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lunes, 3 de mayo de 2010

La Deformación Litúrgica

LA VOZ DE UNO QUE CLAMA EN EL DESIERTO




Por Dom Gueranger
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A fin de dar una clara ilustración de los estragos que el movimiento antilitúrgico ha provocado, nos parece ventajoso revisar los diferentes pasos que estos pretendidos reformadores de la cristiandad han dado a lo largo de los tres últimos siglos, y presentar un sumario de sus métodos y enseñanzas sobre la «purificación» del culto divino. Nada puede demostrar mejor las razones, ni elucidar mejor las causas de la rápida extensión de las doctrinas protestantes en nuestro tiempo. Sus métodos revelan una sabiduría verdaderamente de carácter diabólico, que ha devenido en sus manos un arma sumamente efectiva capaz de producir enormes consecuencias.

1º.- La primera característica del movimiento antilitúrgico es «el odio de todo cuanto es tradicional en las fórmulas del culto divino». Es innegable que este rasgo característico está presente en las obras de todos los heréticos desde Vigilance a Calvino, y la razón de esto es simple. Deseando cada tendencia sectaria introducir doctrinas nuevas e innovadoras, invariablemente se encuentra a sí misma en directa oposición a esa LITURGIA que es la manifestación más poderosa de la Tradición, y no puede descansar satisfecha hasta que haya suprimido esta voz y destruido este repositorio de una fe anterior.

En realidad, ¿de qué manera se las han ingeniado el luteranismo, el calvinismo y el anglicanismo para establecerse y mantenerse entre sus seguidores? Han hecho esto sustituyendo los libros antiguos por otros nuevos, reemplazando las formas venerables por otras nuevas; y todo lo que deseaban se cumplió. No se permitió ninguna resistencia. La fe de las gentes comunes fue vencida sin batalla. Lutero comprendió esto con una sabiduría digna de nuestros propios jansenistas, cuando en los primeros años de sus reformas se vio obligado a mantener algunas formas exteriores del culto latino. Promulgó la siguiente regla para la misa «reformada»:

«Aprobamos y deseamos mantener el Introito en los domingos y en las fiestas de Jesucristo, Pascua, Pentecostés y Navidad. “Preferimos contundentemente que se usen enteros los salmos de los cuales están tomados los introitos”, como se hacía antiguamente, pero es más satisfactorio conformarse a la práctica presente. No criticamos a aquellos que desearían mantener también los introitos de los apóstoles, de la Virgen y de los demás santos PORQUE ESTOS TRES INTROITOS ESTÁN TOMADOS DE LOS SALMOS Y DE OTROS TEXTOS ESCRITURARIOS.»

Sin embargo, Lutero tenía un horror excesivo de los sagrados cánticos escritos por la Iglesia para expresar públicamente su fe. Sentía en ellos mucha de esa fuerza de la Tradición que él deseaba desraizar. Sabía que la Iglesia tenía derecho a mezclar su voz con las declaraciones escriturarias en sus asambleas religiosas. Sin embargo, aceptar esto le habría expuesto a él y a sus doctrinas innovadoras a los anatemas de los millones de voces que repiten la liturgia tradicional. Es por esta razón por la que el herético odia todo lo que en la liturgia no está sacado estrictamente de la Sagrada Escritura.

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2º.- Así pues, esto nos lleva la segundo principio prevaleciente entre aquellos que querrían oponerse a la liturgia tradicional, a saber: «reemplazar las formulaciones santificadas por el uso eclesiástico con lecturas sacadas de la Biblia». Encuentran en esto dos ventajas: Primera, la destrucción de la voz de la Tradición a la cual odian siempre, y segunda, un medio de sostener y de propagar sus nuevas enseñanzas a la vez de una manera negativa y positiva. De una manera negativa, silenciando aquellos pasajes escriturarios que expresan alguna oposición a los errores que ellos desean enseñar; y de una manera positiva, seleccionando cuidadosamente y tomando fuera de contexto algunos pasajes de la Escritura que, aunque hablan de un aspecto de la Verdad, no dan de ella una descripción total y completa.


 Todos saben que los heréticos a lo largo de los siglos han preferido citar la Escritura antes que aceptar las definiciones eclesiásticas por la simple razón de que esto les permite poner en boca de Dios todo lo que desean, por una apropiada selección de las frases. Además, vemos que esto les permite, a la manera de los jansenistas (para quienes esto era muy importante), mantener la apariencia de que están dentro del cuerpo de la Iglesia: cuando llegamos a los protestantes, vemos que han reducido la liturgia casi por completo a las lecturas de la Escritura, acompañadas con sermones que exponen la Biblia siguiendo unas líneas solo puramente racionalistas. En cuanto a la elección de cuáles de los libros bíblicos son canónicos, esto depende en última instancia del capricho del reformador en cuestión, quien al final decide no solamente el sentido o el significado de la palabra de Dios, sino que determina también si alguna palabra determinada ha de ser aceptada como auténtica. 
Así, Martín Lutero, a fin de apoyar su sistema de panteísmo, su doctrina de la inutilidad de las obras y de la suficiencia de la fe, acabó declarando que la Epístola de Santiago era falsa y no canónica porque solo ella hacía hincapié en la necesidad de las obras para la salvación. En todos los tiempos y bajo muchos disfraces, se trata siempre de lo mismo -el rechazo de las formulaciones eclesiásticas; solo la Escritura es válida, pero la Escritura cuidadosamente seleccionada, e interpretada más cuidadosamente todavía por la persona que desea introducir la innovación. La trampa es ciertamente peligrosa para el imprudente. Es solamente mucho después cuando uno percibe que ha caído, y que la palabra de Dios, como la espada de doble filo que mienta el Apóstol, le ha infringido graves heridas, a causa de que ha sido malversada por los hijos de la perdición.
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3º.- El tercer principio, o quizás el tercer problema, que encuentran aquellos que están implicados en reformar la liturgia, después de haber suprimido las fórmulas eclesiásticas, y después de haber declarado y proclamado la necesidad absoluta de recurrir a las palabras de la Escritura en el servicio divino, es encontrar que la Escritura no siempre se pliega a sus fines como ellos quisieran. Su tercer principio, decimos, es «corromper e introducir fórmulas múltiples y diversas suyas propias», llenas de perfidia, por las cuales las gentes son trabadas en el error aún más firmemente, y así se consolida el edificio entero de la impía reforma por todos los tiempos.




4º.- Nadie debería sorprenderse ante las contradicciones intrínsecas que la herejía presenta en su obra cuando uno conoce el cuarto principio o, más bien, la cuarta necesidad impuesta sobre el sectarismo por la naturaleza misma de su rebelión, a saber: «una contradicción habitual con sus propios principios». Y así debía ser, pues sus contradicciones internas serán reveladas a pleno día más pronto o más tarde, cuando Dios exponga su vacuidad a los ojos de las gentes que ha seducido, y también porque no se le da al hombre ser consistente, sino solo a la Verdad. Así, todos los heréticos sin excepción comienzan deseando retornar a las costumbres de los primeros cristianos. Desean suprimir de la fe todo lo que los errores y pasiones del hombre han mezclado con las puras enseñanzas originales -todo lo que ellos consideran falso e insultante para Dios. Con esto en mente podan, borran, suprimen -todo lo que cae bajo su hacha- y mientras nosotros esperamos una visión de nuestra religión en su pristina pureza, nos encontramos rodeados de nuevas formulaciones, recién salidas de la prensa, e incontestablemente humanas -porque aquellos que las han inventado están todavía vivos. Todas las sectas heréticas están sujetas a esta necesidad. La hemos visto con los monofisitas, los nestorianos y la encontramos en todas las ramas del protestantismo. En su deseo de retornar a las sendas de la «cristiandad primitiva» todo lo que ha sido transmitido desde aquellos primeros días es destruido. Entonces los reformadores se ponen ellos mismos ante aquellos a quienes han seducido y les aseguran que todo está bien, que los arrogantes papistas han desaparecido y que la religión ha retornado ahora a su carácter primitivo y esencial. Un rasgo más de estos reformadores es que tienen por la innovación un prurito absoluto. No se satisfacen con amputar las formulaciones de la Iglesia, a las cuales infaman como siendo de origen puramente humano, sino que incluso extienden sus reproches a aquellas lecturas y plegarias que la Iglesia ha sacado de la Escritura. Cambian las palabras y las sustituyen por frases nuevas. No tienen ningún deseo de orar en unidad con la Iglesia y se separan por sí mismos de ella. Es casi como si todos esos que pican y escogen las lecturas temieran que quedara algún mínimo residuo de ortodoxia.

5º.- La reforma litúrgica es abrazada por sus abogados a un mismo tiempo como una reforma dogmática -en verdad es de esta última de donde deriva la primera. Se sigue que los protestantes, separados de la Iglesia en la cual tendrían a menos creer, se encuentran a sí mismos sumamente dispuestos para «suprimir en el culto divino todas las ceremonias y todas las formulaciones que son expresivas de los misterios». Confundidos por sus dudas y cegados por su negación de todo lo que abriría la puerta a lo sobrenatural, expurgan todo cuanto a ellos les parece que no es puramente racional. Así, aparte del bautismo, los sacramentos son descritos de acuerdo con el socinianismo abrazado por sus adeptos. No más sacramentales, no más bendiciones, ni iconos, ni reliquias de santos. No más procesiones ni peregrinaciones. No más altar, sino una simple «mesa». No más sacrificio, tal como requiere toda religión, sino una «comida». No más iglesia, sino una «casa de culto», como con los griegos y los romanos. No más arquitectura religiosa, porque ya no hay nada misterioso que expresar. No más pintura ni escultura cristianos, pues ya no hay una religión viva y palpable. Y finalmente, no más poética en un culto que no está fertilizado ya por el amor y por la fe.

6º.- La supresión del elemento místico en la liturgia protestante resulta inevitablemente en «la extinción total de ese espíritu de oración que es la piedra angular esencial del catolicismo». Un corazón que está en rebelión es un corazón carente de amor, y un corazón carente de amor lo corrompe todo -incluso las expresiones más tolerables de la creencia- con una frigidez orgullosa y farisaica, y tal es, en verdad, lo que encontramos en la liturgia reformada. Uno siente casi que aquellos que recitan la liturgia protestante se congratulan a sí mismos como el publicano por no estar entre esos papistas que envilecen a Dios con la familiaridad de sus simples plegarias.

7º.- Tratando a Dios con el debido respeto, la liturgia protestante no siente ninguna necesidad de intermediarios inventados. Estas gentes consideran la invocación de la Bendita Virgen y de los santos como un insulto a Dios. «Excluyen toda esta idolatría papista que suplica a través de un intermediario lo que uno debería suplicar solo a Dios». Desembarazan el calendario de todos aquellos nombres de los hombres que la Iglesia Romana ha inscrito tan temerariamente como próximos a Dios. No tienen empleo alguno para aquellos que vinieron después de los apóstoles. Solamente los apóstoles, escogidos por Cristo y fundadores de la Iglesia primitiva, tenían a sus ojos la pura fe, libre de toda superstición y de error moral.


8º.- La reforma litúrgica, teniendo como uno de sus principios básicos la abolición de todos los actos y formulaciones místicos, «insiste sobre el uso de las lenguas modernas para el servicio divino». Este es uno de los aspectos más importantes del continente herético de estas gentes. No hay, dicen, nada secreto en el culto, y las gentes deben de comprender lo que cantan. El odio de la lengua latina es innato en los corazones de todos los que odian a Roma. Ven en ella un lazo que une a los católicos a lo largo del mundo, un arma de la ortodoxia contra todas las argucias del espíritu sectario, y un arma poderosísima del papado. El espíritu de rebelión que han abrazado les fuerza a confinarse al idioma de las gentes locales de una provincia particular o de un país específico. Sin embargo, a pesar de esto, los frutos de la reforma son siempre los mismos pues los ortodoxos, a pesar de sus oraciones en latín (que tal vez no comprendan), son más fervientes, y cumplen las obligaciones del culto con mayor celo que los protestantes. A todas las horas del día se cumple el servicio divino en las iglesias católicas. Los fieles asisten a estas plegarias, dejando sus lenguas nativas en el umbral de la iglesia, y si aparte de los sermones solo oyen esas frases misteriosas que se han mantenido desde tiempo inmemorial en los momentos más solemnes -en el Canon de la Misa- con todo no tienen ninguna envidia de la suerte del protestante cuyos oídos nunca son asaltados por palabras cuyo significado no es claro. Y mientras que las iglesias reformadas reúnen a sus rebaños de puristas cristianos solamente con gran dificultad en domingo, las iglesias romanas encuentran a sus fervientes hijos asediando constantemente sus innumerables altares. Cada día dejan su labor para venir y oír las misteriosas palabras que alimentan su fe y derraman bálsamo en sus almas. Ciertamente es uno de los golpes más certeros de los reformadores declarar la guerra a la sagrada lengua latina, pues si logran destruir su uso, todos sus objetivos se cumplirán. La liturgia, desde el momento en que pierde su carácter sagrado y es ofrecida a las gentes de una manera profanizada deviene como una virgen deshonrada. Los fieles difícilmente la encontrarán digna como para dejar por un tiempo su labor, o de abandonar sus placeres, para venir a una Iglesia donde se hable el lenguaje del mercado. Considérese la así llamada Iglesia Reformada de Francia con sus declamaciones radicales y sus diatribas contra la supuesta venalidad del clero. ¿Durante cuánto tiempo pensáis que irán los fieles a escuchar gritar a estos liturgistas de propio estilo, «el Señor esté con vosotros», y durante cuánto tiempo continuarán respondiendo «y con tu espíritu»? Trataremos más plenamente en otra parte sobre el asunto del lenguaje litúrgico.

9º.- Al suprimir de la liturgia el elemento misterioso que mantiene a la razón dentro de sus propios límites, estos reformadores no han olvidado una consecuencia importantísima, a saber: «el alivio de la fatiga y de la obligación que la práctica de la liturgia papista impone al cuerpo». No más ayuno ni abstinencia, ni más genuflexiones durante la oración. Para sus ministros, ninguna obligación de decir el oficio, o aun de decir las plegarias canónicas de la Iglesia. Ciertamente, una de las principales características de la gran emancipación protestante es «reducir el fardo del culto público y privado». Los resultados se siguen rápidamente, pues la fe y la caridad, que se alimentan de la oración, son asfixiadas. Mientras que los ortodoxos son alimentados continuamente por actos de autosacrificio respecto del hombre y para Dios, y son sustentados por las mismas fuentes inefables de donde se extrae la plegaria -plegaria, además, cumplida por el clero, tanto regular como secular, en unión con la comunidad de los fieles.


"Misa novus Ordo donde concelebra el pueblo y los sacerdotes" 

10º.- Los reformadores tienen una pavorosa facultad para discernir cuál de las diferentes instituciones eclesiásticas es más hostil a sus principios, por así decir la piedra angular del edificio católico entero. Con un instinto casi animal, han descubierto ese punto del dogma que es el más irreconciliable con sus innovaciones, «El poder del Papado». El estandarte de Lutero llevaba inscrita atrevidamente la afirmación «Odio de Roma y de sus leyes» y en esta única frase se resume la esencia de la posición reformista. Bajo esta divisa se abolan de un solo golpe todas las ceremonias y el culto de la «idolatría romana», la lengua latina, el oficio divino, el santoral, el breviario, en verdad «todas las abominaciones de esa gran ramera de Babilonia». No es en vano por lo que el Romano Pontífice hace hincapié en algunos dogmas y en algunas prácticas rituales. Así, es igualmente necesario para el reformador proclamar que estos son blasfemias y errores, y ver en ellos una tiranía y una imposición. Es así como la Iglesia luterana continúa pidiendo hasta el momento «librarnos del homicidio, de la calumnia, de la rapiña y de la ferocidad del turco y del Papa». Merecen recordarse aquí los comentarios admirables de Joseph de Maistre en su libro «Sobre el Papa», donde muestra con gran sagacidad que a pesar de las numerosas disonancias que separan a las diversas denominaciones protestantes, hay una cualidad sobre la cual están todos de acuerdo, la de ser «no romanos». Imaginad una innovación, una innovación cualquiera que sea, en materia de dogma y de disciplina y ved si es posible presentarla de una manera -no importa cuánto pueda uno probar- que no sea en esencia «no romana» o todo lo más «cuasi romana». ¿Y en conciencia, qué clase de católico podría considerarse a sí mismo como cuasi romano?.

11º.- Las herejías antilitúrgicas deben, por principio, si han de establecerse a sí mismas a perpetuidad, destruir el sacerdocio. Saben que mientras que haya un Papa, habrá un altar, y donde haya un altar habrá un sacrificio, y por consecuencia una ceremonia misteriosa. Después de haber abolido al Sumo Pontífice, tendrán que eliminar a los obispos de donde procede esa mística imposición de las manos que perpetúa la jerarquía sagrada. Solamente entonces se seguirá «ese vasto desierto presbiteral que es el resultado inevitable de la supresión del Papado». Ya no habrá más sacerdotes hablando propiamente, sino más bien conductores que son elegidos y sin consagración. ¿Y cómo puede el acto de elegirle hacer de un hombre un sacerdote santificado? Las reformas de Lutero y de Calvino solo pueden hablar de ministros de Dios; meramente hombres. Tampoco están satisfechos con pararse aquí. Sus ministros, escogidos e instalados por el laicado, llevan en sus casas de culto una vestidura de magisterio bastardo, pues son solamente laicos que asumen funciones sagradas. Todo esto resulta, por así decir, de la ausencia de la liturgia -¿y cómo puede un laico en aislado producir una liturgia?




12º.- Y, finalmente, vemos el último grado de la degradación. El sacerdocio ya no existe. La jerarquía ha muerto. El príncipe o el gobernador es la única autoridad posible dejada entre el laicado que puede ser proclamado como cabeza de la religión. Cuán natural es entonces, para estos reformadores, una vez roto el yugo espiritual de Roma, proclamar al soberano temporal como su sumo pontífice, y considerar el poder para decidir sobre materias litúrgicas como una de las «prerrogativas del rey». Ya no puede haber ningún dogma, ninguna moralidad, ningún sacramento, ningún culto, en verdad ninguna cristiandad, a menos que esté de acuerdo con las preferencias del rey. 
Ahora bien, este es un axioma fundamental de los reformadores tanto en sus escritos como en su práctica. Esta ultima característica completa la descripción y permite que el lector juzgue por sí mismo la naturaleza de esa alardeada liberación del Papado que es llevada a cabo con tanta violencia. A la larga esto sólo puede resultar en la destructiva dominación de los poderes temporales y mundanales sobre la esencia misma de la cristiandad. Ahora bien, es verdad que en el comienzo las sectas antilitúrgicas no se levantaron para adular a quienes estaban en el poder. Los albigenses, los valdenses, los wyclifianos y los husitas todos ellos enseñaban que uno debía resistir al requerimiento de los príncipes y de los magistrados con gran coraje cuando se encontraba que eran pecadores. Sostienen que un príncipe en estado de pecado ha perdido su derecho a mandar. La razón para esto es que estos heréticos temían la espada de los príncipes católicos.


 Siendo obispos sin una iglesia, tenían todo que perder frente a una autoridad en desacuerdo con ellos. Pero tan pronto como los príncipes mismos se asociaron con ellos en la rebelión contra Roma y desearon hacer de la religión un asunto nacional, y un medio de gobernar a sus súbditos, la liturgia y el dogma mismo pasaron a estar sujetos a los intereses nacionales. Y, cuando aconteció esto, estos reformadores no podían moverse con suficiente rapidez para reconocer y apoyar a esas fuerzas seculares que deseaban establecer y mantener sus teorías personales. No puede haber ninguna duda de que dar la preferencia al poder temporal sobre el poder espiritual en materia de religión es un acto de apostasía. Pero desdichadamente este no es el único aspecto del problema, pues por encima de todo, el herético debe asegurarse su propia supervivencia. Por esto es por lo que Lutero, separado como estaba del Pontífice de Roma («seducido» como estaba el Papa, según él, por todas las «abominaciones de Babilonia») no vaciló en declarar teológicamente legítimo el segundo matrimonio del Landgrave de Hesse. Es por esto también por lo que el Abad Gregorio no tuvo escrúpulos en dar su apoyo a la condena a muerte de Luís XVI, mientras que había abogado por Luís XIV y José II en sus luchas contra el Papa.

Tales son, entonces, los principales credos de los reformadores antilitúrgicos. Sus escritos son fáciles de consultar pues están ampliamente extendidos a lo largo del mundo. Hemos revelado solamente lo que ellos mismos han promulgado repetidamente. Sentimos, sin embargo, que es importante exponer con claridad estas tendencias, pues siempre es bueno comprender el error. Desdichadamente, a menudo es mucho más fácil contradecir el error que enseñar la Verdad.


Era consciente de que, en materia de fe, yo estaba dispuesta a morir mil veces para no ir contra la menor ceremonia de la Iglesia (Santa Teresa de Avila )


"Debéis trabajar con mucho cuidado y diligencia para resguardar la Fe en medio de esta gran conspiración de hombres perversos que tratan de mutilarla y destruirla.” (Encíclica Mirari Vos de Su Santidad Gregorio XVI)

martes, 10 de noviembre de 2009

Las buenas intenciones y el Infierno..

EL CAMINO DEL INFIERNO ESTÁ EMPEDRADO
DE «BUENAS INTENCIONES»
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Juan XXIII el Papa de los "Sacrificios" y aggiornamiento en favor de la "unidad" cristiana.
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«En el Evangelio leemos también que se predijo que nuestros enemigos serían más bien de nuestra familia, y que aquellos que han sido asociados primero en el sacramento de la unidad serían quienes se traicionaran unos a otros.» Epístolas de S. Cipriano LIV
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¿Por qué se han instituido todos estos cambios? Uno debe recordar que como ha dicho William Blake de un pontífice anterior:
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«Y Caifás era, a sus propios ojos, Un benefactor de la humanidad.»
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¿Qué ha conducido a hombres que presumiblemente son «sinceros» y de «buena voluntad» a romper con las tradiciones establecidas por los apóstoles, y con las enseñanzas mantenidas por la Iglesia a lo largo de las edades? ¿Qué ha inducido a los responsables a seguir las sugestiones del modernista Tyrrell al efecto de que ellos creían que lo que la Iglesia necesitaba era «una infusión liberal de ideas protestantes»? ¿Por qué el «fuerte» ha sido abandonado «incluso por aquellos que debían guardarle»?
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¡O bien los responsables tenían una fe defectuosa, o no eran ni siquiera cristianos! Con toda su «sinceridad» y su «buena voluntad», ellos, al igual que los reformadores protestantes de una época anterior, no podían morar en la santa madre Iglesia ni aceptarla como había sido siempre. Para aquellos que se habían criado en la Iglesia tradicional era perfectamente obvio que la mente y el pensamiento de la Iglesia eran diametralmente opuestos a los del así llamado «hombre contemporáneo». Los innovadores sentían que si «la Iglesia no hablaba al hombre moderno» (siendo ellos mismos el hombre moderno), era claramente la Iglesia la que estaba en falta. Imbuidos con las falsas ideas del progreso y de la evolución olvidaron que era «el hombre moderno el que no quería oír a la Iglesia». A pesar de que rechazaban el título, ellos mismos eran «modernistas» y «liberales» que buscaban introducir a la Iglesia -esencialmente una estructura «atemporal»- en el mundo moderno: no como algo adverso hacia el mundo moderno, no como una entidad cuya función era instruir y guiar al mundo moderno en los caminos de Dios, sino como una parte y parcela de ese mundo -en la «vanguardia» y al «frente» de sus desviaciones de la norma que Cristo estableció. Es precisamente en este sentido como la Iglesia conciliar ha abandonado su papel de «maestra» (magister) y se ha declarado a sí misma la «servidora» del mundo. Deseaban hacer «relevante» a la Iglesia en un mundo que había perdido toda relevancia y estaba hueco de significado, un mundo que estaba «alienado» y que había perdido de vista la única «cosa necesaria». ¿Qué es toda esta palabrería de «servir» al «mundo», sino dar al César lo que es de Dios?
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Ahora bien, si la Iglesia había de ser «cambiada» ¿qué pautas y que autoridad habían de ser invocadas? La única alternativa a la «tradición» es en último análisis el «juicio privado» -el juicio privado «colectivo» de aquellos cuyas almas habían sido corrompidas por los errores «colectivos» de nuestros tiempos. Por lo tanto Aggiornamento es el grito de guerra de los innovadores. ¿De qué modo ha de tener lugar este aggiornamento? ¿Cuáles son algunos de los principales asuntos que cruzan por el pensamiento de la Iglesia posconciliar?.
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El concepto modernista de «LIBERTAD» es a la vez supremo y básico. Llevada a su forma extrema ésta es lo que puede ser descrito como la absoluta soberanía del individuo en su completa independencia de Dios y de la autoridad de Dios. Al rechazar el principio de la autoridad absoluta en religión, el hombre moderno sostiene que todo individuo puede rechazar una parte, o todo, del depósito de la Revelación, y que puede interpretar cualquier cosa que prefiera conservar según los dictados de su juicio privado. Para el hombre modernista someterse a cualquier autoridad que sea más alta que él mismo es perder su «dignidad» como hombre. (Cualquiera que se somete así es tachado de «rígido», «chapado a la antigua», «supersticioso», «no querer ser una persona responsable» y, por encima de todo, de ser una persona «opuesta al progreso»). Ahora bien, este principio «liberal» impelido por la ley de su propia impotencia, inevitablemente da nacimiento a diferencias y contradicciones sin fin. En último análisis, está forzado a reconocer como válida cualquier creencia que surja del ejercicio del juicio privado -el dogma es reemplazado así por la mera opinión. Llega, por tanto, finalmente, por la fuerza de sus propias premisas, a la conclusión de que un credo es tan bueno como cualquier otro; entonces busca resguardar su inconsistencia bajo el falso alegato de la «libertad de conciencia».
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. El Papa Pablo VI, promotor de una unidad sin Cristo. ¿quizá por eso no porta el Crucifijo?.

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Derivándose de esta falsa idea de libertad que hace de cada hombre su propia autoridad más elevada en cuanto a la determinación de la Verdad, está la aseveración de que todos los puntos de vista religiosos son igualmente buenos. ¡Ciertamente, está claro que un hombre que con la excusa de la libertad racional tiene derecho a repudiar cualquier parte de la Revelación que pueda disgustarle, no puede lógicamente entrar en debate con otro hombre que, sobre la misma base, la repudia toda entera! No solamente un credo es tan bueno como cualquier otro, sino que, asimismo, ningún credo es tan bueno como cualquier otro. El hombre moderno está cansado de todas las controversias religiosas subjetivas e individualistas que ha producido, y estando totalmente desinformado de los conceptos tradicionales, no puede comprender la exclusividad religiosa. Para él lo sobrenatural se identifica vagamente con lo supersticioso, la fe con la credulidad, la firmeza con el fanatismo, la intransigencia con la intolerancia, y la coherencia con la estrechez de miras. La idea misma de que una religión tenga la «plenitud de la verdad» se le aparece a la vez como incongruente y ofensiva. De aquí que sostenga no solamente que una religión es tan buena como cualquier otra, sino que todas las religiones deberían ser relegadas al «sector privado» de nuestras vidas. Todo lo que pide de su semejante es un mínimo de «sinceridad» y de «buena voluntad», y que guarde para sí mismo sus miras religiosas. El asunto mismo no ha de ser tratado «en la sociedad educada». Y estas son precisamente las ideas fundamentales para el «Movimiento Ecuménico», un fenómeno tan patentemente anticristiano que la Iglesia Ortodoxa Griega en Norteamérica se ha visto obligada a promulgar un documento advirtiendo a sus adeptos que eviten todo compromiso con esta forma de «cristiandad secularizada».
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LA APOSTASIA DEL ESTADO.
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Se sigue, además, una vez que se han aceptado las proposiciones anteriores, que ninguna religión debe sostener una posición de preeminencia en el Estado. La autoridad civil debe tratar a todas las confesiones igualmente, ya sean buenas o malas. Puesto que la posibilidad de la verdad objetiva es negada, la religión deviene todo lo más «tolerada» -cuando compite, sin embargo, con el Estado por el «control» de la mente de los hombres, entonces es descrita como estando «contra el progreso», y llamada «el opio del pueblo». La base de la autoridad del Estado civil no reside en Dios, sino en el derecho de los pueblos (la «autodeterminación») a establecer sus propias leyes con entera independencia y máximo desprecio de cualquier otro criterio que no sea la voluntad popular expresada en las urnas. Estas, a su vez, a menudo son controladas y manipuladas por fuerzas anticristianas. ¡No infrecuentemente lo que resulta es que Barrabás es libertado mientras que Cristo es crucificado!
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La idea de un «Estado católico» no solo es rechazada, sino que es vista como un «mal» que ha de ser destruido. ¡Lo que es llamativo es que tal actitud ha sido adoptada por el Vaticano II! Escuchemos a los documentos:
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«Los fieles cristianos, como los demás hombres, deben disfrutar del estado el derecho a no ser estorbados en modo alguno en cuanto a dirigir sus vidas según su conciencia. Está enteramente de acuerdo con la libertad de la Iglesia y la libertad de religión el que todos los hombres y todas las comunidades tengan este derecho otorgado a ellos como un derecho legal y civil.»
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Por esto es por lo que la jerarquía, en países católicos como España y Portugal, ha interferido activamente en la estructura política para favorecer su «liberalización» y «democratización». Y naturalmente se sigue de tales actitudes que debería haber una absoluta libertad de culto, la supremacía del Estado, la separación de la Iglesia y de Dios de la autoridad civil, la educación secular y el matrimonio civil. La iglesia post conciliar, con un «mandato del Vaticano II», está haciendo campaña activamente para promover la secularización de los países católicos, como Italia e Irlanda. Lo que resulta en el orden práctico es que los comunistas, los francmasones y los adoradores de Satán son tratados en igualdad con la divina Revelación.
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La Iglesia al servicio de los masones y sionistas. .

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También resultan otras consecuencias. En el dominio de la moralidad, no se ha de abrazar ningún valor absoluto. Lo que se considera que es de mayor conveniencia para la mayoría de las gentes (a menudo una minoría bien organizada en la práctica) es lo que el Estado legisla, un proceso que permite que abominaciones tales como el aborto y la eutanasia devengan la «ley de la tierra». Aparte de esto, la moralidad privada está limitada solamente por la necesidad de proteger a los demás de los excesos de las pasiones de cualquier otro individuo. A esta nueva panorámica moral se le hace propaganda con el título de «ética de la situación», y encontramos así que la Sociedad Teológica Católica de América afirma sin recibir ningún desmentido oficial que la homosexualidad y el adulterio pueden considerarse aceptables en la medida en que sean, siguiendo los términos seudocientíficos de la psicología moderna, «autoliberadores, enriquecedores del otro, honestos, fieles, socialmente responsables, servidores de la vida y dichosos». Aquellos que exclamarán que tal afirmación es un «abuso» deberían considerar la enseñanza del Vaticano II en la que se instruye a los fieles a:
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«compaginar los conocimientos de las nuevas ciencias y sus doctrinas y de los más recientes descubrimientos con la moral cristiana y con la enseñanza de la doctrina cristiana, para que la cultura religiosa y la rectitud de espíritu vayan en ellos al mismo paso que el conocimiento de las ciencias y de los diarios progresos de la técnica...» Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno- Gaudium et Spes
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No puede haber nunca «Alegría y Esperanza» en semejante enseñanza, como cualquiera que es una víctima de la tecnología moderna sabe bien.
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Más allá de esto, toda jerarquía en valores, en personas y en función ha de ser eliminada. (En la práctica, aquellos que están establecidos por Dios y basados en la «ley natural» son eliminados en favor de aquellos que son establecidos por una sociedad adinerada o por el Estado). Al igual que en el orden intelectual, las «cadenas» de la Revelación fueron rechazadas en nombre del «pensamiento libre» y de la «razón sin trabas», lo cual ha resultado en que algunas de las ideas más bajas conocidas por la historia de la humanidad sean aceptadas como «normales», así también en el dominio político, habiendo rechazado los reyes todo control proveniente de la «autoridad espiritual» legítima, fueron a su vez destruidos por los intereses monetarios -poderes que a su vez son nuevamente amenazados por fuerzas todavía más bajas. Un falso «igualitarismo» (todas las almas son en verdad de igual valor a los ojos de Dios) que querría hacer de los «denominadores comunes más bajos» en todos los dominios los criterios sobre los cuales hemos de basar nuestros juicios de valor está siendo impuesto a la sociedad. Así, por ejemplo, se desacredita el hecho de que un sacerdote es un hombre puesto aparte con especiales privilegios e incluso con mayores responsabilidades. Bajo el grito de «colegialidad», los obispos se entrometen en la autoridad papal. Las conferencias de sacerdotes son creadas para rivalizar con la autoridad de los obispos. Al laicado se le predica un falso concepto del «sacerdocio del Pueblo de Dios» (un tópico favorito de Lutero), el cual les permite reclamar la autoridad del clero, y la estructura «jerárquica» de los santuarios es así demolida en gran medida a fin de que en lugar de arrodillarse ante la barandilla del altar, el laicado sea invitado a «sentarse en torno» a la «mesa», a manipular los vasos sagrados y a juntarse al «presidente» en la «comida eucarística» como a un igual. Nada satisfará a las fuerzas de la rebelión hasta que el «lumpen proletariado» gobierne el mundo, y los más bajos conceptos del hombre embrutecido (como los «gulags» de Rusia, los campos de exterminio de Hitler, o la aceptación del aborto y de la eutanasia) devengan la norma estadística del pensamiento idóneo. El tema central de Satán será siempre «libera a Barrabás y crucifica a Cristo» -un legalismo perfectamente «democrático» y un ejemplo clásico de cómo una pequeña minoría es capaz de influenciar el «voto popular» para sus propios fines siniestros.
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Ahora bien, la jerarquía de la nueva Iglesia querría tener un aggiornamento con todos estos conceptos. Es verdad que no los abrazan en su forma extrema, pero se han aceptado los principios. Es un viejo sueño de la humanidad el que uno pueda jugar con fuego sin llegar a quemarse -el que Cristo y Barrabás puedan llegar a un arreglo y «coexistir», y el que uno pueda «estar en misa y repicando». El problema es que, una vez que se han aceptado los principios, las consecuencias deben seguirse inevitablemente. Aquellos que han querido «revolucionar» la Iglesia haría bien en recordar la advertencia del illuminato jacobino (francmasón) Saint Just que fue un dirigente de la Revolución francesa: «¡Quienquiera que se detiene a mitad de camino en la revolución cava su propia tumba!». Y tenemos así un mundo moderno desgarrado y caótico, un mundo que, en la fraseología del historiador, es «poscristiano»; y en la del psicólogo, un mundo que está «alienado»; un «mundo de tiburones» que anda a la caza de todo excepto de «lo único necesario». ¿Y, qué papel se deja representar a la Iglesia conciliar en un mundo semejante? Esta es la pregunta que se le plantea al modernista que querría conservar al menos la apariencia de sus raíces cristianas. La respuesta yace en la «unidad», en una humanidad dedicada al «nuevo humanismo», a una «cultura universal» actuando al unísono para edificar un «mundo mejor» en el futuro.
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La función de la Iglesia del Post Concilio es ser un «catalizador» para esta unidad -«La Iglesia es una especie de sacramento de íntima unión con Dios, y de unidad de toda la humanidad, es decir, es un signo y un instrumento de tal unión y unidad... Al final de los tiempos, ella logrará su glorioso cumplimiento. Entonces... todos los hombres justos desde la época de Adán serán congregados juntos con el Padre en la Iglesia universal». Nótese en estas afirmaciones, tomadas del Vaticano II, la ambigüedad y el milenarismo disfrazado. Continúan. Por supuesto, la Iglesia «reconoce que se han de encontrar elementos valiosos en los movimientos sociales de hoy, especialmente una evolución hacia la unidad», y de aquí que deba juntarse y alentar a todos esos «elementos», y que deba «suprimir todo motivo de división a fin de que el género humano completo pueda ser introducido en la unidad de la familia de Dios». En otras partes también se nos dan más vislumbres dentro de esta propuesta unidad. «La reciente busca psicológica explica la actividad humana más profundamente. Los estudios históricos hacen una notable contribución para llevar el hombre a ver sus cosas en sus aspectos cambiantes y evolutivos. El género humano ha pasado de un concepto de la realidad más bien estático a otro más dinámico y evolutivo... Así, poco a poco, se está desarrollando una forma de cultura humana más universal que promoverá y expresará la unidad del género humano... La Iglesia reconoce, además, que se han de encontrar elementos valiosos en los movimientos sociales de hoy, especialmente una evolución hacia la unidad, un proceso de sana socialización y de asociación en los dominios económico y cívico... Es un hecho que toca a la persona misma del hombre, el que el hombre pueda llegar a una humanidad auténtica y plena solamente a través de la cultura, es decir, a través del cultivo de los bienes y de los valores naturales... La Iglesia cree poder contribuir grandemente a hacer más humana la familia del hombre y su historia... Somos testigos así del nacimiento de un nuevo humanismo, un humanismo en el cual el hombre se define ante todo por su responsabilidad hacia sus hermanos y hacia la historia». (Todas estas citas están tomadas del Vaticano II).
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Ahora bien, todas estas afirmaciones falsifican la naturaleza y los verdaderos fines del hombre, así como la función de la Iglesia. Además, están basadas sobre una variedad de suposiciones de estrechas miras y de sociología teórica, que no tienen ninguna base de hecho, tales como el «progreso» inevitable del hombre, su carácter «dinámico» y «evolucionista», y la idea de que estamos de hecho «construyendo un mundo mejor». Sin embargo, es justamente sobre estas falsas bases donde la nueva Iglesia querría encontrar su concepto de «unidad». Como ha dicho Pablo VI «ha llegado el tiempo para toda la humanidad de unirse en el establecimiento de una comunidad que es a la vez fraternal y mundial... La Iglesia, respetando la pericia de los poderes mundanales, debe ofrecer su asistencia a fin de promover un humanismo pleno, es decir, el completo desarrollo del hombre entero, y de todos los hombres... debe ponerse a sí misma a la vanguardia de la acción social. Debe aumentar todos sus esfuerzos para apoyar, fomentar y hacer brotar esas fuerzas que trabajan para la creación de este hombre integrado. Tal es el fin que la (nueva) Iglesia tiene intención de llevar a cabo. Todos los católicos (posconciliares) tienen la obligación de ayudar a este desarrollo de la persona total junto con sus hermanos naturales y cristianos, y con todos los hombres de buena voluntad». ¿Y por qué Montini se entregó a su suerte con tales ideas? «Porque -como ha dicho él mismo en muchas ocasiones- tenemos confianza en el hombre, porque creemos en esa fuente de bondad que hay en cada uno y todos los corazones». ¡Rousseau no podría haberlo dicho mejor!
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. Juan Pablo II, el Papa del humanismo por encima de Dios.

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LA PRETENDIDA "UNIDAD CRISTIANA".
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El Papa Juan XXIII según Brian Kaiser, veía la unidad cristiana como un precursor necesario a la «unidad de todos lo hombres». Es, por así decir, el primer paso que ha de ser cumplido. Es así como los periti en el concilio, deseando destacar las similitudes en lugar de las diferencias, desarrollaron el concepto de la «comunión imperfecta».
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Las diversas comunidades cristianas que están «fuera de la comunión plena» con la Iglesia Católica deben ser integradas en ella. «Todos aquellos que creen en Cristo (nunca se especifica si como Dios o como un «dirigente honesto») y que han recibido el bautismo, están en una cierta comunión con la Iglesia Católica, aunque no en una comunión perfecta». Contienen «elementos» tales como «la Palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, las virtudes teológicas y los dones interiores del Espíritu Santo», y de aquí que «la Iglesia está vinculada con ellos por varias razones». Es ante todo con estos grupos con los que ha de establecerse la «unidad».
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Lo que se pierde de vista es que la razón por la cual los protestantes carecen de unidad «perfecta» se debe a que ellos rechazan la plenitud de la fe, y a que aceptan, en diversos grados, todo el espectro liberal de falsas ideas que hemos destacado en los párrafos precedentes. En cualquier caso, la «unidad» con los protestantes por parte de la verdadera Iglesia Católica es una pura quimera. Prescindiendo del hecho de que es el «hijo pródigo» el que debe retornar al «seno del padre», y no a la inversa, no hay dos protestantes, ni siquiera dentro de una confesión determinada, que estén plenamente de acuerdo -salvo por casualidad- sobre lo que deberían creer. Entre ellos, cada matiz, grado y variedad de creencia en la dispensa cristiana encuentra fácil acomodo. Uno casi puede hablar de una «escala deslizante» de descreimiento que encuentra su única «unidad» posible «protestando» contra la plenitud de la fe. Y, sin embargo, es para dar acogida a tales grupos por lo que la Iglesia posconciliar ha cambiado sus doctrinas y su liturgia.
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Destaquemos, además, que estos cambios han sido hechos todos en una única dirección. ¿Qué doctrina de la Iglesia tradicional han aceptado las múltiples «comunidades eclesiásticas», que anteriormente habían rechazado? Absolutamente ninguna. ¿Qué tradiciones eclesiásticas han adoptado nuestros «hermanos separados»? De nuevo, absolutamente ninguna. Y, sin embargo, véanse las muchas tradiciones que la Iglesia neoprotestante del Vaticano II ha abandonado, o si no rechazado positivamente, sí al menos permitido que caigan en desuso. ¿En qué se parece la «casa del culto» protestante a los santuarios que nosotros conocimos de niños, y en qué se distingue la Iglesia progresista posterior al Vaticano II de la de cualquier secta de la Reforma. Como ha señalado Michael Davies con respecto a los diferentes compromisos efectuados con los anglicanos: «El acuerdo sobre la Eucaristía y el Ministerio no afirma la posición católica ni en un solo punto donde esta se encuentre en conflicto con el protestantismo». Y, sin embargo, debemos admitir que se ha logrado un cierto tipo de «unidad» entre la Iglesia posconciliar y las diversas «comunidades eclesiásticas» reformadas. La razón es clara. La Iglesia posconciliar misma es una Iglesia «neoprotestante» -en realidad, es «la Iglesia de los modernistas de última hora».
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Aquellos que querrían dudar todavía sobre la naturaleza de los compromisos que se han hecho en esta dirección no tiene más que considerar las declaraciones oficiales de la nueva Iglesia. Con respecto a la liturgia, por ejemplo, Pablo VI nos dice que los cambios se hicieron por dos razones -«para ponerla en línea con la Escritura» y por «razones pastorales». Él nunca especificó personalmente cuáles fueron esas «razones pastorales», pero la respuesta puede encontrarse en otros documentos.
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Así, se afirma en la «Carta a los presidentes de los concilios nacionales de obispos concerniente a las plegarias eucarísticas», un documento oficial de la «Sagrada Congregación para el Culto Divino»:
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«La razón por la cual se ha ofrecido semejante variedad de textos (en el Novus Ordo), y el resultado final que se ha pretendido lograr con tales formularios nuevos, son de naturaleza pastoral: a saber, reflejar la unidad y la diversidad de la plegaria litúrgica. AL USAR LOS DIVERSOS TEXTOS CONTENIDOS EN EL (nuevo) MISAL ROMANO, LAS DIFERENTES COMUNIDADES CRISTIANAS, CUANDO SE REÚNEN PARA CELEBRAR LA EUCARISTÍA, SON CAPACES DE SENTIR QUE ELLAS MISMAS FORMAN LA IGLESIA UNA QUE ORA CON LA MISMA FE, QUE USA LA MISMA PLEGARIA. Además, devienen uno en su capacidad para proclamar el mismo misterio de Cristo en diferentes modos -especialmente cuando se usa la lengua vernácula.»
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Aquí está, entonces, la razón para los cambios. Es promover la «unidad» de todos los cristianos «que oran con la misma fe», y que proclaman «el mismo misterio de Cristo» en diferentes modos. El único problema es que la «fe» implicada no es la Fe católica, y que el «misterio» implicado no es el «recurrente sacrificio incruento del Calvario». Si fuera así, los «hermanos separados» devendrían simplemente católicos.
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Este clamor en pos de una falsa unidad con aquellos que rechazan la enseñanza de la Iglesia tradicional, e incluso el corpus entero de la cristiandad, este deseo de estar en la «vanguardia» de las fuerzas sociales que están creando el «nuevo humanismo», la «sana socialización» de la humanidad, y la «cultura universal» del futuro, es la razón por la cual la Misa tradicional tenía que ser suprimida y reemplazada por una parodia. Por esto es por lo que la nueva «misa» no enseña nunca claramente la doctrina de la Presencia Real. Por esto es por lo que las sectas no católicas, e incluso las sectas anticatólicas, no tienen ninguna objeción en usarla. Por esto es por lo que la prensa liberal la aprueba, y por esto es por lo que el mundo la ama.
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Todo tiene que ser sacrificado a este fin -incluso las sagradas Especies. La Eucaristía ha de devenir ahora el «Sacramento de la nueva unidad». Puede ser llamada bendición, la cena del Señor, la mesa del Señor, la memoria del Señor -pero nunca con esa ofensiva palabra de «Transubstanciación». Léase completa la Constitución Apostólica de Pablo VI sobre la nueva «misa» y se comprobará que esta palabra consagrada ¡no aparece ni una sola vez! Es así como Montini dice: «La Iglesia Católica está determinada a continuar y a intensificar su contribución al esfuerzo común de todos los cristianos en pos de la unidad...» (No los esfuerzos de los católicos en amor y caridad para hacer que los protestantes retornen a la unidad). Y es así, también, como ha expresado la esperanza de que «venga pronto el día en que la unidad de todos los cristianos sea celebrada y sellada en una Eucaristía concelebrada». Así lo exigen tanto la «vocación comunitaria» de la humanidad como la «historia de la salvación».
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Juan XXIII nos había dicho que «serían necesarios algunos sacrificios a fin de lograr la unidad». Pablo VI y la Iglesia posconciliar nos han aclarado justamente lo que son estos sacrificios. Ellos conllevan el sacrificio de lo que en esencia puede ser llamado:
«la Tradición cristiana».
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Lo que produce profundo estupor es que católicos, que sacerdotes a quienes horrorizan, según Nos queremos pensar, tales monstruosidades, se conduzcan, sin embargo, como si de lleno las aprobasen; pues tales son las alabanzas que prodigan a los mantenedores de esos errores, tales honores que públicamente les tributan, que hacen creer fácilmente que lo que pretenden honrar no son las personas, merecedoras acaso de alguna consideración, sino más bien los errores que profesan y que se empeñan con todas veras en esparcir entre el vulgo. (San Pío X, Pascendi Dominici Gregis 13)

lunes, 19 de octubre de 2009

Frutos de la Reforma Liturgica



LOS FRUTOS DE LA REFORMA LITURGICA

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Por Daniel Almeida de Oliveira

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El Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Liturgia: "Sacrossantum Concilium", deseó "hacer una perfeccionada reforma general de la liturgia, para permitir al pueblo cristiano el acceso más seguro a la abundancia de gracias que la liturgia contiene" (n.o 21). Para esto, el Ritual de la misa sería revisado, de modo que apareciese "más claramente la naturaleza específica de cada una de sus partes bien como la mutua conexión, para facilitar una participación piadosa y activa de los fieles" (no. 50).
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La reforma en la liturgia causó, en el período post-conciliar, una cierta esperanza, un cierto optimismo de que habría, además de las conversiones en masa de los protestantes por el carácter ecuménico de la nueva liturgia, una mayor participación y comprensión de los fieles y una renovación de la fe de estos. ¿Será que eso es lo realmente ocurrió? Si tal pregunta fuere hecha en los medios progresistas de hoy, será oída una respuesta padronizada: "Ahora el pueblo entiende la misa, pues ella se hizo más alegre y más participativa. Eso trajo para la Iglesia personas alejadas, principalmente los jóvenes".
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Sin embargo, se pregunta si tal visión optimista de la reforma en la liturgia podría ser sustentada a través de las evidencias. Nuestro Señor Jesús Cristo dice que por el fruto conoceríamos a los falsos profetas, pues todo árbol bueno da buenos frutos, y árbol malo da malos frutos (cf. Mat, VII, 15-20). ¿Cuáles serían entonces los frutos de la reforma litúrgica y de la misa nueva?
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Esta respuesta está lejos de ser esperanzadora u optimista. En todas partes del mundo, muchas de las iglesias y conventos fueron cerrados; seminarios se quedaron vacíos ( y se siguen quedando sin vocaciones), y muchisimas personas pedieron la fe. Para ejemplificar tales hechos presentamos los datos del artículo : the record after thirty years" sobre el Novus Ordo Missae, del Dr. James Lothian, economista da Universidad de Fordham en los Estados Unidos, publicado en el periódico Homiletic & pastoral review, en octubre de 2000.
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El antiguo referido presenta interesantes datos sobre el porcentaje de asistencia a la misa por los fieles de los Estados Unidos para el período de 1939 a 1995 y por los fieles de Inglaterra y el País de Gales para el período de 1959 a 1996. Tales datos están expuestos en la figura 1.
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Después de un temporal aumento para casi 75% después de a II Guerra Mundial, probablemente generado por el miedo y la inseguridad causados por la guerra, la asistencia a la misa en los Estados Unidos en el período en torno del Vaticano II permaneció cerca del 65%. A partir de ese período, el porcentaje decreció continuamente, en una velocidad rápida al principio, después más lentamente, haciéndose rápida nuevamente al final. La tendencia estimada para el período es de un declinó de 0,4 puntos porcentuales por año en la asistencia a la misa en los Estados Unidos. El autor aplicó métodos estadísticos a tales datos y concluyó que esa tendencia a la caída es significante estadísticamente (esto es, la caída no es causada por mera variación casual del porcentaje).
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Los datos de asistencia a la misa en la Inglaterra y el País de Gales presentan tendencia bien similar a la de los Estados Unidos (ver figura 1). Hay un gran declinó inicial de 15% en la década del Vaticano II, seguido de una menor, sin embargo constante, tendencia a la caída. Esa caída fue al rededor del 29% al considerarse todo el período (la misma cída aconteció para los datos en los Estados Unidos) y fue estimada en 0,8 puntos porcentuales por año para el período, también significante estadísticamente.
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La asistencia a la misa en los Estados Unidos, Inglaterra y el País de Gales ha, pues, sufrido una fuerte caída, iniciada en el período inmediatamente después al Concilio Vaticano II, o sea, en el período en que la misa fue modificada.
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El autor argumenta que alguien podría decir que la reforma litúrgica no seria la causa de la baja asistencia a la misa. El declino podría ser consecuencia de la amplia erosión de valores que se inició en la década de 1960 y que continúa hasta los días actuales. Si esa afirmación fuese verdadera, el porcentaje de los integrantes de otras religiones que frecuentan sus reuniones habría sufrido tendencia similar a la de la asistencia a la misa. Para probar lo contrario, el autor muestra datos de asistencia a las reuniones protestantes en los Estados Unidos (ver figura 2). La serie temporal protestante a pesar de ser de grandeza inferior a la católica, no presentó tendencia a la caída en el conjunto. Por el contrario, hay un nítido aumento en el período en que la asistencia a la misa diminuyó. En 1995 la serie protestante alcanzó a la católica al llegar a 46%. Si fuera el temperamento de los tiempos actuales que causó la caída en la asistencia a la misa, no hay razón para que tal fuerza no haya influenciado también a los protestantes. Luego, el declino debe haber tenido otro factor causal. Ahora, ¿qué factor hubo en el período que pudiese explicar tal caída si no la reforma litúrgica?
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Se concluye, por lo tanto, que la reforma litúrgica frustró las esperanzas postconciliares y fue la causa de una gran diminución de la asistencia a la misa. Estos son los frutos del Vaticano II.
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¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?, Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo puede producir frutos buenos. Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos los conoceréis. ( Mt 7, 17-20)

viernes, 27 de febrero de 2009

Por sus Frutos...

LOS FRUTOS DE LA REFORMA LITÚRGICA


El Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Liturgia: "Sacrossantum Concilium", deseó "hacer una perfeccionada reforma general de la liturgia, para permitir al pueblo cristiano el acceso más seguro a la abundancia de gracias que la liturgia contiene" (n.o 21). Para esto, el Ritual de la misa sería revisado, de modo que apareciese "más claramente la naturaleza específica de cada una de sus partes bien como la mutua conexión, para facilitar una participación piadosa y activa de los fieles" (no. 50).

La reforma en la liturgia causó, en el período post-conciliar, una cierta esperanza, un cierto optimismo de que habría, además de las conversiones en masa de los protestantes por el carácter ecuménico de la nueva liturgia, una mayor participación y comprensión de los fieles y una renovación de la fe de estos. ¿Será que eso es lo realmente ocurrió? Si tal pregunta fuere hecha en los medios progresistas de hoy, será oída una respuesta padronizada: "Ahora el pueblo entiende la misa, pues ella se hizo más alegre y más participativa. Eso trajo para la Iglesia personas alejadas, principalmente los jóvenes".

Sin embargo, se pregunta si tal visión optimista de la reforma en la liturgia podría ser sustentada a través de las evidencias. Nuestro Señor Jesús Cristo dice que por el fruto conoceríamos a los falsos profetas, pues todo árbol bueno da buenos frutos, y árbol malo da malos frutos (cf. Mat, VII, 15-20). ¿Cuáles serían entonces los frutos de la reforma litúrgica y de la misa nueva?

A respuesta está lejos de ser esperanzadora u optimista. En todas as partes do mundo iglesias e conventos fueron fechados, os seminarios se quedaron vacíos e muchas personas pedieron a fe.
Para ejemplificar tales hechos presentamos los datos del antiguo "Novus ordo Missae: the record after thirty years" do Dr. James Lothian, economista da Universidad de Fordham en los Estados Unidos, publicado en el periódico Homiletic & pastoral review, en octubre de 2000.

El antiguo referido presenta interesantes datos sobre el porcentaje de asistencia a la misa por los fieles de los Estados Unidos para el período de 1939 a 1995 y por los fieles de Inglaterra y el País de Gales para el período de 1959 a 1996. Tales datos están expuestos en la figura 1.

Después de un temporal aumento para casi 75% después de a II Guerra Mundial, probablemente generado por el miedo y la inseguridad causados por la guerra, la asistencia a la misa en los Estados Unidos en el período en torno del Vaticano II permaneció cerca del 65%. A partir de ese período, el porcentaje decreció continuamente, en una velocidad rápida al principio, después más lentamente, haciéndose rápida nuevamente al final. La tendencia estimada para el período es de un declinó de 0,4 puntos porcentuales por año en la asistencia a la misa en los Estados Unidos. El autor aplicó métodos estadísticos a tales datos y concluyó que esa tendencia a la caída es significante estadísticamente (esto es, la caída no es causada por mera variación casual del porcentaje).

Los datos de asistencia a la misa en la Inglaterra y el País de Gales presentan tendencia bien similar a la de los Estados Unidos (ver figura 1). Hay un gran declinó inicial de 15% en la década del Vaticano II, seguido de una menor, sin embargo constante, tendencia a la caída. Esa caída fue al rededor del 29% al considerarse todo el período (la misma cída aconteció para los datos en los Estados Unidos) y fue estimada en 0,8 puntos porcentuales por año para el período, también significante estadísticamente.

La asistencia a la misa en los Estados Unidos, Inglaterra y el País de Gales ha, pues, sufrido una fuerte caída, iniciada en el período inmediatamente después al Concilio Vaticano II, o sea, en el período en que la misa fue modificada.

El autor argumenta que alguien podría decir que a reforma litúrgica no seria a causa da queda da asistencia a la misa. El declino podría ser consecuencia de la amplia erosión de valores que se inició en la década de 1960 y que continúa hasta los días actuales. Si esa afirmación fuese verdadera, el porcentaje de los integrantes de otras religiones que frecuentan sus reuniones habría sufrido tendencia similar a la de la asistencia a la misa. Para probar lo contrario, el autor muestra datos de asistencia a las reuniones protestantes en los Estados Unidos (ver figura 2). La serie temporal protestante a pesar de ser de grandeza inferior a la católica, no presentó tendencia a la caída en el conjunto. Por el contrario, hay un nítido aumento en el período en que la asistencia a la misa diminuyó. En 1995 la serie protestante alcanzó a la católica al llegar a 46%. Si fuera el temperamento de los tiempos actuales que causó la caída en la asistencia a la misa, no hay razón para que tal fuerza no haya influenciado también a los protestantes. Luego, el declino debe haber tenido otro factor causal. Ahora, ¿qué factor hubo en el período que pudiese explicar tal caída si no la reforma litúrgica?

Se concluye, por lo tanto, que la reforma litúrgica frustró las esperanzas postconciliares y fue la causa de una gran diminución de la asistencia a la misa. Estos son los frutos del Vaticano II.
Daniel Almeida de Oliveira
"El demonio se esfuerza contra vosotros con mayor rabia cuando ve que procuramos arreglar nuestra vida; y cuando advierte que hemos trabajado en llenar el navío de nuestro corazón con los más preciosos tesoros de gracias, hace todo cuanto puede para arrastrarnos a un naufragio mortal. (S. Juan Crisóst., sent. 1, Homil. 1, ad popul. Antioch., Tric. T. 6, p. 300.)"



jueves, 24 de julio de 2008

¿Celebración o concelebración?

¿Celebración o Concelebración?





P. François Knittel FSSPX
En el cuadro de la reforma litúrgica de la que somos testigos desde hace unos 30 años, no se puede negar que la concelebración es la práctica que más ha extrañado a los fieles. El sentido de la fe recibida y poseída, lo que se suele llamar sensus fidei, hace que los fieles continúen guardando reservas. ¿Es una prueba de que son ignorantes o de que les cuesta evolucionar? ¿o es que finalmente tienen razón? Para intentar dar una respuesta a estas preguntas, vamos a dar un resumen del libro del P. José de Sainte Marie O.C.D., L ‘Eucharistie, salut du monde, que trata de este tema. Para simplificar nuestro trabajo, vamos a dividirlo en dos partes:
1º El aspecto teórico del problema: en la concelebración, ¿hay una o varias Misas?
2º El aspecto práctico del problema: ¿hay que multiplicar las concelebraciones?


[I]
CONCELEBRACIÓN: ¿CEREMONIAL O SACRAMENTAL?


Conviene, desde un principio, esclarecer un problema de terminología: ¿que se quiere decir cuando se emplea la palabra "concelebración"?
Se pueden distinguir exteriormente dos modos de Misa concelebrada:
- El primero es el del obispo, rodeado por su clero, celebrando los Santos Misterios él solo, porque pronuncia solo las palabras de la liturgia. En la liturgia tradicional, es el caso de la Misa Pontifical y de la Misa solemne. Se denomina concelebración simplemente ceremonial.
- La segunda forma de concelebración es la de todos los sacerdotes que concelebran pronunciando las palabras de la consagración. En la liturgia tradicional, sucede así en la Misa de ordenación y de consagración episcopal Es lo que denominamos concelebración sacramental.
¿Por qué hemos distinguido estas dos formas de concelebración? Porque la realidad de las cosas nos lleva a hacerlo y porque nos obliga la doctrina del Magisterio de la Iglesia.
El Papa Pío XII en su encíclica Mediator Dei (2), refutó la opinión de los que suprimen toda diferencia entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio de los fieles (1 Ped. 2,9) y que dicen que toda la asamblea, sacerdote y fieles, concelebra la Misa. En realidad el sacerdocio ministerial es específicamente distinto al sacerdocio común de los fieles.
Unos años más tarde, se renovaban los errores y el mismo Pontífice tuvo que precisar un poco más la doctrina en su Discurso al episcopado, del 2 de noviembre de 1954. Algunos afirmaban que «la celebración de una sola misa en la que asisten piadosamente cien sacerdotes es lo mismo que cien misas celebradas por cien sacerdotes». A esto el Sumo Pontífice respondía que «de ningún modo es así. En lo referente a la oblación del sacrificio eucarístico, hay tantas acciones de Cristo Sumo Sacerdote como sacerdotes que celebran y no tantas como sacerdotes que escuchan piadosamente la misa episcopal o de otro sacerdote que celebra». Un sacerdote sólo celebra cuando hace las acciones y pronuncia las palabras litúrgicas, y de otro modo sólo simula.


Hay, pues, una diferencia fundamental entre la Misa realmente celebrada por un sacerdote que pronuncia las palabras de la consagración y un sacerdote que participa a las mismas ceremonias sin pronunciar las palabras litúrgicas.
Por eso hay una diferencia esencial entre la concelebración simplemente ceremonial y la sacramental. En lo que sigue del artículo sólo nos interesamos por esta última, pues la concelebración simplemente ceremonial no plantea ningún problema particular, ya que los sacerdotes que asisten no pronuncian las palabras de la consagración y, por lo tanto, no concelebran sacramentalmente.


¿Una o varias misas?


En el Discurso final al Congreso Internacional de Liturgia Pastoral de Asís, el 22 de septiembre de 1956, el Papa Pío XII precisó aún más su enseñanza:
- Recordó la diferencia entre la concelebración simplemente ceremonial y la concelebración sacramental: «No basta tener y manifestar la voluntad de apropiarse las palabras y acciones del celebrante. Los concelebrantes mismos tienen que decir sobre el pan y el vino: "Este es mi Cuerpo", "Esta es mi Sangre"; de otro modo, su concelebración es una pura ceremonia». Esta doctrina fue confirmada por el Santo Oficio, declarando que «por institución divina, sólo celebra el que pronuncia las palabras de la consagración». (3)


- ¿Cómo se puede reconocer una concelebración sacramental?


«Hay que ver si, con la intención interior necesaria, el celebrante hace la acción exterior y, sobre todo, si pronuncia las palabras que constituyen la actio Christi se ipsum sacrificantis et offerentis: la acción de Cristo sacrificándose y ofreciéndose a sí mismo. Eso no ocurre cuando el sacerdote no pronuncia sobre el pan el vino las palabras del Señor: "Este es mi Cuerpo"; "Esta es mi Sangre"».
- La multiplicidad de concelebrantes no estorba a la unidad del sacramento que siempre es una acción de Cristo: «En realidad, la acción del sacerdote que consagra es la misma de Cristo, que obra por su ministro. En el caso de una concelebración en el sentido estricto de la palabra, Cristo, en lugar de obrar por medio de un solo ministro, lo hace por varios».


Algunos espíritus superficiales podrían ver una oposición entre el discurso de 1954, que decía que hay tantas acciones de Cristo como celebrantes, y el discurso de 1956, que subraya la unicidad de la acción de Cristo llevada a cabo por varios ministros. En realidad se trata de puntos de vista complementarios, pues el discurso de 1954 se sitúa de parte de los ministros y se encamina a determinar cuál es la condición para que consagren realmente, mientras que el discurso de 1956 se sitúa de parte de Cristo que hace siempre la misma y única acción sea cual sea el número de ministros.


En resumen, como Cristo actúa por sus ministros que usan el rito único de la Iglesia, la acción sacramental es también única. La Misa concelebrada es, pues, una sola y única Misa, sea cual sea el número de celebrantes.
Incluso el decreto general Ecclesiae semper del 7 de marzo de 1965 lo dijo claramente de nuevo, a pesar de la generalización de la práctica de la concelebración en esos años:
«En este modo de celebrar (la concelebración), varios sacerdotes, en virtud de un mismo sacerdocio y ocupando el lugar del Sumo Sacerdote, obran juntos por una sola voluntad y una sola voz, y hacen y ofrecen por un único acto sacramental, Un único sacrificio, y juntos participan de él» (4).


Este texto recuerda la necesidad, para una verdadera concelebración, de la unidad de intención ("una sola voluntad") y de la unidad del rito litúrgico en la celebración ("una sola voz"). Menciona igualmente el efecto de la verdadera concelebración: "un único acto sacramental", "un único sacrificio".


Santo Tomás de Aquino y la concelebración


Para confirmar esta conclusión ineludible, es decir, que en la concelebración sólo hay una Misa, consultemos al Príncipe de los teólogos, Santo Tomás de Aquino, y sus luces.
En un primer texto, Santo Tomás recuerda que la unidad a nivel de la intención, tiende a la unidad en la acción y en el efecto: «La intención se requiere para cumplir los sacramentos. Por consiguiente, como todos tienen la intención de hacer una consagración, no hay más que una consagración» (IV Sent. d. 13, cuest. 1, ait. 2, sol. 2, ad 1) (5).


Pero, podríamos preguntarnos de qué forma se realiza esta unidad. Santo Tomás nos lo indica en detalle en otro texto posterior: «Si cada uno de los sacerdotes obrase por su propia virtud, uno solo de ellos bastaría para celebrar y los demás estarían de más. Pero como el sacerdote no consagra en su propio nombre sino en lugar y en nombre de Cristo (in persona Christi), y que muchos son "uno en Cristo" (Gal 3.28), poco importa que este sacramento sea consagrado por uno solo o por varios: lo que es necesario es que sea observado el rito de la Iglesia» (III, cuest. 82, art. 2, ad 2).


De donde se deduce lo siguiente:


- Una única consagración ("este sacramento") puede ser hecha por varios sacerdotes a la vez.


- Todos obran como instrumentos ministeriales de Cristo.


- Para consagrar este sacramento, hay que observar el rito litúrgico de la Iglesia.


Dejemos que el P. José de Sainte Marie nos dé la conclusión de esta parte: «Se podría decir que [para resolver este problema de la concelebración] hay una sola verdad fundamental, la de la naturaleza sacramental de la acción efectuada en la Misa, pues hay que partir de ahí; pero considerando al mismo tiempo esta verdad primera en sus dos corolarios inmediatos: el carácter ministerial del sacerdocio del sacerdote de la Iglesia por el que obra Cristo, y el carácter litúrgico y ritual de la acción que se lleva a cabo; y considerando igualmente la ordenación y la subordinación de los ministros al acto ritual, litúrgico y sacramental que llevan a cabo y en el que se realizan a sí mismos. Por lo que, para resolver el problema sobre el número de misas, hay una primacía del punto de vista sacramental sobre el de la persona de los ministros» (op. cit. pág. 27-28).


Confirmacion: otras concelebraciones


Nuestra conclusión sobre la unicidad del Sacrificio en la Misa concelebrada se confirma al ver que ocurre lo mismo en otras ceremonias litúrgicas concelebradas.
Veamos lo que escribo Dom Bernardo Botte, O.S.B., sobre la consagración episcopal (doctrina confirmada por Pío XII en su discurso del 22 de septiembre de 1956):
«Por ambas partes nos hallamos ante un acto sacramental colectivo que consiste en un gesto cuyo sentido lo da el que preside la oración. Los obispos tienen la intención de comunicar al Espíritu Santo y la manifiestan por un gesto común, lo mismo que los sacerdotes que rodean al obispo y manifiestan esta intención por su presencia alrededor del obispo y por el gesto que hacen con él; pero hay que decir que esta oblación es única. Así como no hay varias consagraciones episcopales sincronizadas sino una sola, hecha por el cuerpo episcopal, lo mismo que no hay más que una sola consagración eucarística hecha por todo el cuerpo sacerdotal, y no varias misas sincronizadas». (6).


Santo Tomás de Aquino dice que ocurriría lo mismo si el bautismo fuera concelebrado: «Ambos (ministros concelebrantes), en cuanto de ellos depende, bautizarían. Sin embargo, no darían dos sacramentos diferentes (aliud et aliud sacramentum): sino que Cristo. que es quien únicamente bautiza interiormente, conferiría por ambos un único sacramento (unum sacramentum per utrumque conferret». (III, cuest. 67, art. 6).


Y el Card. Journet saca la conclusión de este último texto para nuestro tema de la concelebración de la Misa:
«Unas palabras sobre la concelebración. Imaginemos que varias personas se uniesen para bautizar simultáneamente a un niño. Los bautizantes serían varios pero la acción bautismal una sola, plures baptizantes, una baptizatio.


Al concelebrar, habrá igualmente varios consagrantes, plures ex aequo consecrantes, pero una sola acción consagratoria, una consecratio»


¿Y la multiplicación de la misa?


Quizás se nos diga que "en la práctica actual, cada sacerdote recibe un estipendio; por eso hay tantas misas como concelebrantes".
A eso contestestamos distinguiendo los frutos de la Santa Misa: el fruto general, por toda la Iglesia; el fruto especial (o ministerial) en favor de las personas por las que se celebra la Santa Misa; y el fruto especialísimo, por el mismo celebrante. El estipendio de la misa corresponde al fruto especial.


Si consideramos el valor infinito de cada Misa y que cada celebrante lleva a cabo el acto completo de la consagración, se comprende que cada celebrante reciba su estipendio. Pero de eso no se puede sacar ninguna conclusión sobre el fruto general de la Santa Misa por toda la Iglesia y sobre el número de Misas.


Esta primera parte nos conduce a decir que el número de concelebrantes no implica ninguna multiplicación de Misas. En cada Misa concelebrada, sólo se celebra una Misa.


[II]
¿QUÉ PENSAR DE LA MULTIPLICACIÓN DE LA CONCELEBRACIÓN?


Saquemos ahora la consecuencia práctica de la primera parte. Si en cada misa concelebrada sólo se celebra una misa, ¿hay que multiplicar las concelebraciones como se suele hacer hoy en día?
Haciéndose eco de la doctrina enseñada por el Concilio de Trento en su XXIIª sesión sobre el Santo Sacrificio de la Misa, el P. José de Sainte Marie explica: «[La Misa] es, en virtud del misterio y del poder del "sacramento" instituido por Cristo, una representación eficaz y real y aún más, una reactuación única en su género, precisamente del orden sacramental, del único sacrificio de la Cruz, de modo que este acto único que no se puede renovar según el modo propio bajo el que se realizó en la Cruz, se puede renovar infinitas veces bajo el orden sacramental. La misión de la Iglesia, gracias al ministerio sacerdotal, es precisamente asegurar esta renovación sacramental para asumir y salvar la historia, y lo hará hasta el fin de los tiempos» (op. cit. pág. 25).


Nosotros, que pecamos todos los días, necesitamos un remedio diario, la renovación sacramental del Sacrificio del Calvario. Eso es lo que repite hasta la saciedad Santo Tomás de Aquino: «En las misas se multiplica la oblación del sacrificio y, por consiguiente, se renueva también el efecto del sacrificio» (III, cuest. 79, art. 7, ad 3) y la liturgia de la Iglesia: «Cada vez que se celebra este sacrificio en memoria de tu Pasión, se realiza la obra de nuestra redención» (Secreta del 9º Domingo después de Pentecostés) (8).


La conclusión está fuera de duda: la Iglesia quiere la multiplicación de las Misas para asegurar los frutos de la redención y, como hemos demostrado en la primera parte, la Misa concelebrada es una única misa. La multiplicación de las misas concelebradas lleva a una disminución del fruto y de los efectos salvíficos de la Misa para las almas y para la salvación del mundo. Nada nos cuesta concluir en que la multiplicación de las concelebraciones a la que actualmente asistimos es perjudicial a las almas y a la Iglesia.


Una última dificultad


Quizás se nos dirá que no está bien oponerse a la difusión de la concelebración ni decir que es perjudicial para la Iglesia, porque era una práctica universal en la iglesia primitiva.
Veamos las conclusiones a las que llega el P. Hanssens:
l la concelebración sacramental, la única realmente sacrificial, aparece sólo con certeza en el siglo VIII, en Roma; es la del Papa con los cardenales presbíteros, descrita en el Ordo Romanus I;
l desaparece en el siglo XII y, salvo raras excepciones, ya sólo aparecerá en la misa de ordenación;
l en los ritos orientales católicos aparece muy tardíamente, no antes del siglo XVIII, y es por autorización del Papa Benedicto XIV; hoy en día, sus mayores oponentes son los griegos ortodoxos;
l finalmente, la concelebración sacramental era prácticamente inimaginable en los primeros siglos, incluso por la ausencia de un texto fijo (op. cit. pág. 112,113).
Es triste que la práctica de la concelebración se haya introducido en nombre de un fundamento arqueológico inexistente. Liturgistas conocidos mundialmente, como Dom Botte, Dom Beauduin,O.S.B. y Mons. Martimort, se prestaron a esta maniobra, agravando aún más su error inicial al no querer hacer la distinción entre concelebración simplemente ceremonial y concelebración sacrificial.
Una vez más podría decir San Jerónimo: «Muchos han caído en error porque no conocen la historia» (10).


Conclusión


Dos conclusiones para nuestra instrucción y edificación.
- En toda misa concelebrada hay una sola misa y no varias, como podría suponerse por la pluralidad de concelebrantes.
- La consecuencia práctica es inmediata: no hay que multiplicar las concelebraciones, pues es disminuir los frutos generales de la Misa y perjudicar gravemente al bien común de la Iglesia.




Notas:
(1) Editions du Cèdre, 1981.
(2) 20 de noviembre de 1942.
(3) Decreto del 8 de marro de 1957, aprobado por el Santo Padre el 23 de mayo (D.S. 3928).
(4) Damos el texto en latín: «Simul una voluntate et una voce agunt. Atque unicum Sacrificium unico actu sacramentali simul conficiunt et offerunt, idemque simul participant».
(5) Damos el texto en latín: «Quia intentio requiritur ad perfectionem sacramentorum, ideo, cum omnes habeant unam consecrationem faciendi, non est ibi nisi una consecratio tantum».
(6) Nota histórica sobre la concelebración en la Iglesia antigua, en La Maison Dieu, nº 35 [3º trim. 1953], pág. 13.
(7) El sacrificio de la Misa, en Nova et Vetera [Friburgo] 46, 1971, pág. 241-250.
(8) Damos el texto en latín: «Quoties hujus hostiae commemoratio celebratur, opes nostrae redemptionis exercetur».
(9) Diversos artículos de la revista Periodica de Re Morali, Canonica, Liturgica en los años 1927-1928.
(10) Damos el lexto en latín: «Multi labuntur errore popter ignorantiam historiae» (In Matth. 1,2; P.L. 77,15).

San Pío X

"porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas" (Enciclica Notre Charge Apostolique)