que recomienda tengan presente los fieles que el demonio, príncipe de este mundo, está continuamente actuando en el sentido de perder las almas, y de estorbar la dilatación del Reinado de Jesucristo, ya que no puede impedirlo del todo.
.
Actual estrategia del enemigo
.
Estamos, por tanto, empeñados en una lucha desigual que con la realización del Concilio Vaticano II, pasó a ser aún más ardua. En efecto, en esta batalla, para vencer, es preciso no perder de vista los ardides con que actúa el enemigo. A semejanza de las quintas columnas, es al interior que procura minar la resistencia de la Iglesia. En el caso actual, intenta fomentar largamente el programa trazado por el Concilio, vaciándole, sin embargo, el contenido. Es lo que hace, enalteciendo una adaptación de los fieles a los tiempos presentes, desligada de su imprescindible base, la renovación interna de la vida cristiana, y empeñándose por que la Iglesia se ajuste enteramente al modo de pensar y ser del mundo de hoy.
.
La advertencia es del Santo Padre gloriosamente reinante. De hecho, Pablo VI, en la alocución del 18 de noviembre del año pasado, pronunciada en sesión pública del Concilio, observó que la adaptación a nuestros tiempos, tan deseada por Juan XXIII, y meta conciliar, está siendo tomada en un sentido que importaría en la negación de la obra de Jesucristo. Estas son sus palabras: “Es este el tiempo de la verdadera adaptación, preconizada por Nuestro Predecesor, de venerada memoria, Juan XXIII, que a esta palabra no quería ciertamente atribuir el significado que algunos pretenden darle, como si fuese lícito considerar de acuerdo con los principios del ‘relativismo’, y según la mente profana, todo en la Iglesia de Dios: dogmas, leyes, estructuras, tradiciones. Por el contrario, con su ingenio agudo y firme, tenía él [Juan XXIII] el sentido de la estabilidad doctrinaria y estructural de la Iglesia, de tal forma que hacía de esa estabilidad el fundamento de su pensamiento y de su acción”. (“Osservatore Romano”, edición del 19 de noviembre de 1965, p. 1, col. 7).
.
El trecho citado muestra como el Papa está preocupado con el vaciamiento de la meta conciliar. Y notemos, Queridísimos hijos, que el Santo Padre no habla de la posibilidad de una falsa comprensión del tan anhelado “aggiornamento”; sino que llama la atención sobre la existencia de una falsa interpretación del Concilio, como si la Iglesia hubiese renunciado a la inmutabilidad de su doctrina, de su estructura fundamental, del valor salvífico de sus tradiciones, para lanzarse al mar revuelto de la evolución que desvaría a los hombres de hoy, y les hace creer que nada, absolutamente nada, hay de perenne y eterno que se imponga al espíritu humano.
.
La adaptación y el crecimiento de la Iglesia
.
La adaptación a nuestros tiempos indica ciertamente una novedad en la manera de actuar de la Iglesia, un crecimiento del cuerpo místico de Cristo; no, por eso, una renuncia al pasado, o un cambio radical. La Iglesia, de hecho, es un organismo vivo, cuya alma es el Espíritu Santo. Crece como todo organismo vivo. Pero no cambia. Es como el ser animado, que se enriquece con los años porque su naturaleza se desdobla en nuevas manifestaciones de vida, conservando, sin embargo, siempre la misma naturaleza, la misma esencia. Así, la doctrina y los preceptos confiados por Jesucristo a la Iglesia, y, como consecuencia de ellos, la parte fundamental de su modo de ser, consignado en sus tradiciones. Pueden, doctrina, preceptos, tradiciones, usos, en el decurso del tiempo, mostrar aspectos antes desconocidos. Esos aspectos, entretanto, no pueden ni siquiera implícitamente, negar la doctrina o contradecir la moral que constituyen el Depósito sagrado entregado a la guarda vigilante e infalible de la Iglesia. Pero juzgar que pueda haber una doctrina moderna, católicamente auténtica, que no florezca de la tradición, como las ramas surgen del tronco, es tener de la Iglesia una noción falsa, y rebajar las grandezas de los misterios de Dios a las miserias de las fluctuaciones humanas.
.
La doctrina del crecimiento orgánico de la Iglesia hace parte de la tradición católica. Fue admirablemente expuesta por San Vicente de Lerins, en el siglo V, en su “Commonitorium” (n. 28), y la expresión del Lerinense se volvió clásica. Repetida en todos los tratados sobre la Iglesia, fue consagrada en el Concilio Ecuménico Vaticano I (ses. III, cap. 4). Pablo VI, como no podía dejar de ser, se mantiene fiel a la misma tradición. Diríamos que el actual Pontífice se muestra hasta muy preocupado por que se conserve intacta en el mundo conturbado de hoy. El Papa del diálogo con toda suerte de personas, para ganar todos a Cristo (cf. 1 Cor. 9, 19), teme que semejante actitud apostólica venga a ser mal comprendida. Así, en su primera Encíclica, “Ecclesiam Suam”, especialmente en la segunda parte, que trata de renovación de la Iglesia, retorna varias veces sobre este punto: a hacerse no por una acomodación al modo de actuar y pensar modernos, sino por una fidelidad mayor a la austeridad cristiana, predicada por Jesucristo. Solo la imitación fiel del Divino Salvador podrá tornar al cristiano capaz de asimilar lo que de bueno se pueda encontrar en el mundo actual (cf. AAS 56, p. 626 ss.).
.
Idéntica preocupación de aliar la adaptación de la Iglesia en el mundo moderno a la renovación interior, por la asimilación de los ejemplos de Jesucristo, expresó Pablo VI en la Alocución del 18 de noviembre que arriba citamos, en la que dice el Papa cómo entiende el “aggiornamento”: “Nos pensamos – dice el Santo Padre – que la nueva psicología de la Iglesia debe desenvolverse en esta línea: Clero y fieles encontrarán magnífico trabajo espiritual a que entregarse para la renovación de la vida y de la acción, según Cristo Nuestro Señor. Y para la realización de ese trabajo, convidamos a Nuestros Hermanos y Nuestros hijos: aquellos que aman a Cristo y a la Iglesia, para que, en unión íntima con Nosotros, hagan la profesión de la verdad, según la doctrina que Jesucristo y los Apóstoles nos transmitieron. Acrecienten a esa profesión el celo por la disciplina eclesiástica y por la unión profunda y cordial que nos confirme como miembros del cuerpo Místico de Cristo” (“Oss. Rom.” Cit., p. 2, col. 1).
.
Renovación y crecimiento
.
Con la renovación profunda de la vida cristiana, se alía fructuosamente el esfuerzo por asimilar, en la tradición católica, lo que haya de bueno en el modo de ser del hombre de hoy. Fue así, asimilando lo que era pasible de integrarse en la vida cristiana, que la Iglesia actuó al evangelizar los pueblos bárbaros, y, más recientemente, las naciones aún paganas. Es así que Ella ostenta su inagotable vitalidad, su crecimiento, su capacidad de purificar y animar a la sociedad en cuyo seno se encuentra.
.
Misión que no es fácil, pues la Iglesia está envuelta, “como por ondas de un mar”, por las transformaciones continuas que afectan los pensamientos y lo íntimo de las almas, y le crean una amenaza capaz de poner en peligro la solidez de su propia estructura (cf. Enc. “Ecclesiam Suam” – AAS 56, p. 618). Esos mismos hechos llevan a mucha gente a abrazar las opiniones más singulares, como si la Iglesia debiese abandonar su misión, y adoptar modelos de vida del todo nuevos e inesperados (cf. loc. cit.). Debe, pues el fiel premunirse contra semejante tentación, empeñándose cotidianamente por una fidelidad siempre mayor a la doctrina, al espíritu y a los ejemplos del Divino Salvador, manteniendo viva en el corazón la exhortación de San Pablo: “No os conforméis con este mundo, sino transformaos con la renovación de vuestro espíritu, a fin de acertar cual es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que Le agrada y lo que es perfecto” (Rom. 12, 2).
.
No nos engañemos. Son los santos que reforman el mundo. Condición indispensable para cualquier adaptación católica auténtica es la renovación, la reforma de vida, según el Divino Crucificado. Predicamos, decía San Pablo, “Jesucristo crucificado, para los elegidos, ya sean judíos, ya griegos [esto es, de cualquier nación o categoría social], poder y sabiduría de Dios” (1 Cor. 1, 23-24). Para el individuo, como para la sociedad, fuera de Jesucristo no hay posibilidad de salvación, pues en la tierra no fue dado a los hombres otro nombre en el que alguien pueda salvarse. (cf. At. 4, 12).
.
II
.
Propended, por tanto, queridísimos hijos, en el orden práctico de las cosas, como hacer para haceros aptos a la realización de los fines queridos por el Concilio Vaticano II. Se trata de alguna empresa ardua, como podéis ver por las advertencias del Santo Padre y del Apóstol, que arriba recordamos. De otro modo, ya el Divino Maestro nos advierte contra las ilusiones de una salvación fácil, al declarar que el “camino de la vida es angosto” y que “su puerta es estrecha” y “pocos entran por ella” (Mat. 7, 14).
.
El Decreto “Apostolicam Actuoritatem”, sobre el apostolado de los laicos, promulgado en el Concilio, afirma que “en nuestros tiempos se propagan gravísimos errores que se empeñan en destruir por la raíz la Religión, el Orden moral y la propia sociedad humana: hac nostra aetate (...) gravissimi grasssantur errores qui religioni, ordini moralem et ipsam societatem humanam evertere nituntur” (cap. II, n.º 6, ad finem).
.
Los errores actuales: El relativismo
.
¿Cuáles son esos gravísimos errores?
.
El Santo Padre, en la Alocución del 18 de noviembre, habló del “relativismo”. Ya en la Encíclica “Ecclesiam Suam” señalara el mismo peligro a que estaban expuestos los fieles en el mundo actual.
.
Podemos decir que el relativismo es una de las características del modo de pensar del hombre moderno, de manera a constituir una verdadera tentación para los católicos entregados al apostolado en la sociedad de hoy.
.
De hecho, uno de los dogmas de la ciencia y de la filosofía dominantes es la evolución. Todo marcha para el frente, sin meta determinada, por eso, y sin continuidad con el pasado; antes, afirmando los nuevos pasos sobre los destrozos de lo que precedió. Como dice el Papa, nada se admite de inmutable y permanente.
.
Dogmas, preceptos, costumbres
.
Objetivos visados por el ímpetu destruidor del relativismo son, en las palabras del Santo Padre, los dogmas, las leyes y las tradiciones católicas. Podemos ver, en esa enumeración, la indicación de los grados sucesivos de la acción corrosiva a la que la filosofía moderna somete el edificio secular de la Iglesia de Cristo.
.
La Iglesia, en efecto, es un todo, uno y orgánico, cuya vida está íntegramente en la dependencia de las verdades de la fe. Son los dogmas que fundamentan la Moral, que constituyen la razón de ser de las leyes, de los preceptos. Estos, siempre en la misma línea de coherencia, dan origen a los hábitos, costumbres, tradiciones. De suerte que toda la estructura de la formación católica envuelve tres elementos: la fe, o sea, las verdades reveladas, dócilmente aceptadas; los preceptos impuestos por esas verdades, seriamente practicados; y las costumbres, la manera de ser y actuar decurrente de esos preceptos.
.
El Divino Maestro ilustró esta doctrina, comparando al fiel al hombre que construye sobre la roca. Su casa resistió a los vientos y a las tormentas porque estaba afirmada sobre la palabra de Dios vivida en la existencia cotidiana: “Aquel que oye mis palabras y las pone en práctica es semejante a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Cayó la lluvia, vinieron las inundaciones, soplaron los vientos y envistieron contra aquella casa: ella, por eso, no cayó, porque estaba edificada sobre la roca” (Mat. 7, 24-25). al contrario, el hombre que abandona los principios, las ideas, las verdades de la fe, queda entregado al sabor de las pasiones que, como arena movediza, causan la ruina del edificio construido sobre ellas: “Pero, aquel que oye mis palabras y no las pone en práctica es semejante a un hombre insensato que construyó su casa sobre la arena. Cayó la lluvia, vinieron las inundaciones, soplaron los vientos y envistieron contra aquella casa, y cayó y grande fue su ruina” (Mat. 7, 26-27).
.
Los dogmas son el fundamento de la vida cristiana. Vaciado su contenido por el relativismo de la filosofía moderna, se desarticula la Moral. No habiendo solidez en los principios, las normas del comportamiento quedan sujetas a los caprichos de las pasiones. Y estas crean el ambiente a su imagen y semejanza.
.
Importancia del ambiente
.
Como hay una articulación lógica entre los elementos constitutivos de la mentalidad católica, se puede, a través de uno, conocer los otros. Así, a fe en la providencia genera el despego de los bienes terrenos; la manera como se presenta un fiel manifiesta la convicción íntima de su dignidad de hijo de Dios; la condescendencia mayor o menor con los usos y costumbres sensuales de la sociedad de hoy denuncia el grado de aprecio en que la persona tiene la santa virtud; como la fluctuación, sin motivo y sin resistencia, al sabor de la moda es señal de carencia de convicciones, de falta de personalidad.
.
En el conjunto de los elementos constitutivos de la formación católica, no hay duda de que el dogma tiene primacía. En el orden práctico, entretanto, especialmente en el apostolado, la manera de ser, de presentarse, de actuar tiene singular importancia.
.
La Escritura nos dice que “por el semblante se reconoce un hombre, por el su aspecto se reconoce un sabio. Los vestidos del cuerpo, la risa de los dientes y el modo de andar de un hombre dicen lo que es” (Ecli. 19, 26-27). Si es por los vestidos, por la sonrisa, por el andar, que se reconoce a un hombre sensato, es igualmente por su modo de ser que irradiará en torno de sí un ambiente sensato. La manera habitual de ser viene a constituir el elemento más eficaz para hacer triunfar una idea, para llevarla a impregnar una sociedad, sin que esta a veces lo perciba.
Son esos hábitos, al lado de otras pequeñas cosas, que crean el ambiente propicio para germinar la simiente de una doctrina. Hace muchos años atrás, hubo en San Pablo una exposición de arte moderna que constituyó un éxito singular para sus promotores, por el número de visitas y ventas con que contó. Remarcaba, en la ocasión, un comentarista que a exposición tuvo un éxito social mucho mayor que el comercial. Pues mucha gente de tradición llevó para su casa cuadros de los pintores modernos. No, evidentemente, para tirarlos en una bodega. Sino, para exponerlos. ¿Donde? En una sala adornada ya con el retrato al óleo de algún antepasado, con la nobleza y la austeridad de los antiguos. Después de algún tiempo, la dueña de la casa percibirá la imposibilidad de mantener juntas dos pinturas tan discordantes. Y... el antepasado se alojará en la bodega. La sala, con eso, habrá cambiado de ambiente. Pasará a permitir lo que antes la censura muda de la austeridad antigua, irradiada por el retrato del antiguo jefe de familia, hacía inadmisible.
.
Nadie negará el valor a esa conclusión. Son las pequeñas cosas que crean los ambientes. No solamente las inanimadas, como en el ejemplo anterior, sino principalmente la manera de ser de las personas que o se conforman con el ambiente en que viven, o contribuyen a formar un ambiente nuevo. La sabiduría antigua resumía ese mundo de imponderables en el famoso adagio: “Verba volant, exempla trahunt”.
.
La Herejía difusa
.
No es necesario observar que el “príncipe de este mundo” de eso tiene conocimiento perfecto, y podemos anticipar que es a través de los ambientes que ejerce su dominio sobre su principado, especialmente en los días que corren.
.
De hecho, el tiempo de las herejías claras pasó. Ellas hicieron el mal que el sembrador de la cizaña deseaba causar: dividieron el campo del Padre de familia. Ahora se trata de infeccionar la parte sana. Es necesario actuar con astucia. No ostentar lo horrendo de la cara; sino disimularla, de suerte que no sea desde el principio percibida. Es lo que obtiene por medio de la herejía difusa, que sin concretizarse en proposiciones explícitas, está subyacente y operante en la manera de ser del común de los hombres de hoy, y, a través de la sociedad, se infiltra en los medios católicos.
Es patente que la herejía difusa, que impregna el ambiente moderno, hace aún más ardua y casi neutraliza la acción de la Iglesia. Por lo mismo que es difusa, es difícil precisarla en contornos bien definidos que faculten descargar sobre ella el argumento claro que convence la inteligencia, y mueve la voluntad a detestarla. Y hoy, un pacifismo generalizado, en el cual hay una idiosincrasia no solamente con relación a las guerras sangrientas, sino a cualquier divergencia más puntiaguda, ocasiona, a gran escala, la propagación de la herejía difusa que actualmente es el mayor obstáculo a la implantación del Reino de Jesucristo en la sociedad. Creemos no errar viendo una alusión a la herejía difusa en el trecho de la Encíclica “Ecclesiam Suam”, en que el Papa describe la Iglesia envuelta como por ondas del mar que Le ponen en peligro las propias estructuras, y llevan a mucha gente a pensar que Ella deba abandonar su misión, para ajustarse a modos de ser bizarros, de todo inesperados. (cf. AAS 56, pp. 617-618).
.
Convergencia entre la herejía difusa y la mentalidad del hombre actual
.
La existencia de la herejía difusa, y su concordancia con la mentalidad del hombre de hoy, son atestadas por teólogos de las corrientes más diversas, y, por eso mismo, autónomos entre sí.
Así, el boletín de la “Fraternité de la Très Sainte Vierge”, que se publica en Atenas, Grecia, en su número de septiembre de 1962, nos habla de la “amplia ola de herejía difusa en la Iglesia”, que habría “aumentado mucho en los últimos años”, como fruto de un deseo desordenado de “interminables adaptaciones de lenguaje y conceptos a los criterios naturalistas e históricos, a la relatividad fundamental de la filosofía profana”, las cuáles terminaron en la formación de una mentalidad errónea que, “sin atacar directamente las formulas dogmáticas, tiende a transformar el misterio de la Encarnación y de la Iglesia, y a desviar la esperanza de la Eternidad hacia la historia” (apud “Sanctifier”, octubre de 1965, pp. 6-7 – señalados nuestros). Más adelante continúa el mismo boletín: “Esta alianza en el error, que surge en todos los campos, prueba que no se trata de una cuestión de ideas, sino de un impulso de liberación, de rompe de grillos, de un deseo de libertad profana y de un deseo de reconciliación, a cualquier precio, con la naturaleza corrompida, pero sin la cruz; fue este impulso de rebelión que permitió la invasión general del evolucionismo y del relativismo que terminan por introducir en la Iglesia una especie de fenomenología cristiana” (ib., p. 7).
.
Los mismos conceptos, la misma verificación de la herejía larvada y de una concordancia entre esa especie de herejía y las aspiraciones del hombre moderno vamos a encontrar, expresados de modo más explícito en un teólogo reconocido como de los medios progresistas. Carlos Rahner, jesuita alemán, en su obra “Was ist Haeresie”, así describe la situación de la Iglesia frente al mundo moderno: “... El hombre de hoy vive en un espacio existencial (...) determinado por actitudes, doctrinas, tendencias que deben ser calificadas como heréticas contrastando con la doctrina evangélica. No es preciso que toda esa masa herética, de que el espacio existencial de todo hombre está influenciado, llegue necesariamente a objetivarse en proposiciones teoréticas. Semejante cripto-herejía está viva inclusive en la Iglesia (...). ese tipo de herejía (que no tiene necesidad, para existir, de ser temáticamente explícito) puede encontrarse en todos los miembros, aún en los representantes de la dirección jerárquica”. Significa Rahner con estas palabras que el veneno de la herejía larvada es tan sutil que puede infiltrarse aún en los miembros de la Jerarquía Eclesiástica. Continúa el teólogo jesuita: “El carácter implícito de la herejía latente entre los propios miembros de la Iglesia encuentra un extraño aliado en el hombre de hoy”.
.
Neomodernismo
.
Iguales consideraciones llevaron al teólogo suizo, Cardenal de la Santa Iglesia, Charles Journet a escribir en 1965 que “la crisis actual es ciertamente más grave que la del ‘modernismo’”. No estaría fuera de la verdad quien afirmase que la crisis actual, esencialmente, no difiere de la crisis modernista, pues es el mismo relativismo modernista que se volvió más actuante, que penetró más profundamente en los espíritus de hoy. “un día, acrecienta el mismo Emmo. Cardenal, los fieles despertarán y tomarán conciencia de que fueron intoxicados por el Espíritu del Mundo” (apud “Sanctifier”, octubre de 1965, p. 6).
.
El papel de los modernistas en la herejía difusa
.
Podríais preguntar, queridísimos hijos, cómo fue que se creó semejante situación para la Iglesia en la sociedad moderna.
.
San Pió X, en el Motu propio “Sacrorum Antistitum”, de 1.º de septiembre de 1910, declara que, inclusive después de la condenación, los modernistas continuaron a agruparse y a reunir adeptos en sociedad secreta (cf. AAS 2, p. 655). El fin del pontificado del gran Santo y la primera guerra mundial impidieron una acción más eficaz contra la difusión del espíritu modernista y sus corifeos. Pudieron, pues, los modernistas, sirviéndose de sus asociaciones secretas, minar la estructura de la sociedad e infiltrarse en los medios eclesiásticos, para crear ahí el ambiente de la herejía difusa.
.
Además, la idea de una herejía larvada les pertenece pleno derecho. Fueron ellos, según testimonio de San Pió X, quienes introdujeron el sistema de las medías verdades, esparciendo sus errores como cosas desconexas, cuando hipócritamente ocultaban su pensamiento sistemático y coherente afirmado en una concepción de la Religión, de la fe, del dogma y de la Iglesia, diametralmente opuesta al depósito de la Revelación, y basada en el mismo relativismo hoy reprobado por el Magisterio eclesiástico.
.
El papel de los medios de comunicación social
.
Nada, pues, impide que culpemos a los modernistas por la actual crisis en materia religiosa. Ni contradice semejante suposición el que Pablo VI haya responsabilizado a los instrumentos de comunicación social como fautores de la difusión del aire pestilente de la herejía en la sociedad y en medios eclesiásticos. Pues, de hecho, el actual Pontífice, en Carta dirigida al Maestro General de los dominicanos, el 30 de junio del año pasado, declaraba: “en nuestros tiempos una manera secularizada y liviana de pensar y actuar, propagada por toda parte por los varios medios de comunicación social, procura penetrar hasta en el recinto de los conventos” (ap. “Itinéraires”, n.º 99, p. 91).
.
En nuestra Instrucción Pastoral sobre la Iglesia, del 2 de marzo de 1965, mostramos cómo la prensa, al acompañar la realización del Concilio Ecuménico, sirvió muy bien a los designios del modernismo, procurando debilitar en el corazón de los fieles el amor y la confianza con referencia a la autoridad y al celo del Romano Pontífice (cf. doc. cit., cap. VI).
.
Esa desobediencia es, “enfermedad particularísima de nuestra época” (Pablo VI, Carta citada), una característica de los modernistas – pueblo de cabeza dura (cf. Ex. 32, 9) – que perpetua en la tierra el orgullo de la primera desobediencia, lleva al hombre a confiar en sí mismo, lo hace olvidar el pecado original, lo sumerge en el naturalismo y le predispone el espíritu para acoger toda herejía.
.
III
.
En nuestra Instrucción Pastoral sobre la Iglesia mostramos la infiltración del espíritu modernista, en a rebelión manifiesta contra la estructura monárquica de la Iglesia, en el combate a las devociones particulares, especialmente el Rosario de la Bienaventurada Virgen María.
Nos corresponde ahora señalar como, en la aplicación de los documentos conciliares, no raramente se procura dar a esos Documentos una interpretación que choque el sentimiento religioso tradicional del fiel, dejando revolotearle en el espíritu, medio confusamente, que la Iglesia no goza de aquella infalibilidad que para él fue siempre una base segura de su fe.
“Salvo derecho particular, manténgase el uso del latín en los ritos latinos” (Const. “de Sacra Liturgia”, 36, § 1)
.
Obsérvese, por ejemplo, lo que se pasa, en muchos lugares, con la aplicación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia en lo que se refiere al latín.
.
En la Iglesia Occidental y en las por fundadas esta, el latín fue siempre considerado por los fieles como lengua de la Iglesia. Veían ellos en el latín la envoltura sagrada de un misterio sagrado. En el latín admiraban la unidad de la Iglesia que congraciaba en la misma lengua a los pueblos más distantes por los usos, costumbres e idiomas. Atendiendo a todas estas razones, y a otras más que fueron expuestas en las Congregaciones generales del Concilio, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia mandó que se conservase el uso del latín en los ritos litúrgicos de la Iglesia Latina. Teniendo en vista, entretanto, el eventual beneficio de los fieles, permitió el uso del vernáculo en varias partes de los ritos sagrados, especialmente en las lecciones, amonestaciones, en algunas oraciones y cánticos (Const. “de S. Lit.” 36, § 2). Lo que vale también del Sacrosanto Sacrificio de la Misa. Manda, por eso, el Concilio que se providencie a que el fiel pueda decir o cantar también en latín las partes del Ordinario de la Misa que le competen (Const. “de S. Lit.”, 54).
.
A la vista de lo expuesto, sería normal un empeño por que los fieles se habituasen al latín, y, ahora, más de dos años después de la promulgación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, debería ser común verlos en muchos lugares ya habituados a dialogar la Misa en latín. ¿Es lo que vemos?
.
La determinación general de la Constitución, declarando que el uso de la lengua latina debe ser conservado en los ritos de la Iglesia Latina, normalmente tendría como consecuencia que, sin motivo razonable, no se emplease el vernáculo, y, de otro lado, se favoreciese lo más posible el conocimiento del texto latino de los libros litúrgicos por parte del pueblo. Lo que notamos, en muchos lugares, es una campaña para hacer olvidar el latín. En breve los fieles no tendrán más facilidad para obtener el texto latino de los ritos Sagrados de la Iglesia Latina. Pues siempre se generaliza más la costumbre de ponerles en las manos únicamente texto en vernáculo.
.
Se verifica, por lo tanto, lo inverso de lo que manda la Constitución. Según el Documento conciliar, se debería facilitar el uso del latín, pues es la lengua oficial del rito latino. En la realidad, como aplicación de esta Constitución, se dificulta el uso de la lengua oficial de la Liturgia romana. Convengamos que tal manera de actuar no contribuye para la edificación de los fieles.
.
Importancia de la parte disciplinar
.
Es verdad que estamos en campo disciplinar, donde puede haber variaciones. Sin embargo, obsérvese, primero, que el campo disciplinar no es libre. En él también nos debemos atener a las decisiones de la Santa Sede. Y la Liturgia es cosa sagrada, diremos sacratísima, por cuanto se trata de la finalidad para la que fue formada la Iglesia del Sagrado costado del Divino Redentor: la alabanza y el culto al Dios Altísimo, a la Trinidad Santísima. Por eso, nadie, ni siquiera el Sacerdote, dice la Constitución conciliar, debe osar introducir en ella modificaciones según su albedrío (Const. “de S. Lit.”, 22, § 3). Está sujeta a la Santa Sede, y, dentro de los límites por ésta establecidos, a las Conferencias Episcopales, y a los Obispos Diocesanos. En segundo lugar, es de mal espíritu, y denuncia la tendencia a sobreponer el propio juicio al de la Sagrada Jerarquía, considerar de menos las cuestiones disciplinares. En estas se manifiesta también el espíritu de la Iglesia, y, por tanto, lo que la Iglesia tiene de esencial. Podemos aplicar a tales cuestiones lo que arriba adujimos de la Sagrada Escritura sobre las relaciones entre lo exterior del hombre y sus disposiciones internas. No sin motivo, el Concilio de Trento, reconociendo sin embargo la necesidad de cuidarse de que los fieles sepan lo que se realiza sobre el altar, afirmó el uso del latín contra los innovadores del tiempo (cf. sess. XXII, cap. 8 e can. 9); igualmente por razón ponderable el reciente Concilio mantiene el latín como lengua oficial del rito latino. A su turno, algún motivo llevaba a los jansenistas a oponerse tan tenazmente a esas manifestaciones disciplinares: idioma propio para los actos litúrgicos, la presentación de imágenes en las Iglesias, multiplicidad de Misas en el mismo templo, etc. (cf. Sínodo de Pistoya).
.
Con los ejemplos tomados en la manera de actuar de los jansenistas, tocamos otros puntos que juzgamos conveniente comentar con Nuestros amados hijos, no va y sea que vengan a entender mal el espíritu del Vaticano II.
.
El canto gregoriano
.
Relacionado con el latín, está el canto gregoriano. Para muchos entendidos, este último no se ajusta al vernáculo; de donde, que la creciente substitución, en la Liturgia, del latín por los idiomas nacionales tendría como consecuencia el alejamiento progresivo del canto gregoriano. Aunque así no fuese, aunque esos entendidos se hubiesen engañado, es cierto que el canto llano va teniendo el mismo destino que la lengua oficial de la Liturgia romana. Y talvez por el mismo motivo, por el mismo gusto de novedad, o por el fondo de rebeldía contra todo lo que es consagrado por la Tradición de la Iglesia, fondo de que hablaba el Santo Padre, Pablo VI, en la Carta al Maestro General de los Dominicanos, que citamos arriba.
.
Entre tanto, la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia mantiene, en su artículo 116, la prescripción tradicional sobre la música litúrgica: “La Iglesia, dice la Constitución, reconoce el canto gregoriano como el canto propio de la liturgia romana; el cual, por tanto, en paridad de condiciones, tiene la primacía” (AAS 56, p. 129).
.
La melodía gregoriana, enseña San Pío X, contiene, en grado supremo, las cualidades de la música sacra (cf. Motu proprio “Tra le Solicitudini”, de 22 de noviembre de 1903, II), esto es, envuelve el texto litúrgico, propuesto a la inteligencia de los fieles, de manera a auxiliarlos en la devoción, y así a disponerse mejor para recibir los frutos de la gracia, obtenidos en la celebración de los Santos Misterios (ibid., I) tienen, pues, razón, aquellos que ven en el gregoriano la expresión más elevada, en el arte musical, de la espiritualidad católica. Y no sabemos como no aceptar el motivo, que esos autores presentan, para explicar la aversión al canto llano, o sea, el deseo del hombre de hoy de fabricarse una espiritualidad moderna, o mejor, una pseudo-espiritualidad, que se reputa más accesible a la masa, y lo es de hecho, porque poco se preocupa de elevar al pueblo fiel del plano de las realidades terrenas al de las verdades sobrenaturales. Tiene esa pseudo-espiritualidad, como trazo característico, ignorar la adoración. No admira que no pueda expresarse por un arte que es el propio lenguaje de la adoración (cf. André Charlier, “Grégorien et spirritualité”, en “Itinéraires”, enero de 1966, p. 130).
.
Por lo mismo que el gregoriano es el lenguaje musical de la adoración, está al alcance de todos. Es, dice San Pío X, suave, dulce y fácil de aprenderse (cf. carta al Em. Card. Vicario Respighi, del 8 de diciembre de 1903), de donde la obligación de hacerlo retornar al uso del pueblo, para que éste pueda, como antiguamente, contribuir con una parte más activa en los oficios litúrgicos (cf. Motu proprio arriba citado, II).
.
Deseamos, por tanto, que, de acuerdo con la Instrucción de la Sagrada Congregación de los Ritos de 3 de septiembre de 1958, sobre la Música Sacra y Sagrada Liturgia, n.º 26 (AAS 50, p. 640), se introduzca los domingos y días santos de guarda, en las parroquias, la Misa Cantada en gregoriano. Los Revmos. Vicarios providenciaran, a través del coro parroquial, que haya un grupo que, en medio del pueblo fiel ejecute en canto llano al menos las partes fijas de la Misa. Las partes móviles como permite la Instrucción arriba citada, pueden ser en recto tono. De esa manera el pueblo se irá habituando a las melodías gregorianas.
.
Competiéndonos, según el artículo 26 de la Constitución Dogmática “Lumen Gentium” (AAS 57, p. 32), la orientación de todo el culto público en la Diócesis, queremos que en las Misas cantadas y en las solemnes se conserve el uso del latín, para habituar Nuestras ovejas al gusto por el gregoriano.
.
El canto religioso popular
.
En el mismo asunto del canto religioso, se observa otra disposición de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia que va siendo ignorada. Es la que se refiere al canto popular. “El canto popular religioso, dice la Constitución, sea sagazmente fomentado, para que en los ejercicios piadosos, y mismo en las acciones litúrgicas, según las normas y los preceptos de las rubricas, pueda ser oída la voz de los fieles” (artículo 118). Entre tanto, la introducción de las melodías modernas, de sabor protestante, va paulatinamente expulsando la manera ya espontánea con que nuestro pueblo expresaba sus sentimientos de adoración, de acción de gracias, de penitencia o de súplica, al dirigirse a la Divina Misericordia, a la Bienaventurada Virgen María y a los Santos patronos. Estos son los cantos populares que la Constitución sobre la Sagrada Liturgia considera en su artículo 118.
.
Deseamos, pues, que se observen las prescripciones del Concilio Vaticano II, y que sean mantenidas en uso en nuestras Iglesias y capillas, nuestros cantos religiosos populares.
Piedad y vida comunitaria
.
El Concilio tuvo el gran mérito de insistir sobre el misterio de la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, realidad posta en plena luz por Pío XII, en la Encíclica “Mystici Corporis” (AAS 35, pp. 193 ss).
.
Como consecuencia, se difundió entre los fieles la conciencia de la solidaridad que hay entre ellos, como miembros que son del mismo Cuerpo. De ahí el nuevo impulso de la piedad litúrgica, propia del cuerpo Místico como tal, y de la vida comunitaria, natural entre los miembros de un mismo organismo. Y en todo eso, saludamos con alegría una nueva fuente de vida de la inagotable riqueza del misterio del cuerpo Místico, ya sea la piedad litúrgica, ya sea la conciencia de la comunión existente entre todos los hijos de la Iglesia, contribuyen para estrechar los vínculos de caridad que hermanan a todos los fieles, hecho fecundo en realizaciones de orden sobrenatural y social.
.
También aquí, no obstante, es menester estar vigilante, no se venga a ser presa de los engaños del demonio.
.
La vida comunitaria no puede ser llevada tan lejos, que prácticamente venga a anular la personalidad del fiel. Sería hacer una concesión al socialismo, llamado por Pío XII el Leviatán que, en esta segunda mitad del siglo XX, amenaza devorar las personas y las familias (cf. AAS 44, p. 792). La realidad del cuerpo Místico no destruye las características de cada individuo, la responsabilidad personal del fiel, y la inviolabilidad del alma humana en frente de cualquier autoridad terrena.
.
La vida comunitaria debe servir para aumentar las riquezas comunes existentes en la Iglesia, a fin de que cada fiel pueda, en ese tesoro, recoger nuevas energías para su santificación personal. Pues que nadie se salva en común, sino que cada uno responde, individualmente, por sus actos delante del Soberano Juez. Lo mismo en la vida en sociedad, cada cual colabora para su enriquecimiento, por el caudal de santidad personal con que hace más intensa la circulación vital en la comunión de los Santos. Pío XII, que Pablo VI declaró de suma autoridad en esta materia teológica (cf. AAS 56, p. 620), supone este hecho en toda la exposición de la Encíclica “Mystici Corporis”. Temiendo, no obstante, una falsa concepción de la unión de los fieles en el Cuerpo Místico, declara explícitamente que la unidad de la Iglesia no destruye la personalidad de éstos. En una atmósfera saturada de socialismo, conviene aducir las propias palabras del gran Pontífice: “En cuanto en el cuerpo natural el principio de unidad junta de tal manera las partes, que cada una queda sin propia subsistencia, en el Cuerpo Místico, al contrario, la fuerza de mutua cohesión, por más íntima que sea, une a los miembros de modo que conservan perfecta y propia personalidad. Más allá de eso, si consideramos la relación entre el todo y los diversos miembros en todo y cualquier cuerpo físico dotado de vida, los miembros particulares se destinan, en último análisis únicamente, al bien de todo el compuesto, al pasó que toda sociedad de hombres, considerando el fin último de su unidad, es finalmente ordenada al provecho de todos los miembros y cada uno de ellos, como personas que son” (AAS 35, pp. 221-222).
.
Socialismo en la Iglesia
.
No podemos, pues, concordar con una vida comunitaria que venga a apagar las iniciativas individuales, de tal manera que el individuo no pase de ejecutor autómata de una voluntad colectiva, que, en último análisis, no pasa de la voluntad del más hábil, ni siempre lo más próximo de la verdad y de la prudencia.
.
La Iglesia defiende la propiedad privada precisamente como atributo de la persona, que permita el ejercicio de la autonomía y de la libertad propias del individuo humano (cf. Pío XII, Disc. y Radiomess., vol. XXIII, p. 734). Por las mismas razones Juan XXIII, en la Encíclica “Mater et Magistra”, pide para los operarios, resguardada la unidad de dirección de la empresa, la posibilidad de iniciativas personales (cf. AAS 53, pp. 423-424).
.
Es obvio que semejante concepción de la vida comunitaria no se ajusta bien con la estructura jerárquica que el Divino Salvador instituyó en su Iglesia.
.
Vida comunitaria y dirección espiritual
.
Menos aún podemos concordar, amados hijos, con un exceso de vida comunitaria que pretenda resolver los casos de conciencia individuales en equipos, en los Cuáles, cada uno, delante de sus semejantes, abra totalmente los arcanos de su alma, a título de combate al individualismo.
.
Hay, en cada hombre, algo de íntegramente personal, inviolable, de lo que él no tiene obligación de de dar cuentas a los demás hombres, campo en que es libre de escoger a quien mejor lo pueda encaminar en las vías de la santificación. Un sistema, que desconozca esa realidad íntima de la persona humana, concurre no para la formación del fiel, sino para su despersonalización, por su absorción en un todo amorfo, del cual él no pasa de ser una pieza sin finalidad autónoma. Es precisamente lo que siempre intentaron hacer los totalitarismos, que sacrifican el hombre al Estado, y desconocen la dignidad personal que hay en todo individuo.
.
Sobre la indispensable piedad individual, la ascesis y la mortificación personal, como frutos y al mismo tiempo como medios de una fructuosa participación en los actos litúrgicos, no precisamos repetir aquí las advertencias que, basados en enseñanzas pontificias, hicimos, sea en Nuestra Pastoral sobre Problemas del Apostolado Moderno, de 6 de enero de 1953, sea en Nuestras Notas Pastorales sobre los Documentos conciliares promulgados el 4 de diciembre de 1963, o sea, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y el Decreto sobre los instrumentos de comunicación social.
.
En este mismo Orden de ideas se encuentra la opinión de aquellos que menosprecian las Misas rezadas particularmente, sin concurrencia de pueblo. También aquí hay resabios de jansenismo (cf. Sínodo de Pistoya, prop. 31 – D. 1531). Fue explícitamente apuntada como errónea por el Santo Padre, en la Encíclica “Mysterium Fidei” sobre la doctrina y el culto de la SS. Eucaristía (cf. AAS 57, p. 755).
.
Culto de los Santos, imágenes y reliquias
.
Pero especialmente queremos llamar la atención de Nuestros amados hijos para el culto de los Santos, de sus imágenes y reliquias. A propósito, la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia habla en los artículos 111 y 125. En el artículo 111, afirma que es de acuerdo con la tradición de la Iglesia que los Santos sean honrados sean veneradas sus reliquias auténticas y sus imágenes. Sus fiestas, sin prevalecer sobre la conmemoración de los misterios de la salvación, proclaman las maravillas operadas por Cristo en sus siervos, y presentan a nuestra imitación oportunos ejemplos. En el artículo 125, manda el Documento conciliar que se mantenga firme la costumbre de exponer en las Iglesias imágenes a la veneración de los fieles, bien que en número moderado y de manera ordenada, para no crear admiración en el pueblo, ni inducirlo a una devoción menos recta (cf. AAS 56, pp. 127-132).
.
No deja de causar extrañeza, queridísimos hijos, el modo como está siendo aplicado ese texto del Concilio en diversos lugares. Se despojaron las Iglesias de las imágenes de los santos y mismo de la Bienaventurada Virgen María, y en las nuevas que se construyen no se planea lugar para ellas.
También en este punto, advertimos Nuestros amados hijos, se insinúa objetivamente – por cuanto estamos seguros de que no hay semejante intención – una condena de la manera tradicional de actuar de la Santa Iglesia, desde los primeros siglos, cuando ya en las catacumbas se veneraban imágenes de la SS. Virgen y de los varones santos del Antiguo Testamento. Con la proscripción de las imágenes, se extenúa naturalmente el culto de los Santos, con gran perjuicio para el progreso espiritual de los hijos de la Iglesia.
.
Razón del culto de los Santos
.
De hecho, en el culto de los Santos, en la veneración de sus vidas y virtudes, tienen los fieles un gran estímulo para santificarse ellos mismos y darle gloria a Dios. Pues los Santos, como recuerda la Constitución conciliar, son expuestos por la Iglesia a nuestra veneración, explícitamente para ese doble fin. En la contemplación de sus vidas, tenemos un medio de elevarnos a Dios, cuya bondad se refleja en la virtud de los Santos. Así ellos nos sirven de medio para glorificar a Dios Nuestro Señor, consonante con la exhortación del Divino Maestro: “...vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos” (Mat. 5, 16).
.
San Agustín, entre las razones de conveniencia presentadas para la encarnación del Verbo, da esta que, por Jesucristo, Dios, trascendente e invisible, se mostró sensiblemente a los hombres (apud Billot, “De Verbo incarnato”, Roma, 1922, p. 24), para que pudieran en el Hijo de Dios humanado adorar la Omnipotencia, la Bondad y la Misericordia del Altísimo. Podemos decir que los Santos están aún más próximos a nosotros. El Hijo de Dios, hecho hombre, asumió, sin duda, nuestra carne mortal; por eso, exenta del pecado, y de las miserias que acompañan nuestra naturaleza caída y nos hacen ardua la práctica de la virtud. No acontece lo mismo con los Santos. Estos estuvieron sujetos a una naturaleza en todo igual a la nuestra. Así, “al ver sus caídas, dice San Ambrosio, los reconozco semejantes a mi enfermedad”. Por eso, ellos se hacen nuestros pedagogos, iniciándonos en el camino de la penitencia, de la mortificación que nos lleva a la imitación del Divino Crucificado. “al verlos semejantes, continúa el Arzobispo de Milán, percibo que debo imitarlos” (Apología de de lavi, c. 2, n.º 7).
.
Los Santos son, por tanto, no solamente el espejo donde contemplamos los reflejos de las perfecciones divinas, y con eso nos elevamos a glorificar al Autor de “toda dádiva buena, de todo don perfecto” (Tiag. 1, 17), como, además, el estímulo para que nosotros también nos decidamos a “recorrer la vía de los Mandamientos” (Sl. 118, 32).
.
Además, tenemos siempre en los Santos – que son heroicos en todas las virtudes – la posibilidad de encontrarse con un modelo apropiado para el momento presente, que nos ayudará a vencer las ardides tramadas por el demonio para perder las almas, en la época en que vivimos.
.
Por todo eso, los sacerdotes deben alimentar en los fieles la devoción a los Santos. Una devoción terna, familiar, por cuanto pertenecemos todos a la misma Familia de Dios, manteniendo siempre el debido respeto a los hermanos que se distinguen por esmerada virtud. Devoción sólida, que no se limite a peticiones egoístas en las necesidades, sino que sea la manifestación del amor que les dedicamos a la vista de sus virtudes, y de la confianza en su intercesión junto a Dios. El mismo Señor Altísimo nos encaminó al culto de los Santos, cuando condicionó el perdón de los amigos de Job a la intercesión del paciente Patriarca (cf. Job 42, 7 ss.), y bien así, cuando aplacó su ira contra el pueblo elegido, delante de las súplicas de Moisés (cf. Ex. 32, 11-14).
.
IV
.
Ecumenismo
.
Como era de esperarse, no hay propósito del Concilio cuya realización esté enteramente a cubierto de las insidias del demonio. Lo que se da con la adaptación, ocurre también con el ecumenismo. La unión de todos los cristianos en la verdadera fe es un ideal sublime, constituye una derrota tan grande para el Infierno, que no es posible pensar que el “príncipe de este mundo” no se haya empeñado por desviar también esta admirable meta conciliar.
.
Es lo que, como a propósito de la adaptación, sobre la falsa aplicación del ecumenismo, el Papa advirtió también a los fieles. Según despachos de las agencias telegráficas, el Santo Padre habría observado, en una de sus Alocuciones de las audiencias generales, que el apostolado junto a los hermanos separados no está exento de ilusiones y peligros. Ilusiones, por una esperanza sin fundamento, peligro por la posibilidad de, en el deseo ardiente de obtener la conversión del hereje o del apóstata, falsear el sentido de la verdad revelada, o no exponerla en su integridad. El texto transmitido por las agencias telegráficas es el siguiente: “Hay una toma de posición, también por parte de aquellos que demuestran demasiado entusiasmo, como si los contactos con hermanos separados fuesen fáciles y sin peligro, y cono si bastase no conceder importancia a las cuestiones de doctrina y de disciplina, para conseguir inmediatamente la concordia y la colaboración. Es una actitud errónea, porque puede crear ilusiones, decepciones, flaquezas y conformismos que no son provechosos para la causa verdadera del ecumenismo” (apud “O Estado de Sao Pablo”, de 23 de enero de 1966, p. 2).
.
La primera condición para un apostolado fructuoso junto a nuestros hermanos separados es huir a todo y cualquier irenismo doctrinario, aún que implícito. “La salvación de las almas – comenta el boletín de la “Fraternité de La Tres Sainte Vierge” ya citado por nosotros– de todos los hermanos separados no será nunca comprometida por una palabra de la Iglesia pronta, precisa y eterna, que no deja lugar a la duda ni a la perturbación en las almas. (...) al contrario, toadas las almas, mismo de los católicos, corren el riesgo de perderse cuando se vacila y se duda y se continua vacilando y dudando delante de la herejía”. (apud “Sanctitifier”, de octubre de 1965, p. 8).
.
Puntos de doctrina definidos
.
Con relación al apostolado Ecuménico, recordemos, queridísimos hijos, los puntos de doctrina definidos, que no pueden, por tanto, ser puestos en duda ni implícitamente, por actitudes tomadas en los contactos con los hermanos separados.
.
Según San Pablo (1 Tim. 2, 4), Dios quiere sinceramente la salvación de todos los hombres. Por eso Jesucristo murió no solamente por los fieles, como querían los jansenistas, sino por los pecados de todo el mundo (cf. 1 Jn. 2, 2). En virtud de esta voluntad salvífica universal, el Señor concede a todos los hombres la gracia necesaria para cumplir todos los preceptos impuestos por Dios. De manera que nadie se condena sin culpa propia.
.
Entre los preceptos divinos, está la obligación de ingresar en la Iglesia Católica, instituida por Jesucristo como medio único de salvación para todos los hombres. Como consecuencia, la condición del católico es esencialmente diferente de la condición del no católico. El católico, por el hecho de pertenecer a la Iglesia verdadera, no tiene motivo alguno para dudar de que esté en la posesión de la verdad. El no católico está en condición perfectamente inversa. El no está de posesión de la verdad, de manera que tiene todo motivo para dudar de su posición religiosa. Y si estuviere de buena Fe, más fácilmente será llevado a percibir la falta de fundamento para sus convicciones.
.
Estos puntos son pacíficos en la teología católica, y fueron objeto de enseñanza auténtica del Magisterio Eclesiástico. La excelencia de la condición del católico con relación al no católico, con la consecuente obligación, fue definida por el Concilio Vaticano I (cf. sess. III, cap. III y can. 6).
.
De donde, queridísimos hijos, en nuestras relaciones con nuestros hermanos separados, no nos es lícito tomar una actitud que pueda ser interpretada o en el sentido de que no estamos convencidos de que nos hayamos en posesión de la verdad y en el camino de la salvación; o en el sentido de que cualquier Religión agrada a Dios, Nuestro Señor.
.
En fin, una obligación grave de caridad nos obliga a evitar todas las ocasiones en que pueda periclitar nuestra perseverancia en la Fe y nuestra adhesión a la Iglesia Católica.
.
Normas de acción
.
Dentro de esos principios, debemos llevar lo más lejos posible nuestra caridad con los hermanos separados. Sin olvidar la condición de “separados”, esto es apartados de la verdadera Iglesia de Cristo, debemos tener presente a todo momento su prerrogativa de “hermanos”, y esforzarnos por utilizar los puntos que justifican el apelativo de “hermanos”, para llevarlos a una reflexión más profunda sobre las realidades cristianas que aún poseen, a fin de que las comprendan mejor, y perciban que ellas solo adquieren su verdadera autenticidad en la Iglesia Católica.
.
Eso en una acción directa que la Providencia podrá exigirnos con nuestros hermanos separados, donde haya un deseo sincero de amar la verdad. Por cuanto, con aquellos que se fijaron en la herejía, y la abrazan conscientemente, un diálogo fructuoso es prácticamente imposible. Podemos aún y debemos compadecernos de ellos, y con nuestras oraciones, penitencias y otras buenas obras, empeñar la misericordia divina, que los ilumine y les conceda la rectitud de voluntad, de que han menester, para llegar a la unidad auténtica del Cristianismo en la Iglesia Romana.
.
Lo que debemos evitar – salvas las necesidades de una justa y noble polémica impuesta por el interés de las almas – son las expresiones que puedan, de cualquier forma, herir a nuestros hermanos separados; eso aún cuando debamos soportar con paciencia las consecuencias de una voluntad que la herejía o el cisma hicieron más especialmente áspera con nosotros. Vale en este punto el consejo de San Pablo: procura vencer el mal con el bien (cf. Rom. 12, 21). Mismo, por eso, con los que están de buena Fe, conviene evitar la familiaridad, consonante al prudente y hoy de sobremanera oportuno consejo de S. Tomás: “para que nuestra familiaridad no de a los otros ocasión de errar” (Quodlibetum 10, q. 7, a. 1 c).
.
Conclusión
.
Os presentamos, queridísimos hijos, estas reflexiones, porque Nos parecen necesarias. Tememos, en efecto, que Nuestra incuria vos exponga a la saña del enemigo de vuestras almas, según se lee en el Profeta Isaías: “Animales de los campos, venid todos apacentaos, como también fieras del bosque. Mis guardas están todos ciegos y no ven nada; son perros mudos incapaces de ladrar, sueñan estirados, gustan dormitar [...] son pastores que nada observan” (Is. 56, 9-11).
.
Con la vigilancia a que en esta Pastoral os exhortamos, y sobretodo con la renovación de vuestro fervor en la imitación de Jesucristo, en la desconfianza de vuestras fuerzas y en la docilidad a la gracia, en la humildad y en la oración frecuente, estamos ciertos de que podréis contribuir muy eficazmente para que la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, aumente en santidad y amplíe el número de sus hijos en proporciones que dejen entrever el suspirado día en que habrá un solo rebaño y un solo Pastor.
.
Que la Virgen Santísima os preserve de todo mal y os conceda el fervor de caridad que la obra apostólica, para la cual la Iglesia os convoca por medio del Concilio Vaticano II, de vosotros exige.
Son los votos que con paternal afecto os enviamos con Nuestra Bendición pastoral, en nombre del Padre + y del Hi+jo y del Espíritu + Santo. Amén.
.
Dada y pasada en Nuestra episcopal ciudad de Campos, bajo Nuestra señal y sello de Nuestras armas, a los 19 días del mes de marzo del año de 1966, fiesta de San José, esposo de la SS. Virgen María y Patrón de la Iglesia Universal.

+ Antonio, Obispo de Campos

San Pío X

"porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas" (Enciclica Notre Charge Apostolique)